Ciudad Arcadia - Felicidad o Libertad

Planes de fuga

Era domingo. Hacía ya un mes exacto desde que Carl Robinson y su familia habían abandonado Arcadia con las maletas a medio cerrar y las caras desencajadas.

La casa que habían dejado atrás —esa casa que aún olía a la cena de la última noche que pasaron allí— ahora pertenecía a los Laudeville. Un matrimonio joven, de aspecto impecable, con dinero que se notaba en los detalles: las cortinas de lino que colgaban en las ventanas, los cuatro niños pequeños que correteaban por el jardín con sus uniformes impecables de color negro, gris y naranja, y que hablaban entre ellos en un esperanto tan fluido que parecía su lengua materna.

Lo cierto es que nadie en el sector se explicaba cómo habían conseguido entrar tan rápido, aunque nadie preguntaba demasiado. En Arcadia, las preguntas incómodas solían quedarse en el aire.

Esa mañana, después de la misa, solo quedábamos los tres: Ron, Lola y yo. Gab ya no venía con nosotros desde hacía semanas. Desde aquel día en que se vio rechazado, apenas le veía, y cuando nos cruzábamos procuraba evitarme, desviaba la mirada o aceleraba el paso, como si mi sola presencia le quemara.

Ron y yo ya éramos novios oficiales. No pudimos seguir ocultándolo por más tiempo. Nos sentábamos juntos en el mismo banco de la iglesia, justo al lado de mis padres, con las manos rozándose disimuladamente bajo la madera pulida. Durante toda la celebración lo noté inquieto: movía los pies sin parar, se pasaba los dedos por el cuello de la camisa como si le apretara. En cuanto el sacerdote dio la bendición final, nos escabullimos hacia el pequeño claro detrás del templo, donde los sauces formaban una cortina verde que nos protegía de miradas curiosas.

Lola llegó jadeando, todavía con el pañuelo de misa en la mano.

Ron no esperó ni a que recuperara el aliento, y enseguida lo soltó:

—Hay un punto ciego —dijo en voz baja, casi un susurro—. Una zona que no cubren las cámaras. Entre el final del sector cinco y el comienzo del sector seis.

—¿Dónde está la planta de biocombustible? —pregunté yo, sintiendo un cosquilleo frío en la nuca.

—Exacto. Allí mismo.

Lola frunció el ceño.

—¿Cómo lo sabes?

—Ayer oí a mi padre discutirlo con un técnico. —Ron bajó aún más la voz, mirando alrededor por instinto—. La valla está tan pegada a la pared de la planta que nunca consideraron importante poner cámaras ahí. La propia pared hace de barrera natural.

Me crucé de brazos, intentando que no se me notara el temblor.

—¿Entonces? ¿Cómo vamos a pasar por ahí? —pregunté.

Ya lo habíamos decidido. O mejor dicho: él lo había decidido, y yo, aunque el estómago se me retorcía cada vez que lo pensaba, había aceptado. Solo faltaba decidir cuándo y cómo.

No quería irme. Arcadia era todo lo que conocía: sus parques perfectos, sus reglas claras, sus días sin sorpresas. Pero la idea de quedarme sin él era mucho peor. Me habría ido a cualquier parte con tal de estar a su lado, de despertar cada mañana viéndolo abrir los ojos, de construir una vida juntos, aunque fuera en ruinas. No quería terminar como Lola, llorando cada noche por alguien que ya estaba demasiado lejos.

Ron se acercó un paso, con los ojos brillantes.

—La valla está pegada a la pared, sí, pero con el tiempo se ha abierto un pequeño hueco. La alambrada se ha abombado. Esta mañana estuve allí y lo vi con mis propios ojos: cabe una persona.

—¿Estás seguro? —insistí, con la voz más débil de lo que pretendía.

—Completamente. —Hizo una pausa y tragó saliva—. Pero el problema es que mi padre no se fía, y han decidido arreglarlo.

—¿El qué? ¿La alambrada?

—No. Las cámaras. Mañana van a instalar una adicional.

El corazón me dio un vuelco tan fuerte que sentí que el suelo se movía. Se me secó la boca de golpe y el aire se volvió más espeso.

—Entonces… —apenas articulé— eso quiere decir que…

—Sí. —Ron me miró fijamente, sin pestañear—. Nos tenemos que marchar esta misma noche.

En ese momento, me dio un vuelco el corazón. Tendría que abandonar ya, así, casi de sopetón, a mis padres, a mis hermanos, a mis amigos y a toda la gente que conocía, probablemente para no verlos más, e iniciar una aventura incierta en el tan temido mundo exterior. Se me secó la boca todavía más y el corazón me comenzó a latir muy deprisa.

La cara que debí poner debió de ser todo un poema. El corazón golpeaba las paredes de mi pecho con tal fuerza que parecía que se me iba a salir por la boca. Ron me lo notó y me dijo:

—¿Es que no lo entiendes, Liz? ¡Tiene que ser esta noche! ¡Es ahora o nunca!

Lola intervino, con esa calma suya que a veces me ponía nerviosa.

—¿Justo se han dado cuenta ahora?

—De casualidad —respondió Ron—. Creo que vieron a un chacal o a un coyote pasar por allí. Apareció en una cámara, luego desapareció unos segundos y volvió a aparecer en la siguiente. Eso les hizo sospechar.

Nos quedamos en silencio. El viento movía las hojas de los sauces sobre nuestras cabezas.

—¿Y qué pasa con los detectores de infrarrojos? —pregunté por fin.

En realidad, lo que quería era encontrar una excusa, cualquier excusa, para retrasarlo. Para no tener que elegir entre la seguridad conocida y la aventura aterradora. Para no tener que despedirme de mis padres esa misma noche. Bueno, despedirme es un decir, porque ellos no podían saber nada para no chafar la fuga. Me tendría que despedir de ellos en silencio...



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En el texto hay: miedo, amor, frustracion

Editado: 17.04.2026

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