Cinco corazones, un destino

Donde empiezan los hilos

CAPÍTULO 8

El día llegó sin luz.

Vhalderis amaneció envuelta en una niebla espesa, como si la Academia misma quisiera ocultar algo. Arianne caminó por los pasillos con una sensación persistente de estar siendo observada.

No era paranoia.

Era intuición.

Las miradas se detenían un segundo más de lo normal. Los murmullos bajaban cuando pasaba. No por desprecio, sino por expectativa.

Algo se había movido.

Kael caminaba a su lado, más cerca que de costumbre. No la tocaba, pero su presencia era constante, casi estratégica.

—¿Pasa algo? —preguntó ella al fin.

Kael negó con la cabeza.

—Precaución —respondió—. Nada más.

Eso no la tranquilizó.

En la sala del Consejo menor, los esperaba una mesa de piedra negra. Tres miembros ya estaban sentados. No todos eran humanos.

—Arianne Fersen —dijo una voz grave—. Tu estado anoche generó una perturbación significativa.

Ella se irguió.

—No fue intencional.

—Nunca lo es —respondió otra voz—. Pero el resultado importa más que la intención.

Kael dio un paso adelante.

—Yo me hago responsable.

Arianne lo miró, sorprendida.

—No —dijo—. Fue mío.

Kael no la miró. Sostuvo la mirada del Consejo con una firmeza que bordeaba la amenaza.

—Insisto.

La discusión fue breve. Demasiado.

Arianne sintió que las decisiones ya estaban tomadas antes de que entraran.

—Se limitará tu acceso a ciertas zonas —dictaminó el Consejo—. Y permanecerás bajo supervisión.

—¿Supervisión de quién? —preguntó Arianne.

Hubo un silencio incómodo.

—De Kael Dareth Valeyr.

El corazón de Arianne dio un salto seco.

Salieron sin hablar.

Recién cuando estuvieron solos, ella se detuvo.

—¿Vos sabías que iba a pasar esto?

Kael tardó en responder.

—Tenía una idea.

Eso fue suficiente para que algo dentro de ella se tensara.

—No me gusta —dijo—. No me gusta sentir que no elijo.

Kael la tomó del brazo con suavidad, pero sin soltarla.

—Es temporal.

—Eso decís vos.

Kael respiró hondo.

—Arianne... hay fuerzas moviéndose que no entendés todavía.

Ella lo miró fijo.

—Entonces explicame.

Kael apartó la mirada.

Y ese gesto, mínimo, fue más elocuente que cualquier silencio.

Esa noche, Arianne volvió a sentir el fuego.

Pero esta vez no vino solo.

Te están rodeando, resonó la voz de Alaric, profunda, controlada.

Y no todos los muros protegen.

Arianne cerró los ojos.

Por primera vez, no le pidió que se fuera.




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