Ciudad Arcadia - Felicidad o Libertad

Algo se está gestando

La adolescencia es la época de la rebeldía y del inconformismo, y casi ninguno de los jóvenes vestíamos ya el uniforme oficial de Arcadia. Algunos todavía lo llevaban en Secundaria, pero casi ninguno lo vestía a partir de los 16 años, cuando se acaba esta. Sin embargo, no era fácil encontrar una alternativa, pues en las tiendas solo se vendía el dichoso uniforme: un traje de pantalón negro, camisa naranja pálida y jersey con cuello o chaqueta gris para los hombres, y un vestido largo de dos piezas para las mujeres con los mismos tonos. ¡Un horror! Casi que eran más atractivos los monos de trabajo, que también lucían los mismos colores.

El caso es que todas las chicas habíamos aprendido a confeccionarnos nuestra propia ropa, y era rara la casa en la que no había una máquina de coser al efecto. Si bien a los chicos les era más indiferente, lo cierto es que el uniforme solo lo vestían las mujeres casadas, y no todas.

—¿Qué tal, Paul? ¿Dónde estabas? —preguntó Gab, con un tono que intentaba sonar casual, aunque sus manos seguían metidas en los bolsillos, como si escondiera algo más que frío.

Mi amigo era uno de los que siempre vestía el uniforme, en este caso su ropa de trabajo. Estuviera o no trabajando, siempre iba de la misma guisa: un pantalón de peto de color negro que se iba degradando a gris según subía hacia arriba, con los múltiples bolsillos para las herramientas de color naranja. Por debajo, una camiseta de algodón también naranja o un jersey más grueso del mismo tono cuando hacía frío.

—Estaba en casa, viendo la tele —respondió Paul, encogiéndose de hombros. Este también vestía el uniforme, aunque en su caso era el de salir.

—¿En serio? ¿Pero hay alguien que la vea? —comentó Ron, con una sonrisa burlona—. Aparte de los padres, me refiero.

Paul soltó una risa breve, casi defensiva.

—Estaba viendo la serie esa, la de los chicos que viven en el bosque. Oye, Liz, tú sabes cómo acaba, ¿verdad?

Me giré hacia él, con una media sonrisa.

—Por supuesto. Yo mismo monté las películas. Pero no te lo voy a contar.

—Anda… solo dime si al final los padres los encuentran.

—Nada. Tendrás que ver la serie hasta el final.

—Yo creo que sí —apuntó Ron, quitándose la chaqueta de cuero que siempre llevaba y dejando ver su camiseta blanca de algodón. Yo creo que lo hacía para presumir de musculatura, y no era para menos.

—Ah, pero, —intervino Gab—. ¿No habías dicho que tú no veías la tele?

—Y no la veo. Pero mis hermanos no hablan de otra cosa. Les encantan esas historias de niños audaces que desafían a los padres.

—Y, ¿por qué crees que los padres acabarán encontrándolos? —quiso saber Lola.

—Pues porque es más que obvio. Siempre son los padres los que ganan; siempre son los que tienen razón.

—No siempre —apunté yo.

—¿Eso qué quiere decir? —preguntó Paul, con expectación—. ¿Qué los padres no los encuentran? A los del bosque, me refiero.

—No te lo voy a contar… —insistí—. Lo que quiero decir con “no siempre” es que hay muchas películas donde los adolescentes acaban saliéndose con la suya.

—Ya, claro —Ron hizo una mueca—. Acaban saliéndose con la suya, pero nos muestran lo desgraciadas que son sus vidas por haber desobedecido a los padres —soltó un bufido—. En fin, lo de siempre.

El viento soplaba suave sobre la laguna, levantando pequeñas ondas que reflejaban el cielo grisáceo. Era una reunión habitual de la pandilla, un domingo cualquiera, y estábamos sentados en un banco de madera, gastado por los años, al otro lado del agua. El parque olía a hierba húmeda y a hojas secas, y el aire frío nos obligaba a mantener las manos en los bolsillos o a frotarlas de vez en cuando.

Ya no éramos tan niños. Yo tenía dieciocho años, igual que Gab y Paul. Pero la rebeldía, lejos de disminuir, estaba en su punto más alto. Todos buscábamos respuestas que Arcadia no nos podía dar, y como siempre, en una época tan revuelta como la adolescencia, la conversación acabó girando hacia la inconformidad.

Ron se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas, con esa mirada desafiante que lo caracterizaba.

—Yo no me creo eso de que los del mundo exterior sean tan malos. Las veces que yo los he visto no me han parecido así. Son gente como nosotros: sonríen, estrechan la mano, son simpáticos, dan las gracias… Es todo un cuento chino para retenernos aquí.

Lola frunció el ceño, cruzando los brazos.

—Es pura apariencia, Ron. Son lobos con piel de cordero.

—Venga, Lola, ¡eso es absurdo! —replicó él, con un gesto brusco.

—¿Y por qué nos iban a engañar nuestros padres? Ellos solo quieren nuestro bien, igual que los exteriores solo quieren nuestro mal.

—Yo no me lo creo. ¿Verdad, Liz? ¿A que tú tampoco?

Sentí todas las miradas sobre mí. Me mordí el labio inferior, buscando las palabras, y tras unos segundos contesté:

—Yo no sé qué pensar. Siempre nos han enseñado que los exteriores usan la estrategia de la seducción para intentar atraernos a ellos, y luego, cuando nos han cautivado, hundir nuestras vidas.

—¿Y por qué no iba a ser así? —replicó Lola, con voz firme—. No los conocemos; nunca hemos tratado con ellos. Insisto: ¿por qué nos iban a engañar nuestros padres? ¿Eh?



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En el texto hay: miedo, amor, frustracion

Editado: 17.04.2026

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