El Choque: Perspectiva de Esteban (La oficina)
En la arquitectura, el acero no avisa cuando va a fallar; simplemente se quiebra bajo una fatiga que no se ve a simple vista. Así me sentía yo.
—No te quiero cerca de ella, Marcos. No te quiero cerca de sus clases, ni de sus apuntes, ni de sus pensamientos —le solté, invadiendo su espacio personal en la oficina. Mi voz era un rugido bajo, cargado de un veneno que me desconocía.
Marcos no retrocedió. Me miró con una mezcla de decepción y firmeza que me enfureció más. —No es a mí a quien temes, Esteban. Tienes miedo de que ella se dé cuenta de que yo puedo ver su alma sin sentirme amenazado, mientras que tú solo puedes verla como una posesión que tienes que vigilar. La vas a perder, no porque yo me interponga, sino porque tú la estás asfixiando con tu inseguridad.
—¡Cállate! —le grité, perdiendo los estribos—. Tú no sabes nada de nosotros. Ella es mi prioridad, no un "interés intelectual" para pasar el rato.
—Ella no es un objeto que puedas comprar con tu tiempo, Esteban —respondió él, con una calma que me hacía querer golpearlo—. Es una mujer que busca paz, y tú solo le estás dando tormentas.
Lo eché de mi oficina con palabras que no se pueden retirar, sintiendo el triunfo amargo de quien acaba de quemar el único puente que le quedaba con la cordura.
El Desastre: Perspectiva de Esteban (En la mansión)
Llegué a casa de mis padres con la sangre hirviendo. Al ver a Aira allí, tan pura, tan entregada a Leo, sentí una punzada de vergüenza que mi orgullo transformó rápidamente en ira defensiva.
—Deberías haberme avisado a mí, Aira —le dije. Mi tono fue brusco, casi acusatorio—. No tienes por qué cargar con los problemas de mi familia como si fueras su salvadora.
Aira se detuvo. Me miró con unos ojos que nunca antes me habían dedicado: ojos de cansancio absoluto. —No soy su salvadora, Esteban. Soy alguien que los quiere. Algo que parece que a ti te cuesta entender cuando el control no está en tus manos.
—Hablaste con Marcos —la confronté, ignorando su dolor—. ¿Qué te dijo? ¿Qué te prometió para que ahora me mires así?
—Me dijo la verdad —respondió ella, y su voz fue un hilo de seda que cortaba como el diamante—. Me dijo que habías convertido nuestra amistad en una competencia de propiedad. Esteban, yo no soy una licitación que tengas que ganar. Si crees que mi afecto se basa en quién tiene mejores apuntes, es que nunca has visto quién soy realmente. Si tus celos van a ser el material con el que quieres construir esto, entonces mejor deja de poner ladrillos.
La vi caminar hacia la salida. Quise gritarle que se quedara, quise caer de rodillas y confesarle que me sentía un fraude a su lado, pero mi lengua era de piedra. La dejé irse bajo la lluvia, sola, mientras el silencio de la mansión se convertía en una tumba de lujo.
La Caída de los Gigantes
Al día siguiente, el enfrentamiento final en la constructora fue el golpe de gracia. Marcos estaba recogiendo sus cosas. Julián, mi socio, mi hermano de batallas cínicas, estaba a su lado.
—¿Tú también vas a elegir el bando de los "buenos", Julián? —escupí con sarcasmo.
Julián me miró con una seriedad que me heló la sangre. —No es un bando, Esteban. Es decencia. Marcos no es tu enemigo, es el espejo que te está mostrando lo que te has convertido. Aira te dio una oportunidad de ser un hombre nuevo y la estás tirando a la basura porque no soportas no tener el control. Yo no puedo ser socio de alguien que prefiere destruir a sus amigos antes que admitir sus miedos. Me voy con él. Si quieres terminar la Torre Norte, hazlo solo.
El Silencio de Aira
Los días siguientes fueron un descenso al infierno. Intenté llamarla, le escribí cartas que nunca envié, pasé por su casa solo para ver la luz de su ventana encendida y sentirme un extraño. El distanciamiento de Aira no era un castigo, era una consecuencia. Me leía, pero no respondía. Su silencio era un grito que me recordaba mi deslealtad.
La vi de lejos un miércoles a la salida del culto. Se veía hermosa, pero había una sombra de tristeza en su rostro que yo mismo había dibujado. Vi a Marcos acercarse a ella y, por primera vez, no sentí rabia, sino una agonía profunda al entender que él sí podía darle la paz que yo le había robado.
El Final
Viernes, 11:45 p.m.
Estaba en mi departamento, a oscuras, con el alma en ruinas. El silencio de la noche fue roto por el timbre estridente de mi celular. No era el tono de Aira. Era un número desconocido. Lo miré durante varios segundos, con un mal presentimiento instalándose en mi pecho como un bloque de cemento.
Deslicé el dedo por la pantalla con la mano temblorosa.
—¿Diga? —mi voz sonó como un susurro roto.
—¿Hablamos con el señor Esteban? —una voz femenina, urgente y profesional, resonó al otro lado—. Soy la jefa de guardia del Hospital Central. Ha habido un accidente múltiple en la carretera mientras regresaba un grupo de jóvenes de un retiro. Tenemos a una paciente aquí... no tiene identificación oficial a la mano, pero su teléfono quedó desbloqueado en el último mensaje que intentó enviarle a usted... Necesitamos que venga de inmediato, su estado es crítico.
El mundo se detuvo. El aire desapareció.
—¿Ella... ella está viva? —pregunté, y el silencio que siguió a mi pregunta me heló la médula.
—Señor... solo llegue lo antes posible.
La llamada se cortó. El sonido del tono de ocupado fue lo único que quedó en la habitación oscura, mientras yo sentía que los cimientos de mi propia vida se derrumbaban definitivamente.