La noticia de la expulsión de Carl se extendió como la pólvora, y para cuando Lola salió del turno en su fábrica, ya sabía lo peor. Corrió sin quitarse el delantal, el corazón latiéndole en la garganta.
Al llegar a la casa de Paul, la puerta estaba entreabierta. Dentro, el aire olía a cartón recién abierto y a lágrimas contenidas. La madre de Paul lloraba en silencio mientras doblaba ropa en el salón; el padre clasificaba documentos con movimientos mecánicos, como si estuviera desconectando piezas de una máquina que ya no funcionaba. Paul, con los ojos enrojecidos pero la mandíbula apretada, levantó una caja de herramientas y salió al pasillo al verla.
Sin decir nada, la tomó de la mano y la sacó al exterior. Caminaron en silencio por el sendero empedrado que serpenteaba entre uno de los parques interiores de la ciudad: árboles seleccionados, césped perfecto, bancos de madera reciclada. Todo tan ordenado, tan Arcadia… y tan cruel en ese momento.
Lola se detuvo bajo un sauce llorón, cuyas ramas caían como cortinas. Lo miró con ojos brillantes.
—Si nos casamos —dijo de pronto, casi sin aliento—, podrías quedarte. Ya no estarías ligado a tus padres. Hay casas terminadas en el sector nueve… o incluso podríamos quedarnos en la tuya.
Paul se quedó quieto. El viento movía ligeramente las hojas sobre sus cabezas.
—No podemos casarnos, Lola. Eres menor de edad.
—¡Sí podemos! —insistió ella, acercándose un paso—. Tengo diecisiete. Si mis padres lo autorizan, podríamos celebrar la boda mañana mismo. Se puede desde los dieciséis, ya lo sabes.
—¿Y si no lo hacen? —preguntó él en voz baja, mirando al suelo.
—¿Por qué no iban a hacerlo? —Lola frunció el ceño, dolida—. Ha habido muchos casos… ¿Te acuerdas de Marta?
—Sí, pero ella estaba embarazada —replicó Paul, alzando la vista—. No es lo mismo.
—Bueno, pues lo hacemos y…
—Pero ¿qué dices? —interrumpió—. ¿Te crees que en una semana te vas a quedar embarazada y te va a crecer la barriga? —Paul soltó una risa amarga, casi sin humor—. Lola…
Ella se mordió el labio, comprendiendo de golpe la ridiculez de su propia idea.
—Ya… claro —murmuró, avergonzada.
Se miraron un instante largo, cargado de todo lo que no se atrevían a decir. Luego, sin previo aviso, Paul la atrajo hacia sí y la besó. Fue un beso urgente, escondido entre las ramas, con el miedo y el deseo apretados en el mismo nudo. Se separaron jadeando, mirando alrededor para asegurarse de que nadie los hubiera visto.
—Hablaré con mis padres —susurró ella contra su pecho—. Intentaré convencerlos.
Pero las esperanzas se hicieron añicos esa misma tarde.
En la cocina de su casa, la madre de Lola fregaba los platos con movimientos lentos, casi rituales. El agua caliente empañaba el cristal de la ventana.

—No puedes casarte con Paul —dijo, sin volverse—. Es demasiado precipitado.
Lola se apoyó en la encimera, los puños cerrados.
—¿Por qué no? Si no puedo casarme con él… ¡lo perderé para siempre! ¿Es que no lo entiendes?
La madre dejó el plato, se secó las manos en el delantal y se giró. Sus ojos estaban llenos de una compasión cansada.
—Sí lo entiendo, Lola. Pero ¿qué problema hay?
—¿Qué problema hay? ¡Es mi novio, mamá!
—Ya te saldrá otro. Chicos hay muchos.
—Ninguno como Paul… —La voz de Lola se quebró.
La madre se acercó y la abrazó con ternura. Lola se dejó envolver, pero no se rindió.
—Hija mía… —susurró la mujer contra su pelo—. Cuando una es joven y se enamora, piensa que no hay otro hombre como aquel al que ama.
—Es que es así —contestó, con lágrimas en los ojos.
—Pero no es cierto. —Hizo una pausa, soltándola suavemente para volver a los platos—. Cuando yo era joven, estaba locamente enamorada de un muchacho de mi clase. Se fue con otra. Pensé que jamás podría querer a nadie como lo quería a él… y mira, luego apareció tu padre y me volví a enamorar.
—Ese no va a ser mi caso, mamá.
—¿Por qué no?
—Porque nunca podré querer a nadie como lo quiero a él.
La madre suspiró.
—¿Y tú qué sabes? —preguntó con suavidad—. ¿Cómo sabes que él te quiere a ti?
—Porque lo sé.
Se miraron fijamente. La madre añadió, casi con pesar:
—A Paul le gustaba Liz Pacwa. Quería salir con ella. Eso lo sabes, ¿no?
—Claro. A todos los chicos les gusta Liz Pacwa. Con esas curvas y esas tetas que tiene…
—La cuestión es que tú fuiste su “segundo plato”.
Lola se detuvo, tragó saliva. —Da igual. Ya no es así. ¿Por qué no lo hablamos con papá?
—Ya lo he hablado con él —dijo la madre, quitándose los guantes con un gesto definitivo—. Piensa lo mismo que yo. Eres muy joven. Una boda así sería muy precipitada.