CAPÍTULO 7
La noche cayó sobre Vhalderis como un manto pesado.
Arianne no durmió.
Permaneció sentada en el borde de la cama, con el cuerpo aún cansado por lo ocurrido horas antes. El fuego en su pecho estaba más quieto, contenido a la fuerza, como una bestia a la que le habían puesto cadenas demasiado frágiles.
Kael había insistido en quedarse cerca. No dentro de la habitación, pero sí lo suficiente como para sentirlo. Su presencia era un muro. Uno que ella necesitaba... aunque no supiera por cuánto tiempo más.
Cuando la puerta se cerró tras él, Arianne exhaló despacio.
Y entonces la noche empezó a reclamarla.
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Riven
El patio de entrenamiento estaba vacío, iluminado apenas por la luna.
Arianne no recordaba haber decidido ir allí.
Riven levantó la cabeza cuando la sintió llegar. No estaba entrenando. Estaba quieto, como si la hubiera estado esperando desde antes de saberlo.
—No deberías estar sola —dijo.
Ella cruzó los brazos.
—No quería compañía.
Riven se acercó igual. Su presencia era física, inmediata. El aire a su alrededor era distinto, más cálido.
—Cuando algo te asusta —murmuró—, tu pulso cambia.
Arianne frunció el ceño.
—¿Eso también lo podés oler?
Riven sonrió apenas.
—Todo en vos grita cuando estás en peligro.
Ella dio un paso atrás. Él no la siguió. Se quedó ahí, conteniéndose.
—Si querés que me vaya, decilo —dijo.
Arianne dudó.
No lo hizo.
Riven le ofreció su abrigo sin tocarla. Ella lo tomó, y al hacerlo, sus dedos se rozaron. Fue suficiente para que ambos se tensaran.
—Cuidate esta noche —le dijo él—. Algo no está bien.
Arianne se alejó con el corazón acelerado, sabiendo que Riven no había mentido.
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Elior
La capilla antigua estaba encendida.
No por velas, sino por una luz suave que no provenía de ningún lugar visible.
Elior estaba de pie frente al altar, con las alas plegadas, inmóviles. No se giró cuando Arianne entró.
—No deberías cargar sola con lo que sentís —dijo.
Ella se acercó despacio.
—No sabía que estabas acá.
—Siempre estoy donde el dolor es más silencioso.
Arianne se sentó en uno de los bancos. El cansancio le pesó de golpe.
—Tengo miedo —confesó.
Elior se giró al fin. Sus ojos oscuros no juzgaban.
—Eso significa que todavía sos libre.
Ella soltó una risa breve, sin humor.
—No lo siento así.
Elior se arrodilló frente a ella, lo justo para quedar a su altura. No la tocó.
—Si alguna vez sentís que vas a caer —dijo—, prometo estar ahí. Aunque no pueda salvarte.
Arianne sintió que se le cerraba la garganta.
—Eso no es justo.
—Nunca lo es.
Por un instante, pensó que él iba a besarla.
No lo hizo.
Elior se levantó y se apartó, dejándole espacio para respirar. Y eso dolió más que cualquier contacto.
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Cedrik
El corredor este estaba en penumbras.
Cedrik apareció como si siempre hubiera estado allí, apoyado contra una columna, observándola.
—Qué noche tan interesante —comentó—. Se te nota en la cara.
Arianne frunció el ceño.
—No estoy para juegos.
Cedrik sonrió, ladeado.
—Mentís muy mal cuando estás cansada.
Se acercó despacio, invadiendo su espacio solo lo suficiente para incomodarla.
—Todos sienten que algo cambió en vos —continuó—. La pregunta es quién va a aprovecharlo primero.
—No soy un recurso —dijo ella, tensa.
Cedrik inclinó la cabeza.
—Eso decís vos. El mundo rara vez está de acuerdo.
Arianne sostuvo su mirada.
—¿Qué querés, Cedrik?
—Nada que no estés considerando ya.
Le tendió la mano, como una invitación que no era del todo clara. Ella no la tomó.
Cedrik rió suavemente.
—Tranquila —dijo—. Las mejores decisiones se toman cuando una cree que todavía tiene tiempo.
Cuando se fue, Arianne se dio cuenta de que estaba temblando.
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Kael
Volvió a su habitación cuando el cielo empezaba a aclararse apenas.
Kael estaba allí.
De pie junto a la ventana, con el rostro tenso, como si hubiera pasado la noche luchando contra algo invisible.
—No pude dormir —dijo ella.
—Yo tampoco.
Se miraron en silencio.
Kael dio un paso hacia ella, dudó, y luego la tomó entre sus brazos con cuidado, como si temiera romperla.
Arianne apoyó la cabeza en su pecho.
Por ahora, eso era suficiente.
Pero mientras el amanecer teñía el cielo de gris, una verdad incómoda se asentó en ambos:
Esa noche, Arianne no había elegido a nadie.
Y aun así, todos habían dejado una marca.