Ciudad Arcadia - Felicidad o Libertad

Mi infancia en Arcadia

Nunca he sabido si la felicidad de la infancia es real o si la memoria, con el paso de los años, la va dorando como el sol de la tarde sobre los campos de trigo. Arcadia era, para mí, el mundo entero. No había nada más allá, ni siquiera en los sueños. Las casas alineadas, los jardines cuidados, las voces de las madres llamando a sus hijos al caer la tarde: todo parecía formar parte de un orden natural, inmutable, como si la vida fuera a ser siempre así de sencilla.

Mi madre solía decir que éramos afortunados. “Aquí estamos a salvo”, repetía, mientras me peinaba el cabello frente al espejo. Yo asentía, sin comprender del todo de qué nos protegía Arcadia. A veces, en las noches de verano, escuchaba a los adultos hablar en voz baja sobre el mundo exterior, ese lugar lleno de peligros y tentaciones, del que solo nos llegaban rumores distorsionados. Pero para mí, el mundo era la plaza central, el olor a pan recién hecho, y las carreras con Gab (Gabriel) por los caminos de tierra.

Él y yo no vivíamos cerca precisamente. Su casa estaba a algunas manzanas de la mía, en una de las mejores zonas de la ciudad. Su familia vivía en los chalets de la llamada “segunda fase”, que eran los mejores de todos, después de los de la Junta Directiva, claro está, que eran los de la primera fase.

Pero a pesar de no vivir cerca, nos conocimos al coincidir juntos en el mismo pupitre desde Primaria. En efecto, nuestros apellidos eran parecidos y el orden alfabético por el que nos colocaban hicieron que siempre estuviéramos juntos el uno al otro (creo que con la única excepción de un par de cursos).

El caso es que siempre venía a buscarme para jugar juntos, pues sabía que yo siempre estaba en el “descampado”, es decir, un gran espacio diáfano que se ubicaba frente a la laguna, a pocos metros de mi casa. Allí pasaba yo las tardes de verano, las de primavera, las de otoño, y algunas de invierno, cuando el tiempo lo permitía. ¡Ah! Y los fines de semana, y las vacaciones… En realidad, allí pasaba la mayor parte de mi vida, de mi infancia, junto a mis hermanos y hermanas y los hijos de mis vecinos, y junto a las niñas que eran de mi edad o poco más o menos.

Me vienen a la memoria aquellas larguísimas tardes de junio, nada más terminar las clases, donde el descampado era un hervidero de niños de todas las edades. Parece que estoy viendo ahora mismo, cerca de la orilla de la laguna, cómo jugaban al fútbol un grupo de siete u ocho chavales, mientras un poco más allá otros tantos habían allanado tierra para jugar a carreras con las chapas de las botellas. Algunas niñas también se unían a los chicos, aunque lo normal es que nosotras tuviéramos nuestros propios juegos: la comba, las gomas, la rayuela… o las muñecas y cocinitas, que daban mucho de sí.

En fin, grupos como estos y de todas las edades se sucedían por todo el descampado, jugando con las peonzas, con los carricoches de madera, o con pelotas y balones de todos los tamaños en lo que se podía llamar un sucedáneo del beisbol, del voleibol o del baloncesto. Realmente, no necesitábamos una red ni una canasta para jugar a esas cosas. Simplemente nos la imaginábamos, o acordábamos un punto en la corteza de un árbol como canasta o sitio donde tener que golpear con la pelota.

¡Cuánto nos reíamos! Todas las tardes las pasábamos corriendo, y los chicos, los que más. En verano nos bebíamos litros y litros de agua y estábamos todos delgadísimos de tanto correr. Creo que si me hubiera puesto a contar cuantas millas hacíamos a diario, seguramente me saldrían más de las que hace cualquier otro niño del mundo exterior en un solo año. ¡Así están ellos de gordos!

Igualmente, si me pongo a contar cuántos niños y niñas estábamos en aquel descampado una tarde cualquiera de junio o julio, estoy segura de que me saldrían más de ciento cincuenta o doscientos, sin exagerar. Y con escasa o nula presencia de adultos, que conste.

Nada que ver con el descampado que estaba cerca de la casa de Gab. Además de ser más pequeño, no tenía laguna, y no solía estar tan frecuentado. Lo habían ocupado “los mayores”, esto es, los que se podrían llamar adolescentes en esa época. Sí, también había niños, pues estos eran numerosísimos en Arcadia. Pero mi compañero de pupitre no era bienvenido en su grupo, y acudía al mío, donde al menos, me conocía a mí. Aunque en realidad no era solo por eso, como luego contaré.

Yo siempre fui una niña buena y obediente que jamás dio problemas a sus padres ni a sus maestros. Bueno, excepto una vez, ya de mayor, que les hice una faena bien gorda como luego contaré también. Nada que ver con alguno de mis hermanos, especialmente Henry, que no era, ni bueno ni obediente. A este le llovieron los azotes, las collejas, los capones y las bofetadas por doquier, tanto por sus maestros como por mis padres.

La vida en Arcadia tenía sus rutinas. Por las mañanas, la escuela, donde nos enseñaban cómo era el mundo y donde perfeccionábamos el esperanto, que era el idioma que hablábamos entre nosotros, el que se hablaba en Arcadia y en nuestra casa. Bueno, excepto cuando mis padres discutían entre sí.

Por las tardes, los talleres: costura, carpintería, huerto... Todo estaba pensado para que aprendiéramos a ser autosuficientes, para que no añoráramos nada de fuera. A veces, sin embargo, sentía una punzada de curiosidad, una inquietud que no sabía nombrar. ¿Sería verdad que más allá de los límites de Arcadia había ciudades enormes, luces de neón, gente que vivía de otra manera? Me lo preguntaba en silencio, porque en Arcadia las preguntas incómodas no estaban bien vistas.

Recuerdo especialmente a Rose Mary Hip, la presidenta de la Junta. Era una mujer elegante, siempre vestida con colores claros, que inspiraba respeto y cierta distancia. Cuando pasaba por la plaza, todos bajábamos la voz. Decían que era bondadosa, pero yo la veía más bien triste, como si llevara sobre los hombros un peso invisible. A su lado, Robert Bennett, el Administrador, era otra cosa: su presencia imponía, y aunque sonreía, sus ojos nunca reían. Mi madre decía que era un hombre de mundo, y que gracias a él Arcadia funcionaba como un reloj. Yo, sin embargo, sentía un escalofrío cada vez que me cruzaba con él.



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En el texto hay: miedo, amor, frustracion

Editado: 30.03.2026

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