No sé en qué momento exacto Ron dejó de ser solo mi amigo. Quizá fue una acumulación de miradas, de silencios compartidos, de tardes en las que el sol parecía ponerse más despacio solo para darnos tiempo. O tal vez fue una sola noche, una de esas en las que el aire de Arcadia se volvía tan denso que costaba respirar.
Los padres no solían poner pegas a los noviazgos. Antes al contrario, los veían como una forma de encauzar los instintos naturales de los adolescentes, y culminarlos, claro está, con el matrimonio. Tan solo la edad de los contrayentes era una limitación, y los enlaces no se producían, normalmente, hasta al menos alcanzar la edad de veinte años.
Pero sí que es cierto que si un chico y una chica ya eran novios “oficiales”, los padres de los dos solían extremar la vigilancia y ponían todos los ojos sobre ellos para que no hicieran “nada” antes de casarse. Y por eso Ron y yo, aunque teníamos esa atracción tan clara, procurábamos mantenerla de alguna manera en secreto, para no dar ningún paso en falso. A mí no me hubiera importado en absoluto declarar a los cuatro vientos que éramos novios, pero él prefería guardar esa cautela.
Y todo comenzó tiempo atrás, en otoño. Recuerdo que las hojas caían sobre los caminos y el viento traía consigo un olor a tierra húmeda y a promesas. Habíamos salido a pasear después de la cena, tras despedirnos de los otros miembros de la pandilla. Parecía una noche más como tantas otras, pero en esa ocasión Ron parecía más inquieto. Caminaba a mi lado con las manos en los bolsillos y la mirada fija en el horizonte, como si buscara algo que no estaba allí.
—¿Sabes qué pienso a veces? —me dijo, de pronto, rompiendo el silencio—. Que estamos perdiendo el tiempo aquí dentro. Que la vida de verdad está fuera, esperándonos.
No respondí. Me limité a mirar el cielo, donde las primeras estrellas asomaban tímidas entre las nubes. Sentí que algo en mi interior se removía, una mezcla de miedo y deseo.
—¿No te gustaría escapar, Liz? —insistió—. Irnos lejos, empezar de cero, sin que nadie nos dijera lo que está bien o lo que está mal. Así seríamos libres para hacer lo que nos diera la gana.
Me detuve. Él también se detuvo, y por un momento solo se escuchó el rumor del viento entre los árboles. Sentí su mirada sobre mí; una mirada intensa, casi dolorosa.
—Tengo miedo, Ron —admití, bajando la voz—. Aquí, al menos, sabemos a qué atenernos. Afuera… no sé.
Él dio un paso hacia mí. Pude ver en sus ojos una determinación que me asustaba y me atraía al mismo tiempo.
—No tienes que tener miedo si estás conmigo —susurró, acercándose más y estrechándome en sus brazos. Pero a pesar de sus palabras, yo me asusté. Y lo hice porque mi madre me había educado en el pudor. Era lo común en Arcadia, la castidad. Por eso yo no podía y no debía dar nunca el primer paso, aunque lo estuviera deseando con todas mis fuerzas. Y así fue él quien se acercó primero.
Solo recuerdo el calor de su aliento, el roce de su mano en mi mejilla, el temblor de mis propios labios. Y entonces, sin pensarlo, nos besamos. Fue un beso torpe, urgente, furtivo, incompleto, lleno de preguntas y de respuestas que no supe formular. Un beso que rompió algo dentro de mí, que me hizo sentir viva y vulnerable al mismo tiempo.
Cuando nos separamos, Ron sonrió, esa sonrisa suya que siempre parecía desafiar al mundo.
—¿Ves? No era tan difícil.
Yo no supe qué decir. Me sentí avergonzada y feliz, como si acabara de cruzar una frontera invisible. Caminamos de vuelta en silencio, pero algo había cambiado entre nosotros, sobre todo en mí. Lo supe por la forma en que me tomó de la mano, por la manera en que el mundo parecía distinto, más grande y más incierto.
Esa noche, al acostarme, no pude dormir. Repasé una y otra vez el momento del beso, el calor de sus labios, la promesa implícita en su abrazo. Sabía que nada volvería a ser igual. Y, aunque el miedo seguía ahí, sentí también una extraña esperanza, como si, por primera vez, el futuro estuviera realmente abierto ante mí.
Yo no sé si él sintió lo mismo. Ron, tan seguro de sí, tan valiente y capaz… probablemente no era la primera vez que besaba a una chica, y ese pensamiento me estremeció. Si ese era el caso —yo estaba segura de que sí—, eso podría significar que yo no tendría por qué ser la última. Y eso me hizo tomar la decisión subconsciente de hacer siempre todo lo que él me pidiera, todo lo que él quisiera, con tal de no perderlo. Con tal de no contrariarlo. Con tal de que yo fuera la última, y así poder estar siempre con él.
