Proyecto Arcadia. Reunión de seguimiento número 128
—¿Qué tal en Austin, Bob? ¿Pudiste hablar con el Gobernador?
—Sí, Jorge.
—¿Y?
—No me ha dicho ni que sí, ni que no.
La respuesta cayó como una piedra en el centro de la mesa. En el silencio posterior se oía el zumbido constante del aire acondicionado y el tic‑tac amortiguado del reloj del fondo. Habían pasado ya diez años desde la fundación de Arcadia, y el paso del tiempo se notaba en casi todos los miembros de la Junta. Rose Mary Hip había alcanzado los sesenta; el cuello mostraba pliegues que antes no estaban y alrededor de los ojos se le marcaban arrugas finas que se intensificaban cuando se reía. Zaldívar y Claudia habían entrado ya en una ancianidad evidente, aunque sus miradas conservaban la amplitud y el filo de una inteligencia fuera de lo normal. Robert Bennett, por su parte, parecía inmune a la erosión; el cabello engominado hacia atrás seguía idéntico, con esas canas plateadas colocadas casi con precisión quirúrgica.
Aunque no todos en la Junta habían adoptado los uniformes propuestos por Claudia, lo cierto es que la totalidad de ellos vestían con los colores de Arcadia: negro, gris y naranja. Todos sin excepción, de una u otra manera, vestían prendas que contenían esas tres tonalidades.
Bennett alineó un bolígrafo junto al borde de su carpeta con el gesto metódico de siempre. Natalia, la madre de Gab, era ya una mujer de mediana edad, pero nada había mermado en su presencia explosiva: la carpeta contra el costado, la cabellera rubia impecable, y ese andar que daba la impresión de que el cansancio jamás le alcanzaba.
La reunión nº 128 de la Junta Directiva debía decidir sobre la expansión de Arcadia, y eso no era un asunto baladí. Las cifras en los informes eran como puertas pesadas; abrirlas requería recursos, y cualquier paso en falso podía comprometer la existencia misma de la ciudad. Como siempre, los asistentes se saludaron en un esperanto fluido, ese idioma que ya impregnaba la vida entera de Arcadia: en la escuela, en los carteles, en los mercados, y hasta en los sermones.
—A ver, Bob, explícate —pidió Zaldívar, con las manos entrelazadas sobre la mesa.
Bennett se inclinó un poco. Su impecable uniforme con los colores corporativos negro, gris y naranja se arrugó ligeramente. Sintió el pinchazo del peso del dinero en la boca del estómago, esa punzada discreta que nunca mostraba.
—Es que no hay mucho más que explicar, Jorge. Ya sabes cómo son los políticos. Cuando no quieren concederte algo, nunca dicen que no. Simplemente, dan evasivas.
—Pues es un problema serio, a mi entender —intervino la presidenta. Al fruncir el ceño, las líneas alrededor de sus ojos se marcaron más—. Si no podemos adquirir ese terreno al oeste de Arcadia, tendremos que detener las incorporaciones.
—O bien —apuntó Zaldívar, con su pragmatismo habitual—, fundar otra ciudad en algún otro sitio. Ese terreno en Montana sigue sin dueño, creo. ¿No es así, Bob?
—Sí, sigue perteneciendo al Estado, y se podría adquirir. Pero ese no es el problema, Jorge.
—Entonces, ¿cuál es? —quiso saber la presidenta.
Bennett se tomó un segundo. Alineó de nuevo el bolígrafo, como si fijar un objeto fijara también una idea.
—El problema es el dinero, Rose. Los fondos que nos dejó tu padre están ya casi en las últimas y no podemos comprometerlos sin exponer demasiado a la ciudad o comprometer su autosuficiencia.
—¿A qué te refieres?
—Pues, como no comerciamos con el exterior, cada vez que se requiere algún servicio externo, tenemos que pagarlo con esos fondos que, como te digo, van en retroceso.
—Ya, pero eso es solo puntualmente, ¿no es así?
—Es solo puntualmente, pero el dinero poco a poco se va depreciando. Tras la crisis, estamos en una situación de estanflación —estancamiento con inflación— y, aunque los fondos están bien invertidos, la inflación es tan elevada que no compensa los rendimientos financieros.
—Vaya, que con el tiempo se acabarán —adivinó Zaldívar—, ¿verdad?
—Exactamente, Jorge. Y debemos preservarlos para este tipo de urgencias.
Un silencio se instaló sobre la mesa. Rose se llevó el pulgar al labio inferior y lo mordió suavemente, en lo que era otro de sus gestos característicos de indecisión. Miró al ventanal: la ciudad brillaba en la distancia, un mosaico de luces cálidas sobre la llanura.
—Entonces, según tú, ¿no podemos comprar nada?
—Mi idea era que el Gobernador nos lo cediera. La Fundación es una asociación benéfica y legalmente sería factible. Pero, como te digo, no está por la labor.
—El caso es que las solicitudes no paran de crecer. ¿No es así, Natalia?
La mujer apretó la carpeta contra el costado y se inclinó un poco hacia la mesa, con ese movimiento que transmitía eficiencia.
—Así es, Rose. El mundo está más pervertido que nunca, y cada vez más gente quiere un refugio para sus hijos. Estamos recibiendo muchas solicitudes de personas dispuestas a pagar una buena fortuna a cambio de vivir aquí.
—¿Es que no existen otras ciudades como Arcadia?
—No —contestó Zaldívar—. Existen urbanizaciones cerradas en muchos lugares, sí, donde los niños juegan en la calle sin miedo. Pero no están libres de Internet, de la televisión ideologizada, de la pornografía, ni de todos esos elementos que aquí no existen. Una familia puede cortar el acceso a todas esas cosas a sus hijos, pero los vecinos de enfrente puede que no lo hagan. En cuanto sus niños se junten con aquellos, se producirá el contagio, la contaminación, y de nada servirá lo que hagan sus padres.