Cita Con El Caos.

Cap#5-A divertirse .

Ainoa

Lo primero que escucho al despertar es el mar.

No una alarma.

No una voz molestándome.

No a alguien gritando mi nombre porque probablemente hice algo mal.

Solo el sonido constante de las olas chocando contra la orilla.

Por unos segundos me quedo completamente quieta, mirando el techo de madera de la cabaña mientras intento recordar dónde estoy.

La luz de la mañana se cuela por las pequeñas rendijas de la ventana, dibujando líneas doradas sobre las paredes. El aire tiene ese olor extraño a sal y naturaleza, como si la isla entera estuviera respirando junto conmigo.

Y entonces recuerdo.

La lancha.

La sorpresa.

Mis amigos escondiéndome todo.

El lugar.

Y a él.

Una frase aparece en mi cabeza sin permiso.

Cuando estemos solos.

Cierro los ojos.

No.

Otra vez no.

No entiendo por qué mi cerebro decidió guardar esa frase como si fuera una canción pegajosa que no puedo sacar de la cabeza.

Hay miles de cosas que pasaron anoche.

Miles.

Pero no.

Mi mente decidió quedarse justamente con eso.

—Patético —murmuro.

Me giro y miro la almohada.

Como si ella fuera a responderme.

No lo hace.

Qué decepción.

Me levanto lentamente y camino descalza hasta la ventana.

Desde aquí puedo ver parte de la isla.

Las cabañas están distribuidas entre los árboles, conectadas por pequeños caminos de tierra. Más allá, el mar se extiende enorme, tranquilo, como si no existiera nada más en el mundo.

Por un momento me quedo observando.

Tengo que admitirlo.

Este lugar es increíble.

Y eso me molesta un poco.

Porque significa que Dilan hizo algo bien.

Y decir eso en voz alta sería darle demasiada satisfacción.

Así que no lo haré.

Jamás.

Me arreglo rápidamente y salgo de la cabaña.

Apenas mis pies tocan la madera de la pequeña terraza, una brisa fresca me despeina.

—Buenos días, isla hermosa.

Hago una pausa.

—No estaba hablando contigo.

Una voz detrás de mí responde:

—Menos mal. Por un momento pensé que habías perdido la cabeza.

Me giro.

Mi amiga está apoyada contra la baranda de la cabaña de al lado con una taza en la mano.

La miro.

—¿Me estabas escuchando?

—No.

Hace una pausa.

—Bueno, sí.

—Qué buena amiga.

—Lo intento.

Camina hacia mí y me entrega otra taza.

—Toma.

La miro sospechosa.

—¿Qué es?

—Café.

—¿Y por qué siento que hay una trampa?

—Porque eres paranoica.

—Porque ustedes esconden cosas.

Ella intenta poner cara inocente.

Fracasa.

Completamente.

Entrecierro los ojos.

—Tú sabes algo.

—No.

—Acabas de responder demasiado rápido.

—No.

—Peor.

Suspira.

—Ainoa.

—¿Qué?

—Acabas de despertar hace cinco minutos y ya estás interrogando personas.

—Porque todos aquí tienen cara de culpables.

Mira hacia otro lado.

Ese pequeño movimiento no pasa desapercibido.

—Ajá.

—¿Qué?

—Nada.

Tomo un sorbo de café.

—Solo confirmaste mis sospechas.

—No confirmé nada.

—Tu cara lo hizo.

—Mi cara no habla.

—La tuya sí. Y grita.

Ella se ríe.

—Eres imposible.

—Y aun así me quieres.

—Lamentablemente.

Le doy un pequeño golpe con el hombro.

—Qué suerte tienes.

—Demasiada.

Nos quedamos unos segundos en silencio mirando el paisaje.

Pero entonces ella sonríe.

Y conozco esa sonrisa.

Esa sonrisa siempre significa problemas.

—¿Qué?

—Nada.

—No hagas eso.

—¿Qué?

—Sonreír así.

—¿Así cómo?

—Como si supieras algo que yo no.

Ella levanta las manos.

—Yo no sé nada.

Silencio.

La miro.

Ella me mira.

Ambas sabemos que está mintiendo.

—Voy a descubrirlo.

—¿El qué?

—Lo que todos están escondiendo.

Ella intenta no reírse.

—Buena suerte.

—No necesito suerte.

—Necesitas mucha.

—Gracias por tu apoyo.

—Siempre.

Salgo de la cabaña y camino hacia donde están todos.

La mañana en la isla parece ir más despacio. El sonido del mar acompaña las conversaciones y por primera vez en mucho tiempo siento que no tengo que preocuparme por nada.

Bueno...

Casi nada.

Porque, por alguna razón, mi cabeza decide volver a una frase de anoche.

Cuando estemos solos.

Sacudo la cabeza.

No.

No voy a darle importancia.

No hoy.

Cuando llego con los demás, no me sorprende encontrar a Jean en medio de algún drama completamente innecesario.

—Te estoy diciendo que sé hacer café.

Me detengo.

—Eso mismo dijiste la última vez.

Su expresión de indignación aparece de inmediato.

—¿Todavía siguen usando ese momento en mi contra?

Mateo, sentado a su lado con esa calma que siempre parece tener, ni siquiera levanta la mirada.

—Porque fue bastante traumático.

—Fue un pequeño error.

—Jean, el café estaba prácticamente negro.

—Eso significa que tenía sabor.

Suelto una risa mientras tomo asiento.

—Significa que necesitábamos un plan de emergencia.

—Qué exagerados son.

Cleo niega con la cabeza mientras sonríe.

—Lo dices como si no hubieras intentado convencernos de que era una receta secreta.

—Porque lo era.

—Era café quemado.

Luna se ríe desde el otro lado.

—Nunca pensé que vería a alguien defender tanto una bebida.

—Gracias por creer en mí.

—No dije eso.

El caos habitual.

Eso somos nosotros.

Jean haciendo cualquier cosa para llamar la atención, Mateo intentando mantener algo de sentido común, Cleo observando todo como si ya supiera lo que va a pasar y Luna disfrutando cada segundo del desastre.




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