Ciudad Arcadia - Felicidad o Libertad

La pandilla

Pero no solo eran los cambios físicos u hormonales los que se producían en nuestra adolescencia. Porque lo cierto es que en Arcadia todos los niños a partir de los 14 años trabajábamos. Bueno, trabajábamos y estudiábamos porque a partir de esa edad los profesores ya no nos daban clases de matemáticas, religión, esperanto, ciencias naturales o biología. Desde esa edad, lo que estudiamos por las mañanas era formación profesional y por las tardes poníamos en práctica lo que habíamos estudiado por la mañana, ayudando a los adultos en su trabajo.

Yo tuve mucha suerte y pude trabajar en lo que más me gustaba, que era la producción audiovisual. En Arcadia se rodaban cantidad de series y de películas, y para ello había quien se dedicaba al arte dramático y eran actores o actrices en todas esas series. Pero claro, luego todo eso había que montarlo. Había que editarlo. Había que añadir subtítulos, sincronizar el audio… era un trabajo bastante intenso y que llevaba muchas horas. Y para eso me instruía por las mañanas, para conocer todos los secretos de la luz, y cómo esta se plasmaba en las cintas magnéticas. Como digo, era un trabajo muy codiciado y no todos accedían a él. Muchos amigos míos acababan trabajando en las fábricas, en el campo o en la construcción, que era realmente donde más mano de obras se necesitaba.

En Arcadia nadie estaba ocioso porque había mucho trabajo que hacer, en ese esfuerzo constante por ser autosuficientes. Siempre faltaban manos para la cantidad de cosas que había que realizar y las múltiples profesiones: la fábrica de telas, la fábrica de papel, la fundición, la imprenta, la depuradora, la planta de reciclaje, la planta de biocombustible, el hospital, el laboratorio… Yo creo que esa era la razón por la que los adolescentes trabajábamos, aunque los adultos insistían en que era una forma de valorar lo que teníamos, lo que cuestan las cosas y de labrarse un porvenir.

Casi desde primaria, todos los niños éramos cuidadosamente seleccionados para identificar cuáles eran nuestras mejores aptitudes y orientarnos en una u otra profesión.

Mi madre siempre me decía que en Arcadia estábamos las personas más inteligentes del planeta, y era verdad. Natalia, la madre de Gab, se encargó de seleccionar para venir aquí a los mejores, y por eso el resto del mundo nos tenía envidia y había que protegerse de ellos. Los “exteriores”, nos decían, eran malos, zafios, sucios y pervertidos, y minimizar nuestro contacto con esas personas era una cuestión de vida o muerte, de mera supervivencia.

Por eso se hizo tanto ahínco en el desarrollo del laboratorio. Era una planta de investigación al más alto nivel, donde las personas más inteligentes de Arcadia trabajaban sin descanso para conseguir desarrollar internamente las materias primas de las que carecíamos. Y lo cierto es que se consiguió. Un hermano de Zaldívar, que era uno de los jefes de la ciudad, logró obtener plásticos y caucho sintético a partir de residuos orgánicos, y ya se había avanzado muchísimo en la mejora de las baterías que usábamos para almacenar energía cuando no había viento o sol. Todo era para limitar al máximo nuestra dependencia energética con el mundo exterior, y así no tener que interaccionar con esos envidiosos que solo deseaban nuestro mal.

Yo estuve a punto de entrar en el laboratorio, y hubiera terminado investigando con los adultos. Mi madre decía que yo era listísima, la persona más inteligente que ella conocía. Pero claro, en Arcadia éramos muchos, tanto o más inteligentes que yo, y finalmente me quedé sin la plaza. Pero no me importó lo más mínimo. La producción audiovisual me apasionaba, y, francamente, me lo pasaba mejor en el Estudio. Me lo pasaba mejor que la mayoría de mis amigas, que acababan siendo costureras, zapateras, o incluso trabajando con los chicos en los establos o en el campo. Estas estaban deseando casarse porque al tener hijos, la mujer podía elegir entre si quería seguir trabajando o bien dedicarse a la maternidad. Obviamente, todas elegían lo segundo.

Ron acabó dedicándose a las tareas agrícolas y ganaderas. Realmente eso era donde más mano de obra se necesitaba, pues Arcadia era una ciudad grande y todos sus habitantes necesitaban comer todos los días. Estar en los establos con los animales no era muy agradable, y yo creo que por eso estaba tan quemado y quería largarse.

Mejor suerte corrió Gab. Como era hijo de Natalia Peman, que era una de las mujeres más importantes de Arcadia, mi amigo terminó trabajando como técnico de mantenimiento, algo muy en consonancia con el empleo de su padre, Xavier, que era el jefe de ingenieros de la ciudad.

La adolescencia es también la época de las pandillas, y en la nuestra éramos cinco. Bueno, en realidad éramos más, con chicos y chicas que entraban o salían o que cambiaban de grupo para juntarse con otros. Por no hablar de los novios, claro. En cuanto que un chico y una chica se enamoraban, lo habitual era que abandonaran la pandilla y se dedicaran a conocerse mejor, a estar solos, y, a darse algún beso o achuchón de forma furtiva. Algo que, por supuesto, nos prohibían nuestros padres, claro. Pero era muy difícil detener los impulsos naturales de los adolescentes, y la geografía de Arcadia favorecía esos encuentros prohibidos.

Además de los campos, las eras, los graneros y las instalaciones de todo tipo, también teníamos un bosque en el perímetro de la ciudad, aunque cada vez era más pequeño. Cada vez se deforestaba más, pues cada vez era más necesario el espacio para construir nuevas viviendas; no solo para dar cabida a las nuevas familias que se iban formando, sino también para albergar a todos los que seguían interesados en venir a Arcadia en busca de la felicidad.



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En el texto hay: miedo, amor, frustracion

Editado: 17.04.2026

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