Ciudad Arcadia - Felicidad o Libertad

Expulsión

Había pasado todo el día en la ciudad, lidiando con el fiscal del distrito y otros asuntos que prefería no mencionar en voz alta. Cuando por fin regresó a su despacho, hizo lo de siempre: se sirvió un dedo de bourbon en el vaso de cristal tallado, se sentó en su sillón de cuero negro y abrió la carpeta que Conrad le dejaba puntualmente cada tarde sobre la mesa. Entre los informes rutinarios, el parte de visitas del día.

“Avería en el sistema de calefacción por biomasa del sector 3. Técnico autorizado. Entrada 16:45 – salida 18:30.”

En ese momento se dispuso a visionar las grabaciones de las cámaras de seguridad de las instalaciones. Por orden suya, se habían colocado estratégicamente en varios puntos clave de la ciudad. Uno de ellos eran las centrales térmicas.

Se reclinó en el asiento, pulsó el avance rápido y dejó que las imágenes desfilaran en saltos de un minuto. Allí estaba lo que buscaba: el técnico, solo durante nueve minutos exactos. Carl, el padre de Paul, había tenido que ausentarse para atender un problema en las cubas de biomasa. El hombre de la gorra azul se metió la mano en el bolsillo del mono, sacó un celular —un objeto prohibido en Arcadia— y, casi al instante, tres adolescentes se le acercaron desde la zona de almacenamiento, como moscas atraídas por un charco de miel.

Bennett enarcó una ceja. La comisura de su boca se curvó en una sonrisa maliciosa, fría como el acero.

—Es muy tarde —murmuró para sí mismo, apagando la pantalla con un dedo—. Mejor mañana. Sí… que duerma bien esta noche. Su última noche de confort.

A la mañana siguiente, antes de que comenzara el trabajo, lo llamó a su casa y lo citó en su despacho. El hombre llegó con el mono de trabajo y el rostro curtido por años de dedicación y esfuerzo. No sospechaba nada. O al menos eso creía Bennett.

—Siéntate —dijo el Administrador sin levantar la vista de los papeles.

Carl obedeció, incómodo, las manos apoyadas en las rodillas como si necesitara anclarse a algo.

Bennett dejó pasar unos segundos de silencio deliberado, el tiempo justo para que el otro empezara a notar el peso del aire. Entonces alzó la mirada, fría y serena.

—Anoche revisé las grabaciones del sector 3. La central de biomasa —Hizo una pausa, observándolo.

—¿Qué? ¿También hay cámaras allí? —replicó, sorprendido.

—El técnico que vino de fuera estuvo solo nueve minutos.

—No. Estuvo más tiempo —corrigió—. Fueron casi dos horas.

—Sí claro. Estuvo más tiempo. Pero cuando digo “solo”, quiero decir, que estuvo en soledad.

El hombre observó a Bennett con cautela, anticipando algo que no le iba a gustar.

—Siete minutos en los que sacó un celular y permitió que tres muchachos se le acercaran. Tres muchachos que, según el protocolo, nunca debieron tener acceso a un dispositivo con conexión a Internet. Tres muchachos —se levantó, y lo apuntó con un dedo—, que estuvieron solos junto a una persona externa a Arcadia, y lo peor de todo, que les enseñó algo en el celular.

Carl palideció. Abrió la boca, la cerró, volvió a abrirla.

—Pero… ¡también es culpa de Xavier Peman! Él es el ingeniero jefe. Me dejó a mí al cargo, pero…

—¡Exactamente! —La voz de Bennett cortó como un bisturí—. Xavier te dejó a ti al mando. Tú eres el único responsable. Tú decidiste ausentarte.

Carl bajó la cabeza. Se llevó las dos manos a la cara, frotándose los ojos con fuerza, como si quisiera borrar lo que acababa de escuchar. El despacho se llenó de un silencio denso, roto solo por el leve zumbido del sistema de ventilación.

—No tuve más remedio, señor Bennett —dijo al fin, con voz ronca—. Los polifenoles fermentados de la materia orgánica se habían concentrado en la cuba y esta tenía un nivel de presión muy alto. Se hubiera producido un escape de metano y…

—Sí, ya sé. Se hubiera producido una explosión.

—Exactamente. —Carl levantó la vista, esperanzado por un instante. Tal vez había una grieta, una posibilidad…

—Que hubiera ido el técnico a bajar la presión —continuó Bennett, la voz ahora más baja, más peligrosa—. Tú te tenías que haber quedado allí vigilando. —Se inclinó hacia delante, apoyando los antebrazos en la mesa. Su rostro era una máscara de desprecio contenido—. Joder, Carl… ¿es que no veías que la zona estaba llena de chavales?

—No había nadie cuando me fui —protestó, alzando la voz por primera vez—. Y además, junto a la cuba también podría haberlos. ¡En Arcadia los hay por todas partes!

—Exacto. —Bennett sonrió, pero no había calidez en esa sonrisa—. Por eso mismo el técnico no podía quedarse solo. En cualquier momento podían aparecer, como así pasó.

Carl tragó saliva. Sus hombros se hundieron un poco más.

—También es culpa de los guardias de la entrada. Ese tipo se coló con un celular que no detectaron…

—¿Y qué quieres que hagan? —Bennett alzó las cejas, fingiendo incredulidad— ¿Eh? ¿Que lo hubieran cacheado? Además, lo tenía en el coche, ¿no?

Silencio.

Carl volvió a bajar la cabeza. Frente a la enorme mesa de caoba, parecía encogerse, un hombre pequeño ante una sentencia ya escrita.

—La Junta Directiva —dijo Bennett, por fin, pronunciando cada palabra con calma mortal— ha decretado tu expulsión y la de toda tu familia. Tenéis una semana para abandonar Arcadia.



#156 en Joven Adulto
#1062 en Otros
#25 en Aventura

En el texto hay: miedo, amor, frustracion

Editado: 17.04.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.