Ciudad Arcadia - Felicidad o Libertad

El técnico

El invierno había sido más frío de lo normal. La nieve se había depositado sobre los paneles solares y la falta de viento no movía las turbinas de los aerogeneradores. Para colmo, la central de biomasa ya llevaba semanas a pleno rendimiento, y una de sus piezas no dio más de sí y se rompió. Todo el sector 3 se quedó sin energía en medio del frío y los bebés no paraban de llorar.

Carl, el padre de mi amigo Paul, era uno de los especialistas en la central de biomasa, y llamó a Xavier, el ingeniero jefe y padre de Gab.

—Se trata del regulador de caudal. Debe estar obturado. Este tipo de piezas hay que purgarlas de vez en cuando, y con el frío, no hemos podido desconectar la central para hacerlo.

—¿No lo puedes desatascar o purgar ahora?

—Ya es tarde, Xavier. No nos queda más remedio que cambiar el regulador. Y me parece que no tengo ninguno de repuesto en el almacén. Va a haber que traer uno de la ciudad.

—¿Quieres que mande a alguien para…?

—El problema es que ya no se hacen reguladores como estos. Hay una tecnología nueva que los ha mejorado, y ahora se purgan solos. Pero para instalarlos se necesita instrumental de precisión que no existe en Arcadia, y que yo no sé manejar. Cualquier desvío de potencia podría generar una explosión de metano que acabaría con medio sector. No nos queda más remedio que llamar a alguien de fuera.

El padre de Gab puso cara de preocupación. La tan anhelada autosuficiencia ya se estaba consiguiendo, y cada vez entraba menos gente de fuera en la ciudad. Habíamos conseguido salir adelante casi sin los exteriores y con un nivel de “contaminación” mínimo.

—Está bien. Iré al Directorio para llamar a la ciudad.

—¿Al Directorio? ¿No puedes llamar desde tu casa? Tú tienes acceso al exterior, ¿no?

—Sí, pero tengo que firmar la autorización para que los de la puerta dejen entrar al técnico. Ya que voy, llamo desde allí.

El técnico tardó casi tres horas en llegar. Cuando lo hizo, se presentó ante el control de la entrada y los guardas le exigieron que depositara su teléfono móvil en la caseta de identificación. No estaba permitido pasar con ellos a la ciudad. El hombre accedió, pero no hizo lo mismo con otro teléfono, el de la empresa…

El regulador no estaba dentro de la planta de biomasa. Estaba en el exterior, sobre una especie de porche, para resguardarlo de las inclemencias meteorológicas. Allí hacía de enlace con la cuba, que era donde se depositaba la materia orgánica para su prensado.

Cuando el técnico llegó allí, le estaban esperando Carl y Xavier, además de Gab. En la comida le había informado su padre de que este iba a venir, y como su trabajo era el de aprendiz de mantenimiento, su presencia allí era pues, necesaria. Padre e hijo marcharon hacia allí y se pusieron manos a la obra. Entre los cuatro desmontaron el regulador viejo y Gab tuvo que ir y venir varias veces al almacén para traer diverso instrumental.

El técnico era un hombre de mediana edad que se había remangado para hacer mejor su trabajo, y exhibía un gran tatuaje, que era el emblema de la marina. Gab no paraba de mirar el dibujo, y entonces le dijo:

—¿Te gusta mi tatuaje?

—Sí. ¿Qué ser?

A diferencia de mí, que era la hija mayor de mis padres, tanto Gab como Ron tenían hermanos mayores que habían nacido fuera de Arcadia, y que hablaban inglés entre ellos. Un idioma que dejaron de hablar al poco tiempo de llegar allí, pero que en la mayoría de los casos se hablaba en los hogares, por mucho que los padres hicieran todo lo posible para que, al menos en su presencia, se hablara esperanto. Por eso Gab sabía un poco de inglés; de escuchar a sus hermanos mayores hablarlo entre ellos.

—Es el escudo de los marines. Yo serví a mi país en Afganistán.

El técnico

A nosotros no se nos enseñaba geografía ni historia. No querían suscitarnos curiosidades que pudiéramos albergar respecto al mundo exterior. A pesar de eso, todos, de alguna u otra manera, en mayor o menor medida, sabíamos lo que era el ejército y la marina, y que nuestro país libraba guerras por medio mundo.

—Y, ¿por qué volver?

—Porque es un empleo muy duro. Te pueden matar, ¿sabes? Pocos quieren estar allí, y por eso siempre están intentando reclutar a la gente.

—Bueno, vale ya —cortó Xavier—. Usted dedíquese a lo suyo.

—Sí, es lo que hago —gruñó, y eso hizo que el hombre albergara cierto resquemor, y quizá por esa razón luego pasó lo que pasó.

—Carl —Xavier se dirigió al padre de Paul—: Me voy a tener que marchar. En la comida me han dicho que la caldera del sector siete están funcionando a tirones. Voy a acercarme a echar un vistazo. Porque aquí ya estáis terminando, ¿no?

—Sí, ya nos queda poco.

—Esperemos que no pase lo mismo en el siete.

—No creo. Lo de los tirones suele ser porque ha entrado demasiado aire en el filtro. Es cuestión de dejarlo salir. ¿Sabes cómo hacerlo?

—Sí, claro —respondió—. Gab, vente conmigo y así aprenderás cómo se hace.

Xavier se marchó y dejó solo a Carl con el técnico. Este último dijo:

—Necesito que alguien vaya a la cuba para eliminar la presión.



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En el texto hay: miedo, amor, frustracion

Editado: 17.04.2026

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