Circo

Capitulo 3

El aire dentro de la gran carpa era una mezcla pesada de sudor, palomitas de maíz rancias y el aliento azucarado de la multitud. Seo, como Jester, había terminado su segmento de "interludio cómico" con la caída perfecta: un tropiezo dramático desde una escalera de tres metros, seguido por un silencio momentáneo y luego una explosión de risas que rebotó en la lona.

Mientras la orquesta lanzaba un estruendo de fanfarrias para dar paso al número de los caballos, Seo se retiró a la oscuridad de los bastidores, con el corazón latiéndole bajo la base blanca. La risa de la audiencia era un bálsamo momentáneo, pero no podía silenciar la resonancia de la voz dominante de Carfax.

La rutina recortada le había sentado mal. Se sentía despojado, reducido. En cada vida, la maldición no solo le arrebataba a su amada, sino también el control sobre su propio destino. En la era de Noah, era la espada de otro; ahora, era el cronograma de otro.

Seo se dirigió a su pequeño rincón para quitarse el gorro de cascabeles y beber agua de un cazo de lata. Fue entonces cuando notó una conmoción cerca del puesto de accesorios, un lugar lleno de disfraces colgantes, espadas de utilería y focos humeantes.

El Sr. Carfax estaba allí, no en el centro de atención, sino ejerciendo su poder en la periferia. Estaba frente a uno de los acróbatas más jóvenes, un chico llamado Finn que acababa de entrar al Emporio.

—No me importa si tus padres están enfermos, Finn —decía Carfax, su voz baja y acerada, lo que la hacía más amenazante que un grito—. El adelanto que te di cubre tu deuda y el costo de tus botas nuevas. Te prometí cuatro peniques por noche, no un banco de caridad.

Finn, delgado y visiblemente exhausto, sostenía un puñado de monedas de cobre.

—Pero, señor Carfax, mi madre... no puede... Necesito enviar esto a casa. Pensé que el número de hoy me daría para pagar el médico...

—El número de hoy te mantuvo alimentado y bajo techo. Te recuerdo que la caridad solo existe si yo la permito. Si no estás dispuesto a trabajar por tu sustento, hay diez jóvenes hambrientos en el East End que tomarán tu lugar y se sentirán agradecidos por solo tres peniques. ¿Entendido?

La humillación en el rostro de Finn era palpable. El chico asintió, derrotado, y se alejó rápidamente, aferrándose a su escaso pago.

Seo observó la escena. Esto era más que mala gestión; era la misma toxicidad que había impulsado al Padre Elías. No era amor, era posesión. No era piedad, sino la justificación del poder sobre los vulnerables. Este era el terreno fértil de la Maldición.

Seo caminó hacia Carfax, dejando caer el gorro y la sonrisa falsa.

—Un acto conmovedor, Señor Carfax —dijo Seo, su tono totalmente desprovisto del humor de Jester.

Carfax se giró lentamente, arqueando una ceja.

—¿Te refieres al número ecuestre? Es excelente, aunque esos caballos consumen demasiado heno.

—Me refiero a la exhibición con el joven Finn. No es el circo, es la usura. El niño solo pide su salario justo.

Carfax se cruzó de brazos, su expresión volviéndose impenetrable.

—Jester, estás excediendo los límites de tu contrato. No te pago por tener una conciencia, sino por hacer reír a los borrachos. Lo que yo haga con los contratos y el personal es asunto de la dirección.

—El problema es que yo he visto esta obra antes —replicó Seo, dando un paso adelante. En el penumbra, su rostro pintado de blanco parecía un espectro acusador—. Y sé cómo termina. La injusticia se cobra un precio.

Carfax se echó a reír, un sonido seco y desagradable.

—¿Y tú serás el dramaturgo, payaso? ¿El noble que viene a salvar a los pobres? Mírate. Eres una broma que se repite noche tras noche. Yo soy el que maneja el dinero, el que firma los papeles, el que dirige este lugar. Tú no eres nadie más que una cara graciosa.

El insulto golpeó a Seo con el peso de la historia. Nadie. En su vida pasada, había sido alguien, un noble con tierras y un nombre que significaba respeto. Ahora, era un bufón. Y el hombre que lo tiranizaba era el que le recordaba su insignificancia.

—Y un bufón, Señor Carfax, a menudo ve lo que el rey es demasiado estúpido para ver —dijo Seo, sus ojos, rodeados por las lágrimas azules pintadas, brillando con una intensidad repentina—. Usted está construyendo este Emporio sobre el miedo. Y todo lo que se construye sobre cimientos inestables... tiende a caer.

Carfax dejó de reír. Por primera vez, pareció ver más allá del maquillaje, reconociendo el peligro latente en la seriedad de Seo.

—Escúchame bien, Jester. Los nobles están muertos, y tú eres un payaso. Olvídate de tu moralidad. Te mantendré en la nómina si te mantienes en tu sitio. Si intentas interponerte en mis negocios, o si intentas organizar algo entre los empleados... te arrojaré a las calles de Londres tan desnudo y hambriento como el día en que naciste. Y si la maldición es real, créeme, la miseria de la calle será mucho más amarga que la que pintas en tu rostro.

Carfax se acercó al oído de Seo, bajando la voz hasta un susurro sibilante.

—Y hay cosas mucho más valiosas en este circo que tu rutina de tres minutos, Jester. Cosas que tengo la intención de asegurar y proteger, y no voy a permitir que un payaso entrometido las ponga en peligro.

El mensaje era claro y escalofriante. La opresión de Carfax era total, y su referencia a "cosas valiosas" era una advertencia velada sobre cualquier otra persona o posesión que él decidiera reclamar.

Carfax se enderezó, dándole la espalda a Seo, y se alejó con paso firme, dejando a Seo temblando ligeramente, no por miedo, sino por la furia.

Seo cerró los ojos y respiró hondo. La maldición no era solo un obstáculo amoroso; era un ciclo de confrontación con la tiranía que siempre se interponía entre él y la felicidad.

—Esta vez,—pensó, abriendo los ojos y mirando hacia la salida donde Carfax había desaparecido, —no voy a esperar a que la daga caiga.




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