Cimientos Eternos

El Mensaje que se Quedó en el Aire 

Aira

El silencio no es siempre ausencia de sonido; a veces es una muralla que construimos para que el corazón no se desangre. Durante la semana posterior a la crisis de Leo, mi silencio hacia Esteban fue el esfuerzo más grande de mi vida. Me dolía cada vez que veía su nombre iluminar la pantalla de mi celular. Me dolía recordarlo en el jardín, sosteniendo la mirada de su padre para defenderme, y luego verlo en el pasillo de esa misma mansión, transformado en un hombre que no confiaba en mí.

¿Cómo podía él ver a Dios en los ojos de un niño y no ver la integridad en los míos?

Caminaba sintiendo un vacío que no lograba llenar con mis lecturas. Marcos se acercaba a mí con esa prudencia que lo caracterizaba, ofreciéndome un café o simplemente un minuto de escucha.

—Él está roto, Aira —me dijo Marcos un miércoles, mientras caminábamos hacia el estacionamiento—. Esteban construye edificios para que duren siglos, pero nunca aprendió a sostener algo tan frágil como un sentimiento sin apretarlo hasta romperlo.

—Lo sé —respondí, sintiendo un nudo en la garganta—. Pero no puedo ser el pegamento de alguien que no admite que está hecho pedazos. No después de lo que me costó sanar a mí. Además, yo mejor que nadie sé que yo no tengo el poder de sanar a nadie solo Dios

El Retiro

El viernes salimos hacia el retiro de jóvenes en las montañas. Necesitaba el aire frío, el sonido de las guitarras junto a la fogata y la distancia física de la ciudad. Durante tres días, me sumergí en el servicio, en las risas de los chicos y en la oración. Pero incluso allí, bajo un cielo estrellado que me recordaba la inmensidad del Creador, Esteban estaba presente.

Lo veía en las sombras de los pinos. Lo recordaba abriéndome la puerta del auto con esa caballerosidad que ahora me parecía un sueño lejano. Me preguntaba si habría comido, si estaría durmiendo, o si seguiría encerrado en su oficina de cristal, tratando de calcular una salida para el laberinto que él mismo había construido.

El domingo por la noche, mientras subíamos a la camioneta para regresar a la ciudad, sentí una urgencia repentina. Una convicción que me quemaba el pecho. La distancia me había dado claridad: el amor no es solo confianza, también es misericordia.

El Camino de Regreso

La camioneta avanzaba por la carretera de circunvalación. Los chicos venían cantando al fondo, agotados pero felices. Yo saqué mi teléfono. El brillo de la pantalla me molestó los ojos, pero busqué su nombre.

"Esteban"

Me quedé mirando el cursor parpadear. El orgullo intentó detenerme, recordándome sus palabras hirientes, su desconfianza hacia Marcos, su frialdad. Pero luego recordé a Leo. Recordé que Esteban me había buscado porque estaba sediento de algo que no encontraba en sus planos.

Comencé a escribir, con las manos temblorosas por el frío y el movimiento del vehículo:

"Esteban, he pasado estos días tratando de sacarte de mis pensamientos, pero Dios me recuerda que nadie llega a nuestra vida por error. Tu miedo me dolió, pero entiendo que es el peso de tus muros lo que te impide ver con claridad. No quiero que nos perdamos en este silencio. Cuando llegue, hablemos. Quiero enseñarte que no necesitas controlar nada para ser amado por mí y por..."

Estaba a punto de escribir "por Dios". Mi pulgar rozaba la letra D.

De repente, las luces de unos faros gigantescos inundaron el interior de la camioneta. Un rugido de metal y neumáticos frenando en seco llenó el espacio. El tiempo se volvió elástico, lento. Vi el rostro de Sofía a mi lado, iluminado por un blanco cegador.

Sentí un impacto brutal que me arrojó hacia adelante. El teléfono voló de mis manos, chocando contra el tablero. El cristal de la pantalla se astilló justo sobre el mensaje que nunca llegó a enviarse.

Lo último que escuché fue el sonido del metal retorciéndose, una oración desesperada que se formó en mi mente sin llegar a mis labios, y el pensamiento de que, si este era el final, Esteban nunca sabría que ya lo había perdonado.

Luego, la oscuridad absoluta.

El Silencio Final

En el suelo de la camioneta volcada, entre cristales rotos y el olor a gasolina, el teléfono de Aira volvió a encenderse por un segundo debido a una notificación. La pantalla astillada mostraba el borrador del mensaje, detenido para siempre en esa última frase incompleta.

"Quiero enseñarte que no necesitas controlar nada para ser amado por mí y por..."

El dispositivo vibró una vez más antes de apagarse por completo, justo cuando el primer equipo de rescate llegaba a la escena, sin saber que en ese aparato se encontraba la única llave que podía salvar el alma del hombre que, en ese mismo instante, sentía que se le acababa el mundo.




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