Circo

Capitulo 4

La confrontación con Carfax no había aliviado a Seo; de hecho, había agudizado el doloroso sentido de propósito que arrastraba a través de las edades. La maldición no solo prometía un amor perdido, sino una lucha constante contra la sombra del control. Noah había sido un noble de acción directa, pero Seo, el bufón, necesitaba una estrategia más sutil, una que utilizara el caos y el engaño inherentes al circo.

Sentado en su carromato mientras el murmullo de la ciudad se calmaba con las primeras horas de la mañana, Seo se quitó por completo el maquillaje. Al ver su rostro sin color, sintió el frío de la realidad victoriana. La herrería de su vida pasada era ahora un pequeño escritorio lleno de papeles grasientos.

Seo sabía que no podía enfrentar a Carfax con la fuerza. Carfax controlaba los contratos, los permisos de gira y, crucialmente, los salarios. Si Seo iniciaba un motín, Carfax simplemente lo descartaría y, peor aún, castigaría al resto del personal vulnerable.

—La injusticia se cobra un precio —murmuró Seo, repitiendo sus propias palabras al dueño del circo.

El arma de Seo era su mente y su invisibilidad social. Nadie tomaba en serio al payaso. Y ahí radicaba su ventaja.

Decidió que la clave no era derrocar a Carfax, sino despojarlo de su control más estricto: la información y el dinero. Carfax era meticuloso con las cuentas, pero también era arrogante y descuidado cuando se trataba de compartir responsabilidades.

Seo sabía dónde Carfax guardaba sus libros mayores. No en un banco, sino en un gran baúl de roble dentro de su carpa privada, junto a su lujosa cama con dosel. Lo había visto una vez, durante una limpieza forzosa después de una tormenta.

El plan de Seo era simple en su audacia: necesitaba acceder a esos libros y copiarlos. No para robar dinero, sino para obtener pruebas. Si podía demostrar que Carfax estaba reteniendo ilegalmente salarios, falsificando impuestos o infringiendo los contratos laborales, tendría la palanca necesaria para obligarlo a renunciar a su control o, al menos, a ser justo.

El problema era el acceso. La carpa de Carfax estaba vigilada por el único perro de ataque del circo, un mastín gruñón llamado Brutus, y a menudo por un secuaz que cumplía las órdenes más desagradables del dueño.

Seo se puso de pie, su mente en movimiento. El circo no era el castillo de piedra de Noah, sino un laberinto de secretos y oportunidades.

Lo primero que hizo fue buscar a Finn. Encontró al joven acróbata en el área de entrenamiento, practicando giros en el alambre, incluso con el agotamiento marcado en su rostro.

—Finn —llamó Seo, acercándose con una botella de agua y pan.

Finn se detuvo, limpiándose el sudor. Miró a Seo con una mezcla de respeto y cautela.

—Jester. No tienes que hacer esto. Carfax me lo dejó claro. No debemos quejarnos.

—No me estoy quejando, Finn. Estoy observando. Dime algo: ¿Quién es el que se encarga de cambiar las guardias de Brutus? El perro guardián.

Finn se encogió de hombros.

—El tío Henry. Pero Henry es fiel a Carfax. Le dio un adelanto para su operación de ojos. Henry no dirá nada.

—No necesito que diga nada —dijo Seo, sonriendo levemente, la primera sonrisa genuina en días—. Necesito que se duerma. ¿Cuándo hace Henry su ronda final antes del amanecer?

—Justo después de que yo termino la limpieza de los caballos. A las cuatro.

Seo asintió. El momento ideal. La bruma de la madrugada y el cansancio acumulado de una jornada circense eran sus mejores aliados.

Ahora, el modus operandi. Seo necesitaba tres cosas para su plan:

1. Distracción: Algo lo suficientemente ruidoso y visible para atraer la atención fuera de la carpa principal, pero que no dañara el circo.
2. Somnífero: Algo que pudiera dejar fuera de combate a Brutus y a Henry sin matarlos, solo aturdirlos.
3. Herramientas de copia: Lápiz de grafito, papel fino y tinta de impresión rápida.

Para la distracción, Seo recordó una vieja leyenda circense: el truco de la "fuga del elefante". Si un elefante se ponía nervioso y rompía una cadena, el pánico resultante obligaba a todo el personal a acudir a la carpa de los animales. El truco era que el elefante solo necesitaba una pequeña ayuda para asustarse.

Para el somnífero, recurrió a un viejo conocido: un herbolario retirado que trabajaba en el pueblo cercano, especializado en remedios para el dolor de los animales. Seo le pagó con las pocas monedas que había ahorrado, consiguiendo una dosis potente de láudano de bajo grado, suficiente para dejar a un perro grande soñoliento y a un hombre mayor profundamente dormido.

A la mañana siguiente, Seo estaba listo. Había ocultado el láudano en carne seca y había preparado una antorcha de aceite para el momento adecuado. La emoción, la adrenalina que había sentido por última vez con la espada en la mano, regresó. Era la emoción de la batalla, solo que esta vez la pelea era con números y papeles.

La noche llegó, trayendo consigo el mismo aire denso y húmedo de Londres.

A las 3:45 a. m., Seo, vestido con ropas oscuras, se deslizó por los pasillos detrás de los carromatos. Llegó al corral de los elefantes. Ligeramente roció las cadenas y la paja con un fuerte aceite de motor. El olor era suficiente para molestar a los paquidermos sin causarles daño.

A las 4:00 a. m., el tío Henry se sentó en su silla de guardia, bostezando. Seo se acercó desde la oscuridad.

—Henry. Hace frío, amigo. ¿Quieres esta carne seca? Acaba de caer de la mesa de la cocinera. La carne de cocinera siempre es lo mejor.

Henry, fatigado, aceptó la ofrenda sin dudarlo. El mastín, Brutus, olfateó el aire y se abalanzó sobre el resto de la carne que Seo dejó caer cerca de su perrera.

En diez minutos, Henry roncaba. Brutus apenas movía la cola.

Seo caminó hacia la carpa de Carfax. Justo cuando llegaba a la entrada principal...

Ocurrió la primera distracción.




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