Ciudad Arcadia - Felicidad o Libertad

Despedida

Estuvimos planeándolo todo hasta que el reloj de la plaza marcó la hora de comer. El sol ya estaba alto, y el aire olía a hierba recién cortada y a pan recién horneado que salía de las cocinas comunitarias. Nos despedimos con un abrazo rápido, casi furtivo, como si el mero hecho de tocarse demasiado tiempo pudiera delatarnos.

Lola vivía cerca de mí, así que caminamos juntas de vuelta, en silencio al principio. Los senderos del sector estaban casi vacíos; la gente ya se había recogido para el almuerzo familiar. Solo se oía el zumbido lejano de los aerogeneradores y el canto de algunos pájaros.

—Yo comprendo que te quieras ir porque echas de menos a Paul —dije, con la voz baja—, pero yo siento un vértigo que no te puedes imaginar. Es como si el suelo se me abriera bajo los pies cada vez que pienso en salir por esa valla.

Ella me miró de reojo, con esa sonrisa pequeña y sabia que a veces ponía cuando quería hacerme sentir menos sola.

—Es normal, Liz. Pero tú quieres a Ron, ¿verdad?

—Con locura —respondí sin dudar, y sentí que las mejillas me ardían.

—Pues él se irá sin ti si tú no te vas. Eso lo sabes, ¿no?

Bajé la cabeza y miré a las piedras del camino.

—Creo que sí —suspiré. Eso significaba que él me quería a mí menos de lo que yo lo quería a él.

Lola se detuvo y me tomó del brazo, obligándome a mirarla.

—Te arrepentirás toda tu vida por no haberte marchado. —Hizo una pausa, buscando las palabras—. Una vez oí decir a alguien que uno se arrepiente de lo que no hace, no de lo que hace.

Asentí despacio. El recuerdo me golpeó como una ráfaga de viento frío, pues yo también había oído eso. Era muy común decirlo en los primeros tiempos de Arcadia, cuando nuestros padres tuvieron que abandonar su mundo conocido para venir aquí.

—Sí, eso también lo he oído yo. ¿Te acuerdas de Margarita, nuestra profesora de filosofía?

—Claro. Una mujer entrañable.

—¿Recuerdas lo que decía siempre? —sonreí a pesar de todo—. “Nunca te arrepientas de haber sido valiente”.

Lola me miró fijamente, y por un segundo sus ojos se humedecieron.

—Es verdad.

Nos abrazamos allí mismo, en medio del sendero desierto. Fue un abrazo fuerte, de los que dejan huella. Parecía mentira que ella, siendo más joven que yo, fuera la que en ese momento me estuviera dando el coraje que me faltaba. A veces la madurez no tiene nada que ver con los años.

Nos separamos, y yo respiré hondo.

—Lola… estoy pensando en decírselo a Gab.

Ella alzó las cejas.

—¿A Gab? ¿Por qué? ¿Para que se venga con nosotros?

—No. Para despedirme de él. —Tragué saliva—. Somos amigos desde siempre. Me parece muy feo irme así, sin avisar, y no volver a verlo nunca más.

Lola me escrutó con esos ojos tan sagaces que tenía, y me dijo:

—A ti lo que te pasa es que te sientes culpable por haberle dado calabazas, y quieres compensarlo de alguna manera… con esa confidencia. Para que vea que lo sigues apreciando, y le cuentas algo que debería ser un secreto.

Yo no contesté, pero mi silencio era más que elocuente.

—Pues que sepas que te va a dar igual. No vas a compensar nada.

—Yo no sé si quiero compensar algo o no, pero lo que sí sé es que me parece muy mal largarme así, y no volverle a ver más después de lo que le he hecho.

—¿Ves? Es lo que te digo. Quieres compensar el desprecio que le hiciste.

—Bueno, yo no lo desprecié. Simplemente…

—Claro —interrumpió—. Tú esperabas, como es tu amigo, que te dijera algo así como esto: “Bueno, Liz es mejor que estés con Ron si de verdad lo quieres. Yo lo comprendo y tienes todo mi apoyo”. ¿A que sí?

Yo continué mirando al suelo, y ella insistió:

—¿Eso es lo que esperabas que te dijera? ¿Eh?

—Bueno, en realidad…

—Obviamente, no te iba a constar eso, porque sí, es tu amigo, pero también está enamorado de ti. Y eso prevalece sobre lo otro. A nadie le sienta bien que le den calabazas.

—Sí, lo comprendo. Él se debió llevar un golpe tremendo.

—No lo dudes. ¿Por qué te crees que ya no viene con nosotros?

—Sí, lo sé. Pero yo también me sentí mal aquel día.

—Y lo entiendo. Tú lo aprecias, y te dolió su dolor. Pero no creo que compenses nada diciéndole que te vas —me miró, y como si me leyera el pensamiento, me dijo:—: Pero si te vas a sentir mejor, hazlo. —Hizo una pausa, dudando—. Aunque no sé si será conveniente.

—¿Por qué? ¿Por si se chiva?

—Sí.

—Eso no puede ser, Lola. Lo conozco bien. No sería capaz.

—Ya, pero está resentido, ¿no?

—Sí… pero él no es así. Estoy segura de que no lo hará.

—Bueno, tú verás. —Me dio un apretón en el hombro—. Pero que no lo sepa Ron. No creo que le guste.

Nos despedimos con otro abrazo rápido y seguí mi camino sola, en dirección a la casa de Gab. Tenía el corazón en un puño. Por la tarde había quedado con Ron para decidir qué íbamos a llevarnos en esa aventura —ropa, algo de comida, el poco dinero que habíamos ahorrado—, y quizá después no volviera a verlo hasta la noche. Tenía que hacerlo ahora.



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En el texto hay: miedo, amor, frustracion

Editado: 17.04.2026

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