Ciudad Arcadia - Felicidad o Libertad

La televisión

Proyecto Arcadia. Reunión de seguimiento número 52.

La ciudad iba tomando forma, y cada semana se veían más luces encendidas al anochecer. Los camiones ya no entraban solo con hormigón y vigas; ahora traían panes, medicinas, colchones, ropa de trabajo. Arcadia respiraba. Todo comenzaba a funcionar, poco a poco, y la Junta se reunía cada vez menos para tratar asuntos estratégicos y más para cuestiones del día a día. Aun así, los temas de fondo seguían suscitando el interés de sus directivos, al ver las experiencias de la puesta en práctica del ambicioso proyecto de Rosendo Hip.

La sala de reuniones, amplia y de líneas sobrias, conservaba el olor a madera y a tinta fresca. De nuevo se habían reunido todos sus miembros, y esta vez también asistía Natalia Peman.

—¿El siguiente punto del orden del día? —dijo la presidenta, levantando la vista.

Tras debatir cuestiones menores que se resolvieron con asentimientos, pequeñas objeciones y firmas, llegó el momento que todos esperaban para debatir un asunto que suscitaba no pocas opiniones encontradas.

Bennett pasó una hoja con un roce seco y comenzó a hablar.

—Se trata de la televisión, y por eso ha venido Natalia. Como psicóloga y pedagoga, nos encantará escuchar su opinión respecto a este asunto. Puedes empezar cuando quieras —la miró.

Natalia se aclaró la garganta y arrimó la silla a la gran mesa de la Junta. Su chaqueta azul con hombreras contrastaba con la blusa gris perla; su cabellera rubia, cuidadosamente peinada, le confería una sofisticación que imponía respeto. Se tomó un segundo más, mirando a cada uno como si midiera la permeabilidad de sus conciencias.

—Gracias, Bob. En primer lugar, agradecer a la presidenta que me considerara para expresar mi opinión.

—Nada que agradecer, Natalia —respondió Rose, con una sonrisa breve—. Somos nosotros quienes te lo agradecemos a ti.

—Gracias por agradecer, pues. —Una pequeña sonrisa se le escapó por la comisura de la boca, que se disolvió rápido, como si temiera que desarmara su mensaje—. En primer lugar, quiero deciros que no soy partidaria de la televisión.

El leve zumbido del aire acondicionado pareció subir un punto. Zaldívar se acomodó, entre curioso y en guardia.

—¿Por qué?

—Considero que es perjudicial para nuestros propósitos.

Se hizo un silencio que ella prolongó deliberadamente. Escuchó su propia respiración y el tic tac amortiguado del gran reloj de principios del siglo XX que presidía una de aquellas paredes.

—Veréis: si consideramos que la sociedad del pasado —la sociedad preindustrial— fue aquella en la que las familias eran más felices, debemos imitarla en los aspectos clave que garantizaban esa misma felicidad. Por supuesto, no se trata de volver a aquellos tiempos —matizó, al observar la cara de algunos asistentes—. Obviamente, no podemos quedarnos sin sanidad, por ejemplo, ni sin otras comodidades de la revolución tecnológica —miró a Bennett—, como la utilización de esos aerogeneradores que se han instalado.

—¡Y qué funcionan de maravilla! —apuntó Zaldívar.

—Es decir —intervino la presidenta—, tu idea es quedarnos con lo bueno de aquella sociedad y con lo bueno de la actual y…

—Y rechazar lo malo de las dos. Exactamente, Rose.

—Bien —asintió la hija del fundador—. Me parece interesante, al menos como punto de partida.

Zaldívar, con las manos entrelazadas, flexionó los hombros.

—Y entonces, Natalia, ¿qué papel juega aquí la televisión? ¿Está entre las cosas buenas o entre las cosas malas?

—Entre las cosas malas —sentenció, sin titubeo.

Bennett levantó una mano, apaciguando el gesto:

—A ver. Está claro que la idea de construir Arcadia es, entre otras cosas, porque aborrecemos la televisión tal y como existe hoy en día. No nos gusta que nuestros hijos vean a mujeres erotizadas en anuncios y programas, o desnudas directamente. No nos gusta que se cosifique a las mujeres, ni la violencia, ni que…

—Ni que adoctrinen y manipulen a nuestros hijos desde el poder político y mediático —añadió Claudia, cruzando los brazos con decisión. En sus ojos había un brillo de combate ideológico que no se apagaba desde hacía años.

—Exactamente —continuó Bennett—. Obviamente, no propongo conectarnos al satélite estatal para ver esas porquerías. Mi propuesta es crear una televisión local, con contenidos “sanos”.

Zaldívar asintió despacio, tanteando el suelo antes del salto:

—Sí, te entiendo, Bob. Sería aprovechar lo bueno de la tecnología, pero emitiendo programación “de la buena”, ¿verdad? —Bennett asintió—. ¿Por qué te opones a eso, Natalia?

—Porque es adoctrinamiento.

Se produjo un murmullo. Algunas miradas buscaron a Rose; otras, la ventana, como si el paisaje ofreciera una salida.

—A ver, explícate —pidió la presidenta.

—Es muy sencillo. Si repudiamos la televisión de hoy porque adoctrina y manipula a los jóvenes, lo que no podemos hacer es lo mismo desde el otro lado. —Hizo una pausa, sintiendo el vértigo de estar sola en una línea—. Los hijos tienen que ser educados por los padres, no por terceros. No por los profesores ni por la televisión. Los maestros deben enseñar lo técnico, pero los valores los inculcan los padres. Además, la tele roba tiempo: horas que los niños podrían invertir en jugar entre ellos, en la calle o en el campo. En verse, en tocarse, en conocerse unos a otros.



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En el texto hay: miedo, amor, frustracion

Editado: 17.04.2026

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