Cimientos Eternos

La Fragilidad de los Planos (Parte 2) 

Esteban

Me quedé petrificado frente a las puertas de quirófano, con el eco de las alarmas taladrándome los oídos. El vacío que sentía era más profundo que cualquier fosa de cimentación que hubiera excavado jamás. Entonces, el sonido de unos pasos rápidos rompió mi trance.

Era Marcos. Llegaba sin aliento, con la chaqueta desaliñada y el rostro desencajado. Antes de que pudiera decirme nada, una doctora salió del área de cirugía con una tabla de notas, mirando a su alrededor con urgencia.

—¿Familiares de la paciente Varela? —preguntó la doctora—. Necesitamos información crítica antes de proceder con la intubación y la anestesia profunda.

Me acerqué tropezando con mis propios pies. —Yo... yo soy su pareja. Dígame —balbuceé, intentando recuperar el control.

La doctora me miró con severidad. —¿Tiene alguna condición respiratoria previa? Los niveles de oxígeno están cayendo y hay riesgo de broncoespasmo bajo anestesia.

Me quedé helado. Mi mente repasó cada cena, cada paseo, cada conversación. Recordé su risa, recordé su forma de orar, pero no tenía ese dato. —Yo... creo que no. No la he visto usar medicamentos, ella es muy sana... —dije, sintiendo cómo mi credibilidad se desmoronaba frente a la mirada de la doctora.

—Ella es asmática desde los siete años —intervino Marcos, dándome un empujón lateral para posicionarse frente a la doctora—. Pero solo tiene crisis por esfuerzo extremo o estrés agudo. Usa salbutamol ocasional, la última vez fue hace seis meses. Su capacidad pulmonar suele estar al 85%.

La doctora asintió rápidamente, anotando el dato con urgencia. —Eso lo cambia todo para la mezcla de la anestesia. Gracias. ¿Alguna alergia a medicamentos?

—A la penicilina —respondió Marcos sin dudar ni un segundo—. Y tiene una sensibilidad alta a los antiinflamatorios no esteroideos.

Me quedé en un rincón, invisible, mientras Marcos desgranaba la vida de Aira frente a los médicos. Él sabía su historia clínica, conocía sus debilidades físicas, sabía cómo protegerla cuando ella no podía hacerlo. Yo, el hombre que decía amarla, solo conocía la superficie de su belleza y la agenda de sus horarios. Mi "amor" había sido una observación externa; el de Marcos era un conocimiento de los cimientos.

La Iglesia y el Clamor

Poco después, el hospital comenzó a llenarse. No fue un goteo de gente; fue una marea de fe que nunca antes había presenciado. Primero llegaron sus amigas del instituto, con los ojos hinchados de tanto llorar, y luego llegó su familia: Samuel y Ruth, los padres de Aira, quienes se desplomaron en los brazos de Marcos antes de siquiera mirarme.

Detrás de ellos, llegó gran parte de su congregación. No venían a guardar un silencio pasivo. Se formaron círculos de oración en los pasillos; no había rezos repetitivos, sino un murmullo constante y ferviente, una intercesión que parecía hacer vibrar las paredes del hospital. Adriana, mi hermana, llegó poco después, pálida, y se quedó estupefacta al ver la intensidad de aquel grupo.

—¿Qué pasó, Esteban? —preguntaron sus amigas, rodeándome con una mezcla de dolor y exigencia—. ¿Cómo está ella?

—No... no sé mucho todavía —admití, y la vergüenza fue un peso insoportable—. Marcos es quien está hablando con los médicos. Él sabía lo del asma... yo no sabía nada.

Las miradas que recibí fueron dardos de confusión y juicio silencioso. Para ellos, yo era el arquitecto de éxito que la recogía en autos caros, pero en la hora del dolor, yo era un extraño en su propio drama. Ver a Marcos organizar a la gente y consolar a los padres de Aira me hizo entender que mi arrogancia me había dejado fuera del círculo sagrado de su vida.

El Pacto en la Oscuridad

Me alejé de la multitud. No podía soportar ver a Adriana tan perdida, ni a los hermanos de la iglesia clamando por un milagro que yo no sabía cómo pedir. Busqué un rincón solitario en un pasillo vacío de la planta alta, lejos de las luces brillantes de urgencias.

Me dejé caer en el suelo, apoyando la espalda contra la pared fría, con las manos entrelazadas hasta que los nudillos se pusieron blancos. Mis ojos ardían. Durante once años, desde que decidí que la lógica y la arquitectura eran mis únicos dioses, no había pronunciado una sola oración. Me sentía un hipócrita, un cobarde que solo acudía al "Cielo" cuando la tierra se abría bajo sus pies.

—No sé cómo hablarte —susurré, con la cabeza gacha—. Y sé que no tengo derecho a pedir nada. He sido un egoísta, un ciego que solo quería poseer a una de tus hijas para llenar su propio vacío. He despreciado a mis amigos y he asfixiado a la única persona que me enseñó lo que es la luz.

Un sollozo se escapó de mi garganta, un sonido quebrado que me desgarró el pecho.

—No me la quites —supliqué, y por primera vez, no era una negociación, era un desgarro del alma—. Ella no merece este final. Ella es Tuya, es Tu hija, es la persona más pura que he conocido. Si alguien tiene que pagar por los errores, por la soberbia y por la falta de fe, que sea yo. Pero a ella... a ella sálvala. Devuélvele el aire a sus pulmones. Te lo pido por lo que ella más ama... sálvala, por favor.

Me quedé allí, temblando, dándome cuenta de que en la estructura del universo, yo no era el arquitecto de nada. Solo era un hombre quebrado esperando que el Dios de Aira —el Dios de los milagros que ella tanto me había predicado— tuviera misericordia de una obra que yo casi había destruido.

Cuando bajé de nuevo a la sala de espera, vi a Samuel, el padre de Aira, hablando con Marcos. Caminé hacia ellos, listo para aceptar cualquier juicio. Marcos me vio y, por encima del hombro del padre de Aira, me sostuvo la mirada. No había triunfo en sus ojos, solo una tristeza infinita. Me acerqué al hombre que me había dado su confianza sin conocerme, sintiendo que cada paso pesaba una tonelada.




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