CAPÍTULO 6
Arianne permaneció sentada en el suelo de su habitación mucho después de que las lágrimas se secaran.
No encendió luces.
No abrió la ventana.
No llamó a nadie.
El silencio no la había protegido, pero al menos la había dejado respirar.
Hasta que el fuego volvió.
No era dolor.
Era un pulso lento, profundo, que no venía de su cuerpo... sino de algo más grande. Algo antiguo. Algo vivo.
Arianne llevó una mano al pecho.
—Otra vez no... —susurró.
El aire se volvió denso. Las sombras de la habitación se estiraron, como si reaccionaran a una presencia invisible. El colgante vibró con suavidad, tibio contra su piel.
Y entonces lo sintió.
No una voz.
No una orden.
Una conciencia.
No estás sola.
Arianne se puso de pie de golpe.
—Salí de mi cabeza —dijo, con rabia cansada.
La respuesta no llegó como palabras, sino como imágenes: fuego negro, escamas antiguas, alas desplegándose en la oscuridad de una montaña que no conocía... y una mirada dorada fija en ella.
Alaric.
El nombre le atravesó la mente sin que ella lo pensara.
La presión en el pecho se intensificó. No era invasiva. Era... expectante.
—No me mires así —murmuró—. No quiero pertenecer a nadie más.
El fuego respondió con un latido más fuerte.
No reclamaba posesión.
Reclamaba verdad.
Arianne salió de la habitación sin saber exactamente por qué. Sus pies la guiaron solos, atravesando pasillos antiguos hasta una zona de la Academia que casi nadie usaba.
El balcón exterior.
La noche era fría. El cielo estaba cubierto, sin estrellas.
Alaric estaba allí.
No como dragón.
Como hombre.
Apoyado contra la baranda de piedra, con el rostro alzado hacia el cielo, como si escuchara algo que el mundo había olvidado. Su presencia era distinta a la de los otros: no invadía, no seducía, no exigía.
Simplemente era.
—Sabía que vendrías —dijo sin mirarla.
Arianne se detuvo a unos pasos.
—Yo no—
—No lo decidiste —continuó él—. El vínculo empuja cuando el alma está fracturada.
Ella apretó los dedos.
—No te di permiso para estar en mi cabeza.
Alaric giró lentamente. Sus ojos azules no brillaban. Observaban.
—No entré —respondió—. Me llamaste sin saberlo.
Eso la enfureció.
—No necesito otro hombre que crea saber lo que siento.
Alaric la sostuvo la mirada.
—No soy "otro hombre".
El silencio entre ambos fue distinto al que había compartido con Kael. No había tensión romántica aún. Había algo más peligroso: reconocimiento.
—Estás rota —dijo él, sin crueldad—. Y no por debilidad.
Arianne tragó saliva.
—No me conocés.
—Te siento —respondió—. Como se siente un temblor antes de que la tierra se parta.
El fuego en su pecho reaccionó, violento.
—Eso no es amor —dijo ella—. Eso es destrucción.
Alaric dio un paso hacia ella. Solo uno.
—Nunca te prometí amor.
La frase cayó como una confesión oscura.
—Te prometo que sobrevivirás.
Eso... eso sí la asustó.
—¿A qué costo?
Alaric bajó la voz.
—Todavía no lo sabés.
El colgante ardió con fuerza. Arianne retrocedió, respirando agitada.
—No —susurró—. No voy a elegir otro abismo.
Alaric no la siguió.
—Todavía no —repitió—. Pero lo harás.
Arianne se dio la vuelta y se fue, con el corazón desbocado.
Desde una sombra lejana del pasillo, Kael observó la escena sin ser visto.
Y por primera vez desde que la conocía, comprendió algo terrible:
No era Alaric quien iba a separarlos.
Era la verdad que Arianne todavía no había descubierto.
Arianne no volvió a su habitación.
El fuego seguía latiendo en su pecho, desordenado, como si algo dentro de ella hubiera despertado antes de tiempo. Cada paso que daba por los pasillos de la Academia era más pesado que el anterior, como si el aire se volviera espeso a su alrededor.
El vínculo no se había roto.
Seguía ahí.
Expectante.
—Esto no es real... —susurró, apoyando la mano contra una pared de piedra.
Las antorchas parpadearon al pasar junto a ella. La magia respondió a su inestabilidad con un murmullo inquieto. No era la primera vez que perdía el control, pero nunca se había sentido así: abierta, vulnerable, como si algo pudiera entrar y quedarse.
No luches, resonó en su mente.
Arianne se estremeció.
—No vuelvas a hablarme —dijo, con la voz quebrada.
La presencia de Alaric no empujó. No insistió.
Eso fue peor.
El silencio que dejó era denso, cargado de promesas que ella no había pedido.
El suelo bajo sus pies vibró levemente. No como un temblor real, sino como un eco antiguo, profundo, que venía de muy abajo. Arianne sintió que le faltaba el aire.
Las imágenes regresaron: fuego negro, alas enormes, su nombre pronunciado como un juramento.
—Basta... —jadeó, llevándose la mano al pecho.
La magia se desbordó.
Las antorchas estallaron en chispas. Las sombras se estiraron por las paredes, deformes. Arianne cayó de rodillas, el dolor mezclándose con algo peor: la sensación de perderse a sí misma.
Y entonces, otra presencia atravesó el caos.
—¡Arianne!
Kael.
Su voz fue un ancla.
Arianne levantó la cabeza justo cuando él se arrodillaba frente a ella, sin importar el torbellino de energía que sacudía el aire. Kael la tomó por los hombros, firme, real.
—Respirá —ordenó, apoyando su frente contra la de ella—. Mirame. Solo a mí.
Sus ojos rojos brillaban con una concentración peligrosa. Kael murmuró palabras antiguas, un hechizo de contención que hizo crujir las piedras a su alrededor.
El fuego en el pecho de Arianne vaciló.
—Kael... —susurró, aferrándose a su túnica—. Algo está mal conmigo.
Kael apretó la mandíbula.
—No —dijo con dureza—. Algo está despertando. Y no voy a dejar que te consuma.