—¡Eh, Lola!
La voz de Gab salió baja, casi un susurro ronco en la oscuridad. Lola se giró de golpe, con el corazón en la garganta. Estaba a medio camino entre su casa y la planta de biocombustible, jadeando por la carrera y por el miedo a llegar tarde.
Efectivamente, había tenido un contratiempo. Su madre la había retenido por unas cuestiones domésticas, y se había retrasado. Aunque intentó zafarse de ella, no lo consiguió a tiempo, y en el camino hacia la planta de biocombustible se topó con él.
—¡Gab! —susurró ella, acercándose a trompicones.
—¿Qué haces todavía aquí? ¿No habíais quedado a las diez?
Lola soltó un bufido.
—La pesada de mi madre. Me entretuvo y estaba pendiente de mí. Por fin se acostaron y me escapé por la ventana. Y tú… ¿dónde vas? ¿Querías despedirte de Liz?
Gab bajó la mirada un segundo, luego la levantó de nuevo, más fría.
—No precisamente. Ya nos hemos despedido. El caso es que… yo también me voy.
Lola se quedó de piedra. Parpadeó varias veces, como si no hubiera oído bien.
—¿Y eso?
—Voy a alistarme en el ejército. En la marina.
El silencio que siguió fue pesado, cargado de incredulidad. Ella abrió la boca, la cerró, volvió a abrirla.
—¿Por qué? —preguntó al fin, con voz muy baja.
—Necesito dar un cambio radical a mi vida.
Lola lo miró fijamente, escrutando su rostro bajo la luz plateada de la luna y un farol cercano.
—Es por lo de Liz y Ron, ¿verdad?
Gab apretó la mandíbula. No dijo nada al principio, solo un suspiro corto y seco.
—Sí —respondió, escuetamente—. Venga, tú sigue hacia allí. Espérame un poco más adelante. No conviene que nos vean juntos a estas horas.
—No, claro —murmuró, asintiendo despacio.
Avanzó unos metros, manteniendo la distancia. Un chico y una chica solos a medianoche en los senderos de Arcadia no era algo “decente” y había que disimular. Gab la siguió a unos veinte metros, con pasos silenciosos, como una sombra.
Cuando llegaron a la alambrada, el hueco seguía allí, irregular, con los bordes de alambre cortado brillando como dientes rotos.
—Ron y Liz ya se han ido —comentó Lola nada más llegar él—. Mira el agujero.

Gab se agachó, inspeccionando el corte con los dedos. Asintió lentamente.
—Sí, eso parece. Y yo ya lo esperaba. De hecho, no quería irme con ellos.
Lola lo miró de reojo, con una mezcla de compasión y reproche.
—No quieres volver a ver a Liz, ¿eh?
—No soportaría volver a verlos juntos —respondió, seco, sin mirarla.
—Lo que no sé es cómo han podido pasar por ahí. —Presionó los alambres y vio que cedían por abajo—. Han tenido que ampliar el hueco, pero aun así…
Gab sonrió por primera vez. Una sonrisa tensa pero decidida.
—Pues si ellos pasaron, también podremos hacerlo tú y yo.
Lola se agachó y empezó a meterse. El agujero estaba un poco alto para ella: era bajita, y no conseguía equilibrarse con una pierna dentro y la otra fuera. Se subió el vestido hasta las caderas, pero los alambres le arañaron los muslos, y soltó un pequeño bufido de frustración.
—Espera —dijo Gab, agachándose a su lado—. Están aquí los alicates. Voy a hacerlo un poco más grande.
Fue más mañoso que Ron. Con cortes precisos y rápidos, amplió el hueco por abajo sin desperdiciar demasiado tiempo. En menos de tres minutos, el paso era lo suficientemente amplio.
Lola pasó primero, con un último tirón que le rasgó un poco el vestido a la altura del muslo. Gab la siguió con más facilidad, aunque también se hizo un corte en el antebrazo que no le importó.
Una vez fuera, siguieron el plan que Ron había trazado: caminar paralelos a la carretera, a bastante distancia, ocultos por la hierba alta. El frío les calaba los huesos, pero ninguno dijo nada. Solo se oía el crujir de la vegetación bajo sus pies y el rumor lejano de algún animal nocturno.
Cuando llegaron al cruce de caminos, la misma duda que nos había atenazado a Ron y a mí les cayó encima como una losa.
—¿Cuál será el que va a la ciudad? —preguntó Lola, mirando las dos cintas de asfalto que se perdían en la oscuridad—. ¿Por dónde habrán ido ellos?
Gab se encogió de hombros, mirando alternativamente a derecha e izquierda.
—No tengo ni idea.
—Cualquiera de las dos llevará a alguna parte, ¿no?
—Ya, pero no es lo mismo caminar cuarenta millas que cien.
—¿Cien? —Lola alzó una ceja.
—Digo cien por decir algo —murmuró él, incómodo.
—Pues ya me dirás qué hacemos.
Gab suspiró, mirando el cielo estrellado.
—Venga, vamos a seguir rectos.
—¿Rectos? ¿Por qué?