Esteban
El Hospital Central olía a una mezcla de desinfectante y desesperación. Crucé las puertas automáticas a trompicones, con la respiración quemándome los pulmones y la vista nublada. Mis zapatos, esos que siempre brillaban en las reuniones de la constructora, ahora chirriaban sobre el piso de granito pulido, marcando un ritmo errático.
—Aira... —logré decir al llegar al mostrador de urgencias. Mi voz era un graznido apenas audible—. Me llamaron... un accidente de una camioneta de jóvenes.
La enfermera me miró con una calma profesional que me resultó tortuosa. Tecleó algo en la computadora sin prisa.
—¿Nombre completo de la paciente? —preguntó.
—Aira... —me detuve. Mi corazón dio un vuelco violento. Conocía el nombre de sus padres, sabía que estudiaba enfermería, conocía su fe y el aroma de su perfume, pero en ese segundo, mi mente se quedó en blanco—. Aira... no recuerdo su apellido ahora mismo. El estrés...
—Necesito el apellido, señor. Y su relación con ella. ¿Es familiar directo?
—Soy... soy su pareja —mentí, o quizás dije la verdad que nunca nos atrevimos a formalizar—. Pero no tengo sus documentos.
—Entiendo. ¿Sabe si tiene alergias? ¿Alguna condición médica previa? ¿Algún contacto de emergencia de su familia? Necesitamos avisar a sus padres antes de que entre a quirófano por la hemorragia interna.
Me quedé mudo. Un vacío helado me recorrió la columna vertebral. Sabía que sus padres eran su mundo, pero no tenía sus teléfonos. No sabía su dirección exacta, solo llegaba a su casa guiado por la memoria visual de las calles. Me di cuenta, con una humillación desgarradora, de que me había pasado semanas analizando su horario para ver cuándo podía estar conmigo, pero nunca me detuve a registrar los detalles que realmente la mantenían a salvo.
Había intentado ser el arquitecto de su vida, pero no conocía los planos básicos de su existencia.
El Teléfono
Me alejé del mostrador, temblando. Saqué mi teléfono. Estaba solo en una sala de espera llena de gente rota, y yo era el más quebrado de todos. Busqué en mis contactos, esperando un milagro. Mi orgullo, ese que me había hecho pelear con Marcos y Julián, gritó una última vez antes de ser silenciado por el terror de perderla.
Solo había una persona que conocía la "letra pequeña" de la vida de Aira. Una persona a la que yo había humillado y expulsado de mi vida hacía apenas unos días.
Marqué el número. Cada tono de espera era un latigazo.
—¿Esteban? —La voz de Marcos sonó confundida, todavía cargada de la herida del último enfrentamiento—. ¿Qué quieres a esta hora? Si es para seguir con tus reclamos, no estoy de...
—Marcos... por favor —mi voz se quebró por completo. Me apoyé contra la pared, deslizándome hasta quedar sentado en el suelo, con el rostro escondido entre las rodillas—. Ayúdame. Hubo un accidente. Aira está en el hospital. Está grave.
El silencio al otro lado de la línea fue absoluto durante dos segundos. Pude escuchar cómo la respiración de Marcos se aceleraba.
—¿Qué hospital? —preguntó, y su tono ya no tenía rastro de rencor; era puro instinto de protección.
—El Central. Marcos... no me dan información. No sé su apellido completo, no sé cómo llamar a sus padres... No sé nada, Marcos. Soy un estúpido, no sé nada de ella.
—Aira Elena Varela —dijo Marcos de inmediato, con una seguridad que me dolió y me salvó al mismo tiempo—. Su padre se llama Samuel, su madre es Ruth. Tengo el número del pastor de su comunidad, él tiene el contacto directo de los padres. Escúchame, Esteban: quédate ahí. No te muevas. Voy a llamar a sus padres ahora mismo y salgo para allá.
—Marcos... —intenté decir algo más, tal vez un "lo siento", tal vez un "gracias".
—Ahora no, Esteban —me cortó él—. Ahora lo único que importa es que ella salga de esta. Quédate con ella. No dejes que entre sola a ese quirófano si puedes evitarlo.
La Espera
Colgué el teléfono. Mis manos seguían temblando. Me levanté y volví al mostrador, esta vez con los datos en la mano como si fueran un tesoro.
—Aira Elena Varela —dije con firmeza—. Sus padres están en camino. Por favor... ¿puedo verla? Solo un segundo.
La enfermera suavizó la expresión. —Está sedada, señor. La están estabilizando para subirla a cirugía. Puede pasar al pasillo de pre-operatorio, pero solo un momento.
Caminé por el pasillo, sintiendo que el mundo se encogía. Al final, en una camilla rodeada de máquinas que pitaban con una urgencia aterradora, estaba ella.
Su rostro, siempre tan lleno de luz, estaba pálido y cubierto de pequeñas heridas por los cristales. Tenía un vendaje en la cabeza y el vestido celeste... ese vestido que tanto me había gustado, estaba roto y manchado de una realidad que yo no podía calcular.
Me acerqué y tomé su mano. Estaba fría.
—Perdóname, Aira —susurré, y las lágrimas finalmente cayeron sobre las sábanas blancas—. Perdóname por querer controlarlo todo y no cuidar nada. No te vayas... por favor, no te vayas sin enseñarme a ser el hombre que mereces.
En ese momento, el monitor de signos vitales emitió un sonido largo y agudo. Los médicos corrieron hacia nosotros, apartándome de un empujón.
—¡Entra en paro! —gritó alguien—. ¡Preparen el carro de paro! ¡Fuera de aquí, señor!
Me sacaron del pasillo mientras las puertas dobles se cerraban frente a mí. Me quedé parado en medio del corredor, viendo el rojo de las luces de emergencia, dándome cuenta de que mi vida entera dependía de un hilo de seda que yo mismo había tensado hasta casi romperlo.