—¿Llevas dinero?
—Sí, he traído todos mis ahorros —se lo enseñé—. ¿Y tú?
—También. Es más, pedí un adelanto a mi jefe, y me lo ha concedido. Yo creo que con esto podemos tener para unos cuantos meses mientras buscamos un buen empleo.
Asentí al ver el fajo de billetes. Entre lo suyo y lo mío podríamos incluso tomarnos un tiempo sabático sin hacer nada. Una luna de miel, vaya, para disfrutarnos intensamente el uno al otro.
—Venga, vamos. Ahora mismo no puede haber nadie en la planta de biocombustible, pero tenemos que darnos prisa. No sea que algún encargado vaya allí por alguna razón.
—¿Trabajan por la noche? —pregunté, con miedo.
—No creo. Pero ya sabes cómo son los jefes. Trabajan más que nadie y están casi todo el tiempo en las fábricas.
Como novios oficiales que éramos, nos encaminamos hacia allí despacio, agarrados de la mano. Para no despertar sospechas, solo llevábamos una pequeña mochila que portaba Ron, con cosas básicas. Ya compraríamos en la ciudad lo que necesitáramos.
Era un poco tarde, sí, pero dentro de lo normal para dos personas mayores de edad. Aunque ya no llovía, la lluvia de la tarde había dejado el ambiente fresco y la gente estaba en sus casas. No vimos a casi nadie a esas horas por la calle.
Al llegar a las inmediaciones de la planta, tuvimos que extremar las precauciones. Los novios no deben verse solos en sitios poco iluminados, y cualquier adulto podría recriminarnos y obligarnos a salir de allí. Así que nos separamos. Ron fue solo hacia allí con paso firme y yo fui más cautelosa, avanzando poco a poco y mirando hacia todos lados. Un par de mujeres habían salido de alguna casa del sector seis, probablemente a tirar la basura, y me miraron extrañadas. Yo no era de aquel barrio… Pero no pasó nada más. Finalmente, se introdujeron en sus casas y yo pude reunirme con Ron a pocos metros del lateral de la planta, allí donde estaba el famoso “punto ciego”.
—¿Todavía no ha llegado Lola?
Ron negó con la cabeza, los ojos fijos en la oscuridad que se extendía más allá de la alambrada. —Ya ves que no.
—Tendría que estar ya aquí —insistí, con la voz temblorosa—. Algo le ha pasado.
—Pues sí. Nos tendremos que ir sin ella.
El estómago se me contrajo como si alguien me hubiera dado un puñetazo.
—¡Pero Ron! ¡No podemos hacer eso! No podemos dejarla sola.
Él suspiró, impaciente, y miró hacia el sendero por donde debería aparecer Lola en cualquier momento.
—¿Por qué no? A lo mejor ni se presenta. Quizás se lo hayan impedido sus padres. Venga, vámonos.
—¿Qué? ¿Cómo les iba a decir…?
—No me refiero a que les haya contado el plan —me cortó, bajando la voz—. A lo mejor simplemente… se arrepintió. O le dio pánico de repente. No lo sé, Liz. Pero no podemos quedarnos aquí toda la noche.
—¿Por qué no esperamos cinco minutos más? —supliqué, agarrándole de la manga de aquella chaqueta de cuero negra—. Solo cinco.
Ron giró la cabeza, escudriñando la penumbra. Pasaron unos segundos eternos. Al final, cedió con un gruñido.
—De acuerdo. Pero solo cinco minutos. No podemos estar aquí mucho tiempo los dos solos. Podría pasar cualquiera y arruinarse todo. Y ya sabes: es ahora o nunca.
Mientras hablábamos en susurros, Ron se agachó y empezó a cortar la alambrada con unos alicates. A pesar de que se había abombado, no contábamos con la resistencia de los alambres, que cedían hacia adentro en cuanto se presionaban para intentar salir. Pero no era tan fácil como parecía en su cabeza. Las mordazas estaban melladas, el metal era grueso y resistente. Cada corte era un esfuerzo, un chirrido metálico que nos ponía los nervios de punta. Llevábamos ya más de diez minutos —quizá quince— y el agujero apenas había crecido.
—¡Joder! —masculló, arrojando los alicates al suelo con rabia—. ¡Estos alicates son una porquería!
—¿No puedes hacer el hueco más grande? —pregunté, inclinándome para ver mejor.
—No, si no queremos perder más tiempo. —Se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano—. Además, Lola no va a venir. Vámonos ya.
—Es que le hacemos una faena si nos vamos sin ella. Imagínate que se ha retrasado por algo.
Ron me miró fijamente, los ojos brillando bajo la luz plateada de la luna en cuarto creciente.
—¿Y qué? Ya está rota la alambrada. Si viene luego, que pase igual que vamos a pasar nosotros. ¿Qué problema hay? Ella dijo que solo quería llegar a una estación de autobuses. Con que sepa decir “Baltimore” ya es suficiente. Alguien le indicará.
En el fondo le comprendía. El hueco estaba abierto. La libertad —fría, húmeda, desconocida— estaba a solo unos pasos. El corazón me latía tan fuerte que casi ahogaba el ruido de los grillos.
—No podemos perder más tiempo —insistió él, y sin esperar respuesta se introdujo de perfil por el hueco.
Pasó con facilidad. Una vez al otro lado, se pegó al suelo, pegado a la base de la alambrada para no activar los sensores de movimiento infrarrojos. Contuvimos la respiración. Uno… dos… tres segundos que se estiraron como horas. No sonó ninguna alarma. Nada.
—Venga, entra tú —susurró, extendiendo la mano.