La grieta en el Círculo de Cenizas no fue reparada esa noche.
Eso fue el primer error.
El segundo fue creer que el ritual había pasado desapercibido.
La alarma sonó pasada la medianoche.
No fue una campana.
Fue un rugido.
Las murallas de Vhalderis temblaron como si algo gigantesco hubiese chocado contra ellas desde el exterior. Las antorchas se apagaron al unísono. El cielo, visible desde los ventanales altos, se volvió de un rojo enfermizo.
Arianne se incorporó de golpe.
El fuego en su pecho no ardió.
Se tensó.
Vienen por vos, susurró una voz profunda en su mente.
No fue invasiva. Fue urgente.
Alaric.
La puerta se abrió violentamente.
Kael.
—Vestite. Ahora.
No hubo tiempo para preguntas.
Otro impacto sacudió la estructura. Polvo cayó del techo. A lo lejos, gritos.
—¿Qué es eso? —preguntó Arianne mientras se colocaba las botas.
Kael dudó apenas.
—No son criaturas salvajes.
Eso fue peor.
El patio central era un caos controlado.
Riven estaba en su forma parcial, ojos brillando, colmillos visibles. Elior mantenía una barrera luminosa extendida sobre la entrada principal. Cedrik sonreía... pero no era una sonrisa divertida.
Era cálculo.
Más allá de la barrera, figuras encapuchadas avanzaban entre la niebla roja. No atacaban al azar. Se movían como si conocieran la estructura.
Como si supieran dónde estaba ella.
Uno de ellos levantó la mano.
El símbolo que se formó en el aire era idéntico al del Círculo de Cenizas.
Arianne sintió que el estómago se le helaba.
—No puede ser coincidencia —susurró.
Kael la tomó del brazo.
Demasiado fuerte.
—Te quedás atrás de mí.
—No soy un objeto para esconder.
—Esta vez sí —gruñó él.
La barrera de Elior crujió.
Un proyectil de energía oscura la atravesó como si hubiese estado esperando la frecuencia exacta. Riven rugió y se lanzó hacia adelante antes de que nadie pudiera detenerlo.
La pelea comenzó.
No fue elegante.
Fue brutal.
Las figuras no intentaban matar indiscriminadamente. Se abrían paso directo hacia el centro.
Hacia ella.
Cedrik apareció a su lado como una sombra.
—Qué halagador —murmuró—. Parece que alguien cree que valés mucho.
Arianne no respondió.
El fuego en su pecho comenzó a reaccionar.
No por miedo.
Por defensa.
Uno de los atacantes rompió la línea y apareció frente a ella. Bajo la capucha, sus ojos brillaban con una marca grabada en la piel: el mismo símbolo del ritual.
—La llave —susurró la figura—. Entréguenla.
Kael lo atacó antes de que terminara la frase.
Pero no fue suficiente.
Otro proyectil impactó cerca. La onda expansiva lanzó a Arianne contra el suelo. El aire se le escapó de los pulmones.
Y entonces algo dentro de ella decidió que ya era suficiente.
El fuego explotó.
No en caos.
En forma.
Las llamas la rodearon como alas abiertas, enormes, oscuras, proyectándose sobre las murallas. El rugido que siguió no salió de su garganta.
Salió del cielo.
Todos se detuvieron.
Los atacantes retrocedieron un paso.
La niebla roja se partió como si algo gigantesco hubiese cruzado el firmamento por encima de ellos.
Una sombra colosal pasó sobre la Academia.
Real.
Física.
Las murallas vibraron.
Los encapuchados no estaban preparados para eso.
Uno gritó:
—El Vínculo ya se activó.
Retirada.
No huyeron desordenados. Desaparecieron como si el aire los tragara.
El silencio que quedó fue más pesado que el combate.
Arianne cayó de rodillas, jadeando.
El fuego se extinguió lentamente.
Kael llegó primero.
La sostuvo con desesperación genuina.
—No vuelvas a hacer eso —susurró, temblando más de lo que quería admitir.
Riven se acercó, herido pero firme. Elior plegó sus alas con el ceño fruncido. Cedrik observó el cielo todavía agrietado por la sombra que lo cruzó.
—No vinieron a probarla —dijo Elior con voz grave—. Vinieron a confirmar.
Arianne levantó la vista.
—Confirmar qué?
Cedrik respondió, sin humor esta vez:
—Que el dragón ya respondió.
El viento nocturno sopló frío.
Muy, muy alto sobre Vhalderis, algo giró una vez en círculos antes de perderse entre las nubes.
No había sido una ilusión.
Alaric había intervenido.
Y ahora, quien estuviera detrás del ataque sabía una verdad irreversible:
El ritual no solo había despertado poder.
Había despertado un protector.