Ciudad Arcadia - Felicidad o Libertad

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Proyecto Arcadia. Reunión de seguimiento número 29.

Robert Bennett había llegado el primero. El silencio del edificio, apenas roto por el zumbido lejano de las excavadoras, le resultaba reconfortante. Era un hombre cercano a los cuarenta, alto, de complexión firme, con el cabello moreno engominado y peinado hacia atrás, donde ya asomaban algunas canas que parecían subrayar su autoridad. Vestía un traje impecable, con chaleco, confeccionado con telas de la mejor calidad; nunca se lo quitaba, ni en invierno ni en verano. Solo variaba el color: tonos más claros cuando el calor apretaba.

Desde que se terminó la construcción del edificio que albergaba las reuniones de la Junta Directiva, le gustaba llegar antes y contemplar, desde la amplia cristalera, la marcha de las obras. El ventanal ofrecía una vista privilegiada: el edificio se erguía sobre un promontorio dominando la llanura, donde docenas de excavadoras y un ejército de obreros se movían como hormigas diligentes. Algunos alisaban la tierra, otros excavaban para cimentar los chalets, mientras otros trazaban zanjas para las conducciones de agua, cables y alcantarillado. El ruido metálico de las máquinas llegaba amortiguado, mezclado con el olor a tierra removida.

La ciudad iba tomando forma poco a poco. De hecho, las familias que constituían la Junta ya vivían en Arcadia, en la primera y más exclusiva fase de chalets: auténticas mansiones que parecían sacadas de un catálogo de lujo.

«Dios, cuánto dinero tenía el tío Rosendo», pensó Bennett, con una mezcla de admiración y nostalgia, «para acometer esta obra tan faraónica…». Se refería al difunto Rosendo Hip, el impulsor y mecenas, el ideólogo de Arcadia.

Estaba absorto en sus pensamientos cuando escuchó pasos firmes en el pasillo. Jorge Zaldívar apareció en la puerta. Era algo mayor que Bennett, de origen vasco, un poco grueso y calvo, con el rostro curtido, y una mirada que siempre parecía evaluar el terreno antes de hablar.

—¿Qué tal, Bob? —saludó con voz grave.

—Bien, contemplando las obras —respondió Bennett sin girarse, con las manos en los bolsillos del chaleco—. Oye, ¿cómo van esas solicitudes?

Zaldívar soltó un resoplido y se acercó, apoyando una mano en el respaldo de una silla.

—Natalia está desbordada. Me ha dicho que no va a hacer más entrevistas hasta el mes que viene. Yo creo que el pobre Rosendo nunca se imaginó que íbamos a recibir tantas.

Bennett se volvió lentamente, arqueando una ceja.

—¿Qué va a dejar de hacer entrevistas? ¿Por qué? No me ha dicho nada… ¿Es que ha hablado con Rose?

—Sí, ha hablado con ella. Le ha dicho lo mismo: que se tome un descanso.

El gesto de Bennett se endureció. En el fondo le molestaba que Natalia hubiera tomado esa decisión sin consultarle. Él, Robert Bennett, era el Administrador, su jefe. No debía haber hablado directamente con la presidenta.

—Joder —continuó Zaldívar, cruzando los brazos—, vamos a tener que crear un comité de admisión o algo así, porque ella ya no puede abordar este asunto sola. Le sobrepasa.

—Sí, puede ser —admitió Bennett tras unos segundos de silencio—. Reúnete con ella y buscad a algún candidato que también tenga experiencia en selección de personal, y que comience a hacer entrevistas ya.

—¿A algún candidato? ¿Te refieres a alguna familia de las que han presentado la solicitud?

—Sí. ¿A quién si no? En Arcadia no puede estar involucrado nadie que no viva aquí.

—Vale, y… ¿dónde los alojamos? ¿Eh?

—La segunda fase está casi terminada. Faltan algunos detalles, pero las casas están disponibles con lo básico para vivir.

—Ya, pero todavía no tenemos escuela, y…

—La tendremos en cuanto venga la gente. En algún momento hay que empezar, ¿no?

—Sí, claro.

Bennett se acercó y le puso una mano en el hombro, mirándolo con firmeza.

—Mira, Jorge. Hay mucho trabajo que hacer y esos problemillas de Natalia son solo una muestra. Y los problemas los tenemos que resolver entre nosotros. No podemos esperar a que nos los resuelvan desde fuera. Así que hazlo, por favor. Dile a Natalia…

—No. Díselo tú. Mira, acaba de llegar.

Ambos giraron la cabeza. Natalia entraba en la sala con paso rápido, sujetando una carpeta contra el pecho. Era una mujer de unos treinta años, rubia, con el cabello recogido en un moño práctico, vestida con sencillez pero con elegancia natural. Tenía dos hijos y no era miembro de la Junta, aunque vivía en uno de los chalets de la segunda fase, uno ya terminado. Había sido directora de Recursos Humanos en una multinacional propiedad del difunto Rosendo Hip, y persona de confianza de este. Junto a su marido Xavier, fue de las primeras familias en sumarse al proyecto Arcadia.

—Buenos días —dijo, con voz firme.

—Hola, Natalia —saludó Bennett, suavizando el tono—. ¿Qué tal sigue Xavier?

—Se ha quedado con los chicos.

—Ya, supongo. Me refiero… ¿qué tal sigue con los obreros?

—No puede estar mucho con ellos. Todavía sigue recuperándose del accidente.

—¿Todavía? —preguntó Zaldívar, frunciendo el ceño—. Yo pensé que ya se había recuperado…



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En el texto hay: miedo, amor, frustracion

Editado: 17.04.2026

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