Ciudad Arcadia - Felicidad o Libertad

Una ventana abierta

Gab no podía permanecer más tiempo dentro de aquellas cuatro paredes. Desde aquel desplante, desde que opté por Ron y no por él, los domingos apenas salía y se pasaba las tardes encerrado en casa, leyendo manuales de ingeniería.

Al principio intentó evadirse con la televisión, pero solo de pensar que probablemente aquellas películas habían pasado por mis manos, le provocaba dejar de verlas de inmediato.

Y lo que le dije esa tarde antes de irme, lejos de aliviarle porque ya no me vería más y con el tiempo me acabaría olvidando, le causó una desazón que lo consumía. Necesitaba salir a tomar el aire.

La familia de Gab era pequeña. Solo tenía dos hermanos, ya mayores, que se habían casado y vivían en sendos apartamentos en uno de los últimos sectores construidos. Su padre, siempre ocupado, tampoco estaba en casa y su madre había salido hacía horas para revisar unos expedientes en la oficina.

Deambuló por toda la ciudad, y al final se puso a llover. La tormenta le pilló cerca de la entrada, al lado del Directorio, y no le quedó más remedio que refugiarse bajo la cornisa de un pabellón donde estaban las oficinas de los jefes de la Junta.

Fue entonces cuando oyó hablar a su madre en una de esas oficinas, que no eran las del Comité de Admisión. En realidad, era el despacho de Robert Bennett, o más bien, alguna de sus dependencias.

La tarde había sido calurosa, y por eso al anochecer se desató la tormenta. Pero la ventana seguía abierta, o más bien, entreabierta.

—Eres un canalla, Bob. ¿Cuánto dinero te ha soltado esa gente? ¿Eh?

Para su sorpresa, los dos estaban hablando en inglés, un idioma prohibido en Arcadia. Pero un domingo por la tarde no había nadie por allí, y se lo podían permitir. Un idioma que Gab entendía, más o menos, porque también sus hermanos mayores lo habían hablado entre ellos cuando él era pequeño.

El otro respondió algo que no llegó a comprender, y su madre replicó:

—¡Eso es mentira! Acabo de revisar los expedientes y los Laudeville no estaban, ni de lejos, entre los primeros.

—Eran candidatos a entrar en Arcadia, igual que los demás.

—Sí, pero estaban muy atrás en la lista de espera, joder.

—Bueno, ¿y qué?

—Yo preparo esas listas y son mi responsabilidad. Además de mi firma, tiene las firmas de la Junta, y si alguien descubre que se han saltado el orden, la culpable seré yo.

—Y ¿quién lo va a descubrir, Natty? ¡Si hasta tú misma no tenías ni idea! ¿Cómo te has dado cuenta? ¿Eh?

La respuesta de su madre no la pudo entender bien y Bennett siguió:

—Bueno, vale. Pero no sé por qué te pones así. En el pasado me has apoyado en otras cosas que sabías que no estaban bien.

—Yo no sabía nada. ¡Tú mismo me decías que no preguntase! Además, eran cosas que no tenían nada que ver conmigo.

—Esto tampoco.

—¿Ah, no? Yo soy la responsable del Comité de Admisión, y esto es una irregularidad en toda regla. Se lo voy a tener que decir a Rose.

—¡Oh, vamos! ¿Me vas a traicionar de esa manera? ¿Tú?

—Sí, yo.

Se produjo un momento de silencio.

Bennet y Natalia

—Yo también podría decir muchas cosas tuyas, ¿sabes?

—¿Ah sí? ¿El qué?

—Pues, por ejemplo, podría hablarle a Xavier de lo nuestro.

—¡Serás hijo de puta! —rugió—. Además, lo nuestro se terminó hace mucho tiempo.

—Claro. Cuando entraste en la menopausia y te dejó de picar.

—¡Cerdo! —se produjo un forcejeo y algunas cosas se cayeron al suelo—. Además, ¡nadie te creerá!

—¿Cómo que no? Solo tengo que presentar al chico como prueba.

—¡El chico no es tuyo!

—¿Ah, no? ¿De quién es entonces? ¿Del impotente de tu marido?

En ese momento se oyó una bofetada. Gab se movió hacia atrás, pisando una rama. Y no era para menos, después de lo que acababa de oír. No se cayó al suelo, de milagro.

Pero el crujido alertó a los dos, y fue Natalia quien acudió primero a la ventana. La abrió y se asomó, y en ese momento, madre e hijo se quedaron mirándose fijamente, antes de que Gab saliera corriendo, completamente consternado, en dirección a su casa.

—Ya hablaremos tú y yo de esto —le dijo a Bennett, apuntándolo con un dedo, y se marchó.

Gab corrió deprisa, con los puños y los dientes apretados, sin acabar de salir del todo de su asombro; sin acabar de recuperarse de la conmoción sufrida. ¡Su propia madre!, se dijo. ¡Su propia madre acostándose con Robert Bennett...! Su propia madre, modelo de virtudes, celosa como nadie de los valores cristianos y esposa modélica de Arcadia…

Mientras corría, multitud de imágenes de todo tipo se atropellaban alocadamente en su cabeza. Imágenes de su infancia, de discusiones entre sus padres, del trato con Bennett… Detalles que nunca tuvieron la menor importancia, pero que ahora cobraban todo el sentido del mundo.

Recordó que, por esa misma época, importantes mujeres de Arcadia como Rose Mary Hip, Claudia Eras o su propia madre acudían los viernes por la tarde a dar charlas a las niñas sobre el pudor y la decencia en el vestido. ¡Su propia madre dando esas charlas mientras se acostaba con el infame Robert Bennett! No pudo evitar una arcada cuando se imaginó a esos dos fornicando desnudos en el despacho del Directorio.



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En el texto hay: miedo, amor, frustracion

Editado: 17.04.2026

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