Estábamos a las afueras de una gran ciudad, pero ya dentro de ella. El aire olía distinto, más denso, cargado de humo de escape, frituras lejanas y un olor metálico que no supe identificar. Los sonidos nos envolvían como una manta asfixiante: bocinas lejanas, murmullos de gente que hablaba deprisa, el zumbido constante de los coches. La gente en la calle caminaba deprisa, sin mirarse. Me sentí pequeña, invisible, fuera de lugar, diminuta en medio de aquel torbellino de cuerpos y edificios, como si el mundo pudiera devorarme en cualquier momento. Tan solo la presencia de Ron a mi lado me hacía sentir tranquila y protegida, y su actitud segura y decidida me inspiraba una confianza de la que yo carecía.
Al fondo se alzaban torres de cristal y acero que parecían tocar el cielo; los edificios que teníamos delante tampoco eran precisamente bajos: bloques de apartamentos de catorce, quince pisos, con balcones llenos de plantas marchitas y ropa tendida. En los bajos había tiendas de todo tipo, y fue cuando sentí hambre de verdad.
—Ron, aquello parece un restaurante —susurré, señalando con la barbilla—. ¿Por qué no entramos a comer?
—Sí, vamos. El bocadillo del viejo me ha sabido a poco.
Entramos. El local estaba a media capacidad: unas diez o doce mesas de formica, sillas de vinilo rojo desgastado, y un olor a café quemado y grasa que se pegaba a la ropa. La mayoría de los clientes eran hombres y mujeres solos, comiendo sándwiches u otros platos, con la mirada fija en unos extraños aparatos negros y planos que llevaban en la mano.
Nos sentamos en una mesa pegada a la ventana. Sobre ella había un menú plastificado con fotos. No entendíamos ni una palabra del texto, pero las imágenes nos guiaron. Al cabo de unos minutos llegó una camarera joven, con el pelo recogido en una coleta alta y una sonrisa profesional.
—Hola, chicos. ¿Qué queréis comer?
Ron señaló con el dedo, inseguro.
—Querer esto… —dijo, apuntando a una foto de pasta cremosa—. Y ella esto. ¿Está bien?
—Vale, vale. Pasta carbonara rellena de trufa y bistec con patatas —lo apuntó en una libretita—. ¿Y de beber?
—Agua.
—¿Para los dos?
—Agua para yo, y agua para ella.
La camarera nos miró extrañada un segundo, pero no dijo nada. Se fue y volvió al rato con los platos humeantes y una botella de agua mineral. Antes de marcharse señaló hacia el fondo del local.
—Antes de iros tenéis que pasar por caja, ¿eh? Allí, a la derecha. Por donde habéis entrado no se puede salir.
—¿Qué ha dicho, Ron? —susurré, mientras se alejaba.
—No lo he entendido bien —murmuró—. Creo que tenemos que pagar… allí.
Esta vez los platos no eran tan asquerosos, aunque a mí la pasta no me gustó nada. Se la terminó comiendo Ron y yo me comí su bistec. Pero lo peor llegó a la salida.
Cuanto llegamos a “la caja”, un tipo con barba de varios días y una camiseta descolorida nos entregó un ticket de papel con el precio, que, dicho sea de paso, nos pareció muy caro.
—Sesenta y dos con cincuenta, por favor.
Ron sacó de su bolsillo un billete de cien y se lo entregó.
El hombre lo miró, lo giró, lo miró otra vez y soltó una risa seca:
—¿Estás de broma?
—Es cien. Sobra dinero.
—¿Es que me tomas por gilipollas, o qué?
—Dar cien. Sobra dinero —insistió con voz cada vez más insegura.
—¡Pero si esto es un puto billete del Monopoly! —gritó.
—He dar cien dólares. El cambio, por favor.
—Mira, subnormal, le vas a intentar timar a tu puñetera madre. Ya me estás dando el dinero, o tú y tu chica no vais a salir de aquí hasta que me lo deis. ¿Estamos? Y si no lo tenéis, ya estáis llamando a papá para que venga a traerlo. ¿Os queda claro?
—¿Qué está pasando, Ron?
—Que quiere más dinero, creo.
Si yo ya tenía el estómago revuelto, aquella situación tan tensa me lo terminó de revolver del todo y me dio una arcada incontrolable que me hizo vomitar toda la comida sobre el suelo de baldosas. El olor ácido se extendió como una mancha.
—¡Joder! —se enojó el tipo—. ¡Y encima esto! —suspiró—. ¡Jane! —miró hacia la barra—. ¡Trae un cubo y una fregona!
En ese momento, una clienta de unos cuarenta años —pelo castaño corto, chaqueta de cuero gastada de color beige—, se levantó de su mesa y se acercó a interesarse por mí. No tengo ni idea de lo que me dijo, pero me entregó un pañuelo de papel y me hizo sentarme con ella en su mesa, que estaba allí al lado. Ron se sentó también con nosotras.
—¿Qué ocurre, chicos? No tenéis dinero, ¿verdad?
—Sí tener. Mira… —le enseñó el fajo—. Ese hombre querer más.
La mujer se quedó mirando alternativamente al dinero y a Ron y le preguntó:
—¿De dónde sois?
—Sois de Arcadia.
—Se dice somos. “Somos de Arcadia” ¿De acuerdo?
—Somos de Arcadia.
—Muy bien ¿Dónde está eso?
—En Texas, creo.