Proyecto Arcadia. Reunión de seguimiento número 55
Rose Mary Hip pasó la hoja del pequeño cuaderno que le habían entregado antes de la reunión y alzó la vista hacia el resto de la mesa.
—¿El siguiente punto del orden del día?
Reacomodó las gafas, leyó el título y dejó escapar una sonrisa.
—Ah, sí. Los uniformes. —Miró a Bennett con un brillo irónico—. ¿De quién ha sido la idea, Bob? Entiendo que tuya no es, ¿verdad?
—¡Ya conocemos a nuestro Bob, eh, Rose! —soltó Zaldívar, inclinándose hacia delante.
—Sí, Jorge —asintió ella—. Claramente, no es su estilo.
Algunos miembros de la junta rieron por lo bajo, otros se limitaron a sonreír y asentir. Bennett se encogió de hombros con gesto calculadamente humilde.
—Sí, me conocéis bien —concedió—. Y confieso que cuando Claudia me lo comentó no me pareció mala idea. De hecho, me sorprendí a mí mismo pensando: “¿Cómo no se me ocurrió antes?”
Lo dijo con una sonrisa que le llegaba de oreja a oreja, intentando esconder la vanidad tras un barniz de modestia. Obviamente, nadie se lo creyó. Las risas se mezclaron con algunos abucheos afectuosos.
Cuando las carcajadas se apagaron, la presidenta retomó el hilo.
—Bueno, Claudia, puedes exponer tu idea. Intentaremos comprenderla y…
—Aprobarla, espero —remató ella con la misma sonrisa segura. Se aclaró la garganta, se acomodó en la silla y comenzó—: La idea del uniforme no es nueva. Ya se ha debatido en ocasiones anteriores, y quedó aprobada, por cierto.
—Sí, pero solo para los escolares —recordó uno de los miembros.
—En efecto —asintió—. Solo para los niños de Primaria. Pero esos niños están a punto de terminar la escuela elemental, pronto pasarán a Secundaria. Ha llegado el momento de sopesar si deben seguir llevando uniforme.
—Claro, Claudia —intervino Zaldívar—. El problema es que en Secundaria la cosa cambia. Esos niños… mejor dicho, muchachos ya… trabajan. Estudian y trabajan a la vez, en talleres, en laboratorio, en albañilería, fontanería y otros tantos oficios que…
—…que impiden tener un uniforme “escolar” como tal —completó ella con rapidez—. Sí, Jorge, eso también lo he previsto.
—¿Ah, sí? —Bennett arqueó las cejas, realmente intrigado.
—Sí. He traído unos modelos… —empezó a sacar unos dibujos de su carpeta.
Rose levantó la mano.
—Un momento. Antes de eso, quizá sea mejor que empieces por las razones para imponer esta forma de vestir.
—Tienes razón —Cedió Claudia, guardando de nuevo las hojas—. Bien. —Se aclaró la garganta otra vez—. Se trata de reforzar la cohesión del grupo, nuestros rasgos identitarios, que cada persona se reconozca como parte de algo más grande que sí misma.
—Es parecido a lo que conseguimos con la introducción del esperanto —apuntó Zaldívar—. ¿No?
—Gracias, Jorge —Claudia le dedicó una sonrisa—. Lo has dicho muy bien. Y yo añadiría que es lo mismo que ocurre en el ejército. Todos los militares llevan uniforme, sin importar el rango; solo se distinguen por las insignias que identifican su graduación.
—Espera, espera… —interrumpió un hombre mayor, apoyando las manos sobre la mesa—. ¿Quieres decir que todos vamos a vestir de uniforme? ¿Nosotros también?
Se hizo un silencio cargado de intención. Varios intercambiaron miradas, algunos con media sonrisa.
—Obviamente —respondió Bennett—. No tendría sentido que solo los chavales se vistieran así.
—Claro —remachó Zaldívar—. Imaginaos un ejército en el que solo los soldados vistieran de uniforme y los oficiales o los generales van de paisano. No tendría ninguna lógica.
—Ya… no puede ser —admitió el hombre.
—Exactamente —retomó Claudia, oliendo la oportunidad—. Y por eso he traído estos modelos —esta vez sí, comenzó a pasarlos de mano en mano—. Para que veáis que no son simples uniformes escolares.
—¡Menos mal! —exclamó alguien, arrancando algunas risas.
Los dibujos comenzaron a circular. Las mujeres se inclinaban sobre ellos, comentando detalles, señalando telas imaginarias, corte de las faldas, largura de las mangas. Los hombres, más contenidos, fruncían el ceño o asentían con gesto pensativo.
—Como veis —explicó Claudia—, hay diferencia entre los modelos escolares, los de los adultos y los monos de trabajo. Pero todos comparten una línea común. Yo diría… un mismo espíritu.
—Pues no sé dónde ves tú el “espíritu” —dijo una mujer—. A mí me parece que lo único que tienen en común son los colores.
—Sí —confirmó Rose—. Negro, gris y naranja. ¿Por qué esos?
Claudia se enderezó en la silla, como si esperara justo esa pregunta.
—El negro, que siempre está abajo, representa el adiós, el abandono de una cultura perversa y letal que ya hemos dejado atrás. Es el rechazo a la sociedad moderna que destruye a las personas, que las mata. Por eso es la base: el suelo desde el cual nos elevamos. Sobre ese pasado muerto se asienta el motivo por el que vinimos a Arcadia.
—Bien elegido —dijo Zaldívar, solemne.