Ciudad Arcadia - Felicidad o Libertad

Mi adolescencia

a adolescencia llegó a Arcadia como una tormenta silenciosa. Nadie hablaba de ella, pero todos la sentíamos. Era como si el aire se volviera más denso, como si las paredes de las casas se estrecharan y los caminos se hicieran más largos. De pronto, los juegos de la infancia dejaron de tener sentido, y las tardes se llenaron de conversaciones susurradas, de miradas furtivas y de preguntas que no sabíamos cómo formular.

Fue una época de descubrimientos y de pérdidas. Aprendí que la felicidad de la infancia era solo una ilusión, y que el mundo estaba lleno de preguntas sin respuesta.

La escuela se volvió un lugar extraño. Los profesores repetían los mismos discursos sobre los peligros del mundo exterior, sobre la importancia de los valores y la pureza. Pero nosotros, los adolescentes, empezábamos a notar las grietas en ese discurso. Algunos compañeros susurraban historias sobre familias expulsadas, sobre sanciones y castigos. Otros hablaban de libros prohibidos, de música que nunca habíamos escuchado. El deseo de saber más se mezclaba con el miedo a ser descubiertos.

Fue en esa época cuando Rose Mary Hip empezó a visitarnos más a menudo en la escuela. Su presencia era siempre solemne, pero yo notaba en sus ojos una sombra de preocupación. Nos hablaba de la misión de Arcadia, de la responsabilidad que teníamos como jóvenes. Pero sus palabras, que antes me parecían llenas de sentido, empezaron a sonar vacías. Robert Bennett, por su parte, se mostraba cada vez más agrio y distante, y su mirada, fría. Algunos pensaban que tenía espías entre los alumnos, que nada escapaba a su control.

En medio de todo, mi cuerpo también cambiaba. Mis pechos se desarrollaron bastante, quizá demasiado, y eso hizo que todos los chicos se fijaran en mí más que nunca. Empecé a notar las miradas de todos ellos, los comentarios velados, las comparaciones. Me sentía incómoda en mi propia piel, como si de pronto fuera visible de una manera nueva y extraña.

También fue en esa época cuando apareció Ron en mi vida. Yo ya lo conocía de antes, porque en Arcadia se conoce todo el mundo. Pero hasta entonces no era más que un chico más, uno de los que iban dos cursos por delante. Tenía una energía inagotable y una sonrisa desafiante, de esas que parecen retar al universo. Su rebeldía, que antes era solo travesura, se volvió desafío. Ya no le bastaba con ganar las carreras o saltar la valla más alta; ahora quería saber qué había más allá de los límites de Arcadia. “¿Nunca te has preguntado por qué no podemos salir?”, me decía, con esa chispa en los ojos que siempre me inquietaba. Yo le respondía con evasivas, pero en el fondo, sus preguntas empezaban a resonar en mí.

Gab, en cambio, era el polo opuesto: callado, observador, siempre dispuesto a ayudar, pero incapaz de levantar la voz. Parecía aferrarse a la seguridad de lo conocido. Se volvía más callado cada día, como si temiera que cualquier palabra pudiera romper el frágil equilibrio de nuestras vidas.

Con el tiempo fui notando que Gab me miraba de una forma distinta, como si esperara algo de mí que yo no podía darle. Me miraba con una ternura que a veces me dolía, y Ron, con una intensidad que me hacía temblar.

A veces, cuando Ron y yo discutíamos sobre el mundo exterior, Gab se limitaba a mirar al suelo, apretando los puños. Yo intuía que sufría, pero no sabía cómo ayudarlo. Su cariño por mí era cada vez más evidente, y aunque intentaba no herirle, sentía que la distancia entre nosotros crecía con cada día que pasaba. La misma distancia que me separaba de Gab, era la que me acercaba a Ron. Aunque en realidad, yo no sabía qué querían, ni quién era yo realmente. Solo sabía que algo estaba a punto de romperse.



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En el texto hay: miedo, amor, frustracion

Editado: 17.04.2026

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