Seo terminó su trabajo justo cuando el bramido del elefante se calmaba en la distancia, sustituido por el vocerío de Carfax que intentaba restablecer el orden. Con manos rápidas, devolvió el libro mayor al baúl, cerró la cerradura con la combinación y salió de la carpa, deslizándose como una sombra.
Regresó a su carromato justo antes de que el sol victoriano se asomara, tiñendo la bruma de un color naranja sucio. Estaba exhausto, pero la adrenalina había sido reemplazada por una frialdad calculada, una sensación que no había experimentado desde su vida como noble, cuando planeaba tácticas de asedio.
Seo se encerró en su pequeño espacio. Tenía las copias: las listas de pagos, los contratos firmados en letra pequeña y, lo más importante, el registro de las deudas que Carfax mantenía sobre sus artistas. El patrón era siempre el mismo: Carfax adelantaba dinero por ropa o equipo, y el artista nunca ganaba lo suficiente para saldar la deuda, manteniéndose esencialmente esclavizado por el Emporio.
—No eres un noble, sino un simple ladrón de salarios —murmuró Seo, leyendo un detalle sobre cómo Carfax había descontado el costo de toda la pintura blanca de payaso de los ingresos de Jester, dejándolo apenas con unos peniques.
La pregunta ahora era cómo usar la información. Si la publicaba, Carfax simplemente lo negaría y usaría sus conexiones para desacreditar a Seo. En Londres, la palabra de un payaso no valía nada frente a la de un dueño de circo adinerado.
Seo necesitaba un plan de ataque que fuera tan efectivo como el de un ejército, pero tan discreto como el de un ladrón. Necesitaba que el arma de Carfax —la avaricia— se volviera contra él.
Después de meditar durante horas, la solución se manifestó, brillante y cruel, en su mente. No podía atacar a Carfax directamente en el ámbito legal; tenía que atacarlo en el único lugar que le importaba: la audiencia y la reputación.
El arma de Seo sería la representación.
Esa noche, el circo estaba abarrotado. La gente quería olvidar la niebla y la miseria de la ciudad. Querían magia.
El acto de Jester era el penúltimo. Seo entró en la carpa con la rutina habitual: la risa forzada, la caída ensayada. Pero a medida que avanzaba su número, algo cambió.
Jester se acercó al centro de la pista y, en lugar de hacer malabares con sus bolas de colores, sacó algo nuevo de sus bolsillos gigantes: un puñado de monedas de cobre brillantes.
El público se rió, pensando que era parte del truco.
Jester comenzó a hacer malabares con el dinero, pero en lugar de atraparlo con gracia, lo dejaba caer constantemente al suelo. Cada vez que una moneda caía, Jester emitía un gemido exagerado de dolor.
Luego, Jester sacó un gran papel enrollado y pintado para que pareciera un contrato antiguo. Intentó leerlo, tropezando con palabras altisonantes sobre "adquisiciones" y "pagos diferidos", y terminando siempre con la frase: "¡...y por eso, el Payaso me debe cien veces su peso en oro!"
La multitud se reía, creyendo que era una sátira social sobre los prestamistas de la ciudad.
Pero Seo no había terminado. Señaló al acróbata Finn, que estaba mirando desde los bastidores. Jester se acercó a Finn y lo abrazó dramáticamente.
—¡Oh, el Acróbata, tan joven, tan ágil! —dramatizó Seo con voz chillona—. ¡Pero, ay, el Contrato le ha quitado las botas, le ha quitado el sueño! ¡Y lo que es peor, le ha quitado su minuto de fama!
El público se rió de la supuesta crítica a la gestión del tiempo de los actos.
Entonces, Jester sacó su último accesorio: una pequeña botella de vidrio etiquetada como "Láudano para Perros y Mayordomos".
Jester fingió beberlo, y luego se desplomó en el suelo, soltando el maletín que llevaba. El maletín se abrió, y de su interior cayeron hojas de papel finamente copiadas.
Esta fue la jugada maestra. Mientras la orquesta tocaba una música fúnebre para su "muerte cómica", Seo, con el rabillo del ojo, observó a Carfax.
Carfax estaba en su palco, su rostro se había puesto blanco como la pintura de Seo. Entendió que el maletín y los papeles no eran un accesorio de utilería. Eran los libros.
Carfax no podía permitir que esos papeles llegaran a manos del público o de la prensa. Aunque la audiencia solo veía una farsa, Carfax veía un chantaje público.
Jester se levantó de su "muerte" y se inclinó dramáticamente. La multitud aplaudió la sátira política del payaso.
Pero Seo se dirigió directamente al palco de Carfax, ignorando los aplausos. Se detuvo justo debajo del dueño del circo y le habló en voz baja, asegurándose de que nadie más pudiera escuchar sobre el estruendo de la orquesta.
—Le presento, Señor Carfax, mi nuevo acto principal: La Tragedia de la Tiranía Financiera —susurró Seo, manteniendo la sonrisa pintada pero con ojos gélidos—. Los papeles de la deuda de Finn y las horas de trabajo falsificadas están ahora... por toda la pista. Si decido que la farsa debe terminar y los recojo para entregarlos a un periódico del East End... El Gran Emporio se derrumbará.
Carfax, que sudaba a pesar de la frialdad de la carpa, se inclinó.
—¿Qué quieres, bufón? —siseó, su voz apenas audible.
—No quiero dinero. Solo quiero control —dijo Seo, sin dejar de mirar al público que se disolvía—. A partir de mañana, Finn recibe su salario completo. Y más importante, mi rutina vuelve a su tiempo original. Además, no se tomará ninguna decisión de personal o de horario sin mi consentimiento, a menos que quiera que el público sepa cómo se sostiene realmente su magia.
Seo tomó el maletín del suelo, juntando los papeles que Carfax no podía permitir que se difundieran. Dio un paso atrás, se inclinó profundamente ante la platea, y desapareció tras la cortina.
El primer conflicto había terminado. Seo no había ganado la paz, pero había asegurado una tregua y, por primera vez en esta vida, una pizca de control sobre su propio destino y el de los que lo rodeaban. La maldición se había encontrado con un oponente inesperado: la estrategia del Payaso.