Ciudad Arcadia - Felicidad o Libertad

Proyectando la ciudad

Proyecto Arcadia. Reunión de seguimiento número 36.

Ĉu vi vidas? Ĝi ne estis tiel malfacila finfine. [¿Veis como no era tan difícil?]

Vi pravis, Bob Mi jam kutimiĝis al ĝi kaj ĝi venas nature al mi. [Tenías razón, Bob. Yo ya lo he cogido como costumbre y me sale solo].

Por esti membro de Arcadia, oni bezonas altan intelektan kvocienton. Lerni lingvojn ne estas tiel malfacile. [Para ser ciudadano de Arcadia, hay que tener un cociente intelectual alto. No es tan difícil aprender idiomas].

Kaj la sama afero okazas kun niaj infanoj; ili jam parolas ilin pli bone ol ni.[ Y a nuestros hijos les está pasando lo mismo; ellos ya lo hablan mejor que nosotros].

Nu, kelkaj el la pli aĝaj trovas ĝin pli malfacila. [Bueno, eso algunos. A los mayores les está costando más].

—Ĝi estas pura ribelo, Claudia; fine, ili estos kiel ni. [Es pura rebeldía, Claudia. Al final les pasará como a nosotros].

—Do, kio estas en la tagordo? [Bueno, ¿cuál es el orden del día?]

Los miembros de la Junta Directiva habían sido elegidos cuidadosamente por el difunto Rosendo Hip. Muchos eran amigos personales, hombres y mujeres que habían compartido con él cenas, proyectos y confidencias. Todos habían contribuido financieramente al sueño que ahora se levantaba sobre la llanura. Arcadia no era solo un proyecto urbanístico: era una promesa, una fortaleza contra la perversión del mundo exterior.

Uno de los requisitos esenciales para los candidatos seleccionados por Natalia Peman, la directora del Comité de Admisión, era poseer un alto coeficiente intelectual, demostrado mediante rigurosas pruebas psicotécnicas. Rosendo había insistido en ello: “No quiero mediocres en mi ciudad. Quiero mentes que comprendan, que construyan, que sostengan la visión que vamos a crear. Solo los inteligentes son capaces de entender el verdadero valor de las cosas”. Y ahora, en aquella sala revestida de madera noble, la élite de esas mentes debatía sobre el futuro.

Bennett se inclinó hacia delante, con los codos sobre la mesa y las manos entrelazadas. Sentía el peso del legado sobre sus hombros, pero también el de una ambición desmedida. Su mirada recorrió los rostros expectantes, algunos tensos, otros distraídos, y finalmente habló:

—Tenemos que tratar sobre los suministros. A ver qué podemos hacer para no tener que depender de terceros. Para ser autosuficientes.

Rose Mary Hip, sentada en la cabecera, levantó la vista de sus notas. Su gesto era sereno, pero en el fondo bullía la duda: ¿hasta dónde debía llegar la obsesión por el aislamiento? ¿Hasta qué punto se podía tensar la cuerda sin que se rompiera?

—¿Hasta qué punto es necesaria la autosuficiencia, Bob? —preguntó con voz firme—. En realidad, las compañías locales o estatales de suministros estarían encantadas de tener nuevos clientes. ¿No es así? Y en caso de problemas, bastaría con cambiar de compañía.

Bennett la miró con una mezcla de respeto y obstinación. Recordó las conversaciones con Rosendo, aquellas noches en que el fundador hablaba del mundo exterior como un pantano tóxico. Su voz salió grave, cargada de convicción:

—Ese tema ya lo traté con tu padre, Rose. Antes de que falleciera, claro.

Ella asintió, con un leve movimiento de cabeza.

—Lo sé. Pero no recuerdo por qué optasteis por esta solución. Creo que la alternativa de la autosuficiencia es también problemática.

—¡Claro que lo es! —Bennett golpeó suavemente la mesa con la yema de los dedos, un gesto que delató su tensión—. Y por eso convoqué esta reunión de la Junta. Para decidir qué hacemos.

Zaldívar, siempre directo, se inclinó hacia él.

—¿Estás encontrando algún problema con el que no contabas, Bob?

—Lo que me estoy encontrando son movimientos hacia el monopolio. Y eso es lo que me preocupa.

—A ver, explícate.

Bennett se acomodó en la silla, respiró hondo. Sabía que cada palabra debía sonar como un argumento, no como un miedo.

—Lo que dice Rose sería lo más sencillo y económico. Al menos a corto plazo. Me refiero a contratar a compañías locales. Los pagos se acumulan y con la inflación, el dinero de Rosendo se va depreciando —y el de los demás—, aunque no se gaste.

Claudia, con su habitual tono analítico, intervino:

—No comparto contigo esa visión. Lo más económico sería gastar el dinero cuanto antes, ahora que lo tenemos, y no esperar a pagar suministros a terceros durante toda la vida con un dinero que quizá ya no tengamos.

—Desde el punto de vista económico estás en lo cierto. Pero no es así desde el punto de vista financiero.

—¿No es lo mismo? —preguntó otro miembro, con gesto confundido.

—No. Gran parte del legado de Rosendo se ha invertido en bonos a largo plazo. Y sacarlos ahora para acometer una inversión en infraestructuras nos supondría un agujero quizás dentro de diez o veinte años.

—Ah, ya. El tema de los intereses.

—Así es.

Rose apoyó el mentón en la mano, pensativa. Sentía la presión de cada cifra como un recordatorio cruel: el dinero no era infinito, y la utopía tampoco.



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En el texto hay: miedo, amor, frustracion

Editado: 17.04.2026

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