Circo

Capitulo 2

Un siglo de luto no era suficiente para lavar el incienso rancio y la cera quemada del alma. Sin embargo, en la opulenta y ruidosa Londres victoriana, el aroma dominante era el de carbón, lluvia y el dulzor enfermizo de la ginebra barata. El aire no era fresco ni limpio, sino una bruma perpetua que se adhería a la ropa y a los pulmones.

En medio de este miasma industrial, la vida continuaba en un frenesí de corsés apretados y ambiciones desmedidas. Y para Seo, un joven de veintidós años con el corazón tan viejo como la maldición que lo seguía, esa vida se desarrollaba bajo la lona rayada de un circo itinerante: 'El Gran Emporio de las Maravillas del Sr. Carfax'.

Esa noche, Seo no era Noah, el noble de hombros anchos. Era Jester, el payaso. Un nombre irónico para alguien cuya risa era una actuación tan ensayada como su caída del trapecio.

Seo se miró en un espejo roto en la parte trasera de su carromato. La tenue luz de una lámpara de aceite revelaba la cara que el destino le había devuelto: delgada, con pómulos afilados y una boca que le costaba sonreír sinceramente. Se puso la base blanca, cubriendo la piel pálida, y luego las lágrimas azules que se extendían desde sus ojos hasta su mandíbula. El rojo brillante en la boca creaba una sonrisa grotesca, congelada en una alegría forzada.

El circo era una burbuja de caos y maravilla, un lugar donde las reglas de la sociedad se suspendían, y Seo había encontrado un sombrío consuelo en el anonimato que ofrecía la máscara. Como Jester, podía burlarse de la vida, de la muerte y del destino sin que nadie sospechara el peso que llevaba. Su acto no era solo de acrobacias y malabares; era una representación sarcástica de la condición humana, una que terminaba siempre con el payaso cayendo, pero levantándose de nuevo. Siempre levantándose.

—¡Jester! ¡Cinco minutos para la apertura! —El grito ronco del encargado de la carpa resonó, seguido por la orquesta que afinaba, sus metales estridentes como cuchillos.

Seo se ató los cordones de sus botas de payaso, pensando en el antiguo juramento. ¿Qué era peor: la tortura de recordar, o el alivio de olvidar? Por suerte, la niebla de la reencarnación era espesa; no recordaba los nombres, ni los detalles sangrientos, solo la sensación. Una angustia profunda, el frío de un cuerpo amado y una promesa de separación que era el único patrón constante en todas sus vidas.

Se ajustó el gorro de terciopelo con cascabeles que tintinearon débilmente. Los cascabeles. Un sonido frívolo.

Salió del carromato hacia el laberinto de cables y cuerdas. El bullicio lo envolvió: el olor a paja, a animales exóticos y a maquillaje teatral. Seo se movía entre acróbatas y forzudos, sintiéndose un fantasma que había llegado a la fiesta equivocado.

Se dirigió al lado de la jaula de los leones para esperar su turno, pero fue interceptado por la figura imponente del Sr. Carfax.

Carfax era el dueño del circo, un hombre bajo y corpulento, vestido con un traje de cola impecable y una barba negra bien cuidada. Su voz, incluso en un susurro, sonaba como la de un director de orquesta que exige perfección. Carfax era el opuesto exacto de la alegría: era negocio, jerarquía, control.

—Jester. Has estado lento hoy —dijo Carfax, sin preámbulos. Sus ojos oscuros escanearon el rostro pintado de Seo con una frialdad evaluadora.

—Solo guardando energía para el acto principal, Señor Carfax. El público paga por la caída épica, no por el trote —replicó Seo, su voz amortiguada detrás del maquillaje y teñida de la burla profesional de Jester.

Carfax sonrió, pero era una expresión sin calor.

—Te pago por la puntualidad y por el espectáculo. Y hablando de espectáculo, mi nuevo acróbata, Misterio, necesita espacio extra en la plataforma esta noche. Tienes un minuto menos en tu rutina. Elimina la parte del malabarismo con fuego. Es demasiado caro si lo estropeas.

Seo sintió que el fuego frío de la frustración, esa chispa familiar de la oposición injusta, le recorría las venas. La maldición no era solo sobre el amor; era sobre la interminable presencia de un obstáculo, un capataz que exigía, un dueño que controlaba. Carfax no era solo su empleador; era el nuevo muro entre él y cualquier posibilidad de paz.

—El malabarismo con fuego es lo que hace que la multitud compre mis postales. Es el clímax —protestó Seo.

—El clímax soy yo, Jester. Y el clímax es el dinero. Misterio está vendiendo más entradas. Él necesita el tiempo para su entrada estelar. Eres el payaso. Entretienes a los niños entre los actos importantes. No lo olvides.

Carfax le dio una palmada en el hombro con una fuerza desagradable. La sensación de ser controlado, de ser un títere en el teatro de otro, le recordó a Seo una vida olvidada, donde los tratados de propiedad definían su valor y el Arzobispo decidía su felicidad. La opresión era el hilo negro de su existencia.

—Ve a tu sitio. Y recuerda, una sonrisa más grande. Incluso en tu tristeza. Es Londres, Jester. A nadie le gusta un hombre que se toma su propia miseria demasiado en serio.

Carfax se alejó, dejando a Seo en la penumbra. Seo apretó los puños bajo las mangas holgadas de su traje, sintiendo que la ira de un noble medieval se mezclaba con la impotencia de un artista callejero.

La maldición se había manifestado: la separación no era solo de la amada, sino de su propia dignidad y control. Siempre habría un hombre así. Un Carfax, un Elías, alguien que pisotea para asegurar su propio poder y, por extensión, su miseria.

Seo miró hacia la gran carpa. El rugido de la multitud era un sonido visceral, hambriento.

El amor que te quemará el alma. El amor era la meta, pero la separación era la regla. Y el instrumento de esa regla estaba ahora a su alrededor, en la persona de Carfax y en la estructura rígida del circo.

La cortina de terciopelo se abrió. Era su señal.

Seo entró en el círculo de luz, su sonrisa pintada era una máscara de desafío. Era hora de reír. Era hora de caer. Pero esta vez, pensó, no iba a dejar que el Sr. Carfax o el destino dictaran la altura de su próxima ascensión. Jester podía ser un bufón, pero un noble siempre encuentra la manera de blandir una espada, incluso si es contra una sombra.




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