Citus

Los secretos que nadie nos dijo

Citus el reino del eterno otoño y de los dioses caídos.

Existen historias, rumores y leyendas que abundan en el mundo.

Reinos donde se dice que las esperanzas se sepultan por coacción de otros que no habitan el mundo.

Los rayos del sol ardiente son un recuerdo de una batalla olvidada sobre un cielo de un reino caído.

Las hojas naranjas, rojas y amarillas abundan el suelo de la calle pavimentada en piedra.

Una que abunda en Citus.

Granito.

Los pocos transeúntes que me encuentro en mi camino visten los colores del otoño. Y es curioso que pese al tiempo no se aburran de esos colores.

A diferencia de mi que uso colores terrosos.

Cada reino tenia un color para si, uno que a su vez define su estación.

Akran era el reino de los días soleados y del eterno verano, dicen que allí existen mares de arena con un sol que es capaz de quemarte hasta secar cada gota de agua en tu cuerpo. Dicen que todo el año hay fiestas, la gente es feliz.

Weston el reino de la primavera eterna, su temperatura ideal para sus habitantes, cuyas flores de todo tipo son abundantes.

Sáarhat el reino de los fríos invernales con nieves que son capaces de enterrar vivo a alguien, su eterno invierno le precede, con montañas gigantes y bloques glaciales.

Su gente es igual de dura que su habitad.

Y por último y no menos importante.

Citus el reino del eterno otoño, un lugar donde sus calles estan llenas de estatuas y monumentos. Un arte difícil de adquirir.

Imposible de replicar, la marca y firma de cada artista.

Citus tenia algo que lo hacia enigmático, diferente, atrayente, avivaba la curiosidad de los habitantes de los demas reinos.

Quizás se deba a nuestra historia.

O a nuestras estatuas.

O que fuimos y somos la ciudad de los dioses caídos.

Eleve mis ojos con lentitud hasta el cielo cuyas nubes pesadas evitaban el paso de los rayos del sol.

«Es momento de volver, antes de que sea...tarde».

"Dicen que existió una encarnación que invirtió los papeles en el mundo, ella libró a la humanidad de la existencia de los dioses".

Esa era la historia mas recurrente contada por los habitantes de Citus.

Una que se sabe de memoria.

Una que no le genera ni una sola pizca de curiosidad

«No existen los dioses».

La idea de aquellos dioses se le hace la misma imagen de niños caprichosos que no sabian aceptar que una creación fuese mejor que ellos.

Me detuve frente a la entrada del bosque, el camino largo y ancho adosado a cada lado del camino en hileras estatuas.

Diferentes formas.

Posiciones.

La hoja roja crujio bajo la suela de mi bota, el aire pesado llenaba mis pulmones, me sentia adormecida.

Entonces di el siguiente paso sin dudarlo, el unico sonido que lleno mis oidos fue el de las hojas crujiendo bajo mi peso.

Y ahi lo noté, como una mente que vive perdida en la abstracción de lo efímero. Suspendidas en el aire como pequeñas perlas inmaculadas y traslúcidas de alta calidad.

Mi entrecejo se frunció levemente tocando con la punta de mi dedo la pequeña gota de lluvia atrapada en el tiempo se deshizo con el calor de mi piel.

Y ahí, en ese lugar olvidado por los dioses.

El bosque de los olvidados.

Fuera del camino, habia una estatua de granito, la de un hombre joven de músculos esculpidos con atención medida, sus ojos cerrados.

La mano izquierda se encontraba estirada hacia el frente, como si su último acto hubiese sido rogando piedad.

Una que nunca se le concedió.

Curiosa pase atraves de una estatua cuyo rostro estaba entre sus manos lamentándose hasta llegar a esa nueva estatua.

«¿Quién la hizo?»

A fin de cuentas no vio a un artesano salir del bosque.

Es mas, nunca habia visto a un artesano esculpir una escultura.

Estas aparecian de la nada.

Eleve mis manos hacia él y con la suavidad de quien toca algo delicado toque su rostro.

Un grito abandonó mis labios cuando aquella estatua abrio los ojos atrapando en un movimiento veloz mis muñecas entre sus dedos de granito.

La historia cobró vida.

Los temores se hicieron realidad.

Sus ojos se enfocaron en los mios, analizando cada facción de mi rostro hasta que aquellos ojos de piedra adquirieron color.

El dorado se hizo notorio en sus ojos cuya puerta al alma me demostró que el no poseía una.

Su cabello se torno como finas hebras del color del otoño.

El miedo fue sustituido por algo mas feroz y antiguo, un fuego dormido que amenazaba con quemar el bosque de los olvidados.

Citus tenía leyendas viviendo entre sus calles, algo que ningún otro reino poseía.

Quizás por eso la paz no había sido interrumpida, una que hasta el momento ha durado más de cien siglos.

Hay una advertencia de un recordatorio dicho frente a una chimenea, a una yo de cinco años.

"Cuidado con los dioses caídos, pues estos pueden arrebatarte la humanidad y volverte una estatua en el jardín"

Tire de mis muñecas en un agarre tan fuerte que el sólo movimiento me provoca dolor.

—Suéltame—ordene con la voz tan firme como me era posible.

Aquella estatua que poco a poco cobraba vida ladeo el rostro como sino entendiera porque luchaba por alejarme.

Cuando mis dedos empezaban lentamente a convertirse en piedra, en la misma de la que estan hechas las calles. Mientras que los suyos se volvía de carne y hueso.

O las estatuas.

Cuyo recordatorio pesa sobre mi conciencia como un peso capaz de hundirme sino me lo saco de encima.

En un impulso empujé su cuerpo con toda las fuerzas que poseía y al haberme soltado de su agarre mi piel volvió a la normalidad.

Ojos de oro frió me devolvieron la mirada, ante toda lógica se levantó.

"Las estatuas caminan en la noche Antamar, ten cuidado con ellas"

—Creación ¿Cómo te atreves?—su voz fue un rugido tosco por las cuerdas que no eran del todo hábiles.




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