Había venido a buscarme a la salida del Estudio, y eso me sorprendió. No era habitual. Por si fuera poco, había abandonado su habitual uniforme de peto con los colores de Arcadia, y se había vestido con pantalones y chaqueta vaqueros, muy al estilo de Ron. Una ropa, por cierto, que le estaba un poco grande. Debía de ser de alguno de sus hermanos mayores.
—Hola, Gab. ¿Qué haces por aquí?
Él se detuvo un instante, como si buscara las palabras en el aire.
—Bueno… es que vengo de hacer unas reparaciones en el aerogenerador del sector 5, y, claro… pues eso. Ya sabes —casi que tartamudeaba—. Me pilla de camino… y me dije… pues… ¡voy a buscar a Liz! ¿Te acompaño a casa?
Encima me dice que venía de hacer unas reparaciones… ¿con esa ropa? En fin...
Su sonrisa era tímida, casi infantil, y sus manos parecían no saber dónde quedarse. Yo me encogí de hombros, sin darle demasiada importancia, y comenzamos a caminar por la vereda que, saliendo del Estudio, atravesaba las viviendas del sector cinco para después rozar el bosque interior y entrar en nuestro barrio. El aire olía a tierra húmeda y a hojas secas, y el cielo comenzaba a teñirse de un gris azulado que anunciaba la noche.
Hablamos de cosas circunstanciales, comentarios sin peso, como quien llena el silencio para que no se vuelva incómodo. Antes de llegar al bosque, él me tomó de la mano. Sentí el contacto cálido y, por un segundo, mi corazón dio un salto. No me solté, pero miré hacia todos lados, inquieta, intentando identificar algún rostro conocido. Menos mal que no había nadie. Aun así, la sensación de estar en una situación comprometida me envolvió por completo.

No era la primera vez que nos dábamos la mano. Desde niños lo habíamos hecho muchas veces. Pero nunca desde que la pubertad nos había cambiado tanto. Lo miré de reojo: el pobre muchacho temblaba como una hoja. A pesar del invierno, unas gotas de sudor perlaban su frente y empapaban su flequillo. Su respiración era rápida, como si cada paso le costara un esfuerzo enorme.
Él seguía hablando de tonterías, de cosas de su trabajo, pero no me soltaba. Al contrario, cada vez apretaba más mi mano, como si temiera que pudiera escapar. Hasta que, en una zona donde los árboles se estrechaban y la luz se volvía más tenue, se detuvo y el silencio se hizo más denso. Dejó de hablar y se acercó, sin soltarme:
—Liz, yo te quiero.
Sus ojos azules se clavaron en los míos, intensos, vulnerables. Esperó mi reacción, y yo no supe qué decir ni qué hacer. Sentí cómo el mundo se detenía un instante. Gab era mi amigo, y lo apreciaba. A decir verdad, lo apreciaba mucho. Pero ¿cómo era posible que no supiera de lo mío con Ron? Sí, era cierto que nuestra relación era un tanto secreta; cierto que Gab era introvertido y siempre estaba en las nubes. Pero si Lola y Paul lo sabían —aunque nunca hablábamos de ello cuando estábamos todos juntos—, ¿cómo no podía saberlo él? ¿O quizá lo sospechaba y pensaba que aún no había nada serio entre Ron y yo? Sí, eso debía ser, y por tanto, él tenía que “atacar” antes de que fuera demasiado tarde.
El caso es que hizo lo que yo temía: intentó besarme en los labios.
Yo solté su mano y giré la cabeza, evitando el beso, mirando hacia un lado como quien busca una salida.
—¿Por qué, Liz? —se apartó, contrariado, con la voz rota—. ¿No me quieres tú a mí? Siempre hemos estado juntos. Siempre hemos…
—Mira, Gab —lo interrumpí, suavizando el tono—. Sí te quiero. Pero te quiero como un amigo quiere a otro amigo. Quizá como el mejor amigo que tengo, y es verdad que lo eres… pero nada más.
Intenté decírselo con ternura, con cuidado, pero vi cómo su gesto cambiaba. Sus ojos ya no eran los mismos.
—Estás ya con Ron, ¿verdad? Es por eso…
De nuevo, sus ojos se clavaron en los míos, esperando una respuesta. Su expresión ahora era más dura, más adulta. Ya no tenía esa cara de niño que lo caracterizaba. Era el rostro de un chico de dieciocho años a quien su amor platónico acababa de dar calabazas. Yo seguía mirándole, sin decir nada, aunque mi silencio lo decía todo.
—Lo has hecho ya con él, ¿verdad?
El silencio se volvió pétreo. Me mordí el labio inferior, y eso fue lo mismo que decir que sí.
—¿Dónde? ¿En el granero del sector cuatro? ¿Eh?
—Venga, vámonos —dije, iniciando la marcha—. Se está haciendo de noche y tengo frío.
Él siguió a mi lado, un paso por detrás. Yo no me atrevía a mirarlo, aunque imaginaba la expresión que debía tener: mezcla de rabia y tristeza. Tras un par de minutos de marcha tensa, por fin llegamos al barrio y comenzamos a ver algunas caras conocidas. Cuando llegamos al punto donde el camino hacia su casa se separaba del mío, me agarró del brazo y me obligó a volverme.
—Liz, si es verdad eso que dices, que soy tu mejor amigo, ¿por qué no me lo cuentas? ¿Eh? A los amigos se les cuentan esas cosas, ¿no? ¿Por qué no me dices lo que has hecho con Ron?
—¿Y para qué quieres que te lo cuente? ¿Para hacerte daño? ¿Es eso lo que quieres, Gab?
De nuevo se me quedó mirando, con esos ojos fríos como el hielo. La noche había caído de golpe sobre el mundo, y sus pupilas dilatadas reflejaban la luz amarillenta de una farola cercana. Entonces bajó la mirada, se dio la vuelta y se marchó, camino de su casa.