Cinco corazones, un destino

El nombre del fuego

CAPÍTULO 5

Arianne no lo invocó.

No pronunció palabras antiguas ni trazó símbolos en el aire.

Aun así, el fuego respondió.

Primero fue una presión en el pecho, un pulso lento y profundo, como si algo enorme respirara al mismo ritmo que ella. Luego, el calor se deslizó por sus venas, no quemando, sino llamando.

Abrió los ojos.

Las sombras de la habitación se estiraron, deformándose contra las paredes de piedra, y durante un instante Arianne creyó ver escamas donde antes solo había oscuridad. No estaba soñando. Nunca lo estaba cuando él se acercaba.

—No deberías estar aquí —susurró, aunque no sabía a quién le hablaba realmente.

La presencia se hizo más clara. Antigua. Paciente.

El dragón no necesitaba un cuerpo para hacerse sentir.

Él la había encontrado mucho antes de Vhalderis.

Cuando aún no sabía quién era.

Cuando el fuego en su interior era solo una amenaza sin nombre.

Eres mía, dijo la voz, no en su mente, sino en algo más profundo.

Y yo soy tuyo.

Arianne apretó los puños. Ese era el problema. No había cadenas visibles, no había juramentos pronunciados. El vínculo existía porque siempre había estado ahí.

El dragón era el único que sobreviviría.

No porque fuera invencible, sino porque sabía esperar.

—Si te dejo entrar... —murmuró ella— no va a quedar nada de mí.

Una exhalación cálida recorrió la habitación, como una caricia peligrosa.

Quedará lo suficiente.

Y por primera vez, Arianne entendió que el dragón no quería destruirla.

Quería compartirla.

El fuego en su pecho rugió, y en algún lugar, muy lejos —o tal vez demasiado cerca—, algo gigantesco abrió los ojos.

El calor aumentó

No era sofocante, pero sí imposible de ignorar. Arianne se llevó una mano al pecho, justo donde el fuego latía con más fuerza. Sus dedos temblaban.

—Alaric...

El nombre salió roto, como si no le perteneciera del todo.

La respuesta fue inmediata.

Las paredes vibraron apenas, lo suficiente para que el polvo cayera del techo. El aire se volvió denso, cargado de una presencia que ya no intentaba ocultarse. Arianne sintió el peso de unos ojos que no necesitaban verla para conocerla.

Así me llamas, dijo Alaric.

No era una pregunta.

El fuego dentro de ella se expandió, recorriéndola entera. No había dolor, pero sí una certeza brutal: ya no estaba sola en su propio cuerpo.

—No quise despertarte —susurró—. Yo no quería esto.

Una risa baja, profunda, resonó en su pecho, no en la habitación.

Nunca me dormí.

Alaric no estaba encadenado en una cueva ni atrapado bajo montañas, como decían las historias de Vhalderis. Estaba ligado a ella. A su sangre. A cada decisión que había tomado sin entender por qué.

Arianne cayó de rodillas.

Las lágrimas volvieron, pero esta vez no las apartó.

Porque ahora sabía la verdad.

—Si te dejo salir... —dijo— el mundo va a arder.

El mundo siempre arde, respondió Alaric con calma antigua.

La diferencia es quién decide qué se salva.

El fuego marcó su piel, justo debajo de la clavícula. No como una herida, sino como un recuerdo que no podría borrar. Arianne ahogó un grito mientras el vínculo se sellaba.

En algún lugar, muy lejos de Vhalderis, Alaric desplegó sus alas por primera vez en siglos.

Y sonrió.

Porque ella, al fin, lo había elegido.




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