El camino estaba resultando más duro que lo que habían pensado. Todos en algún momento habíamos ido por la carretera que conduce a la ciudad, y sabíamos que había bosques, páramos y montañas salpicados de vez en cuando por pequeñas casas o casetas que habían pertenecido, tiempo atrás, a la compañía telefónica o incluso al telégrafo. Pero todo era de memoria, claro, pues nunca pensamos que esos detalles serían tan importantes en una aventura como esa.
Lola y Gab marchaban a cierta distancia de la carretera, pero paralelos a esta por la misma razón que pensábamos hacer nosotros: controlar si venían en su busca.
Ahora caminaban despacio, pues estaban cansados de correr. La lluvia intermitente les había calado, y ya tenían claro que nosotros habíamos tomado el otro camino. Caminaban desde hacía horas, con los pies cubiertos de barro y el cansancio clavado en los huesos. El silencio de la noche era inquietante, roto solo por el crujido de las piedras bajo sus botas y el graznido de alguna lechuza en la lejanía.
Pero caminar por ese terreno era muy duro, como ya había yo tenido la ocasión de comprobar antes de que Ron y yo nos montáramos en aquel coche. En efecto, de noche y con poca luz, no se veían bien los terraplenes, las piedras, las acumulaciones de maleza o los pequeños arbustos. Su caminar no tenía cadencia; a menudo metían los pies en los charcos, tropezaban con rocas o se atascaban con las enredaderas que cubrían el suelo, al que se caían con frecuencia.
—Espera, Gab. Vamos a descansar un rato.
Lola se detuvo y se inclinó hacia adelante, jadeando, dejando caer su vestido y con las manos sobre las rodillas. Durante todo el camino lo había llevado levantado hasta la cintura y se había hecho un nudo que llevaba sujeto con una mano para que el vuelo no le estorbara para correr. Era un vestido similar al mío, típico de cualquier mujer joven de Arcadia en primavera: un vestido ancho que no marcara las formas, con cuello de barco sin escote, mangas hasta un poco antes de las muñecas, y falda por debajo de las rodillas.
La noche no era cálida, pero ellos estaban sudando profusamente, y Gab se desabrochó el peto, también típico de los hombres, de un mecánico como era él: un pantalón de peto lleno de bolsillos para meter las herramientas, y una camiseta de algodón. Por supuesto, con los colores del uniforme de Arcadia: pantalón negro que se degrada a gris al alcanzar el tronco, con los bolsillos de color naranja, el mismo color de la camiseta.
—¿Tú cómo vas? —le preguntó.
—Yo, bien. Cansado, pero bien.
—A mí me duele todo, Gab. Mañana voy a tener unas agujetas que no voy a poder ni andar.
—Ya. Es por culpa del terreno. Si fuéramos por un camino llano, solo te dolerían un par de músculos. Pero con este terreno tan irregular… nos toca ejercitarlos todos.
De pronto, un aullido rasgó el aire. Lola se detuvo en seco.
—¿Qué fue eso? —preguntó, con la voz temblorosa, y Gab giró la cabeza.
—Coyotes —dijo, apretando la mandíbula—. Y están cerca.
—¿Cómo lo sabes?
—El aullido es inconfundible. ¿No los has oído alguna vez?
La muchacha movió la cabeza hacia los lados. El sector en el que vivía ella estaba en el centro de Arcadia y allí no se oía nada de eso. No obstante, se contaban historias de coyotes despedazando a la gente en los cuentos infantiles, y todos pensábamos que en realidad era otra de las mentiras usadas para asustarnos con el mundo exterior.
Antes de que pudiera decir más, tres sombras se deslizaron entre los matorrales. Ojos brillantes con dientes afilados. Los coyotes nos rodearon, gruñendo, acercándose con movimientos rápidos.
—¡Lola, detrás de ti! —gritó Gab, levantando un palo que había recogido horas antes.
Ella retrocedió, con el corazón golpeándole el pecho. Los animales se lanzaron. Gab golpeó al primero con fuerza, pero otro se abalanzó sobre su pierna y lo mordió, mientras otro le arañaba un brazo con sus colmillos. Su grito fue desgarrador.
—¡Gab! —chilló, buscando desesperada algo para defenderlo.
Vio una piedra grande, la tomó con ambas manos y corrió hacia el coyote que tenía a Gab atrapado. Con un grito que salió desde lo más profundo, golpeó al animal en el lomo. El coyote soltó a Gab y retrocedió, aullando. Los otros dudaron, y Lola aprovechó para lanzar otra piedra, gritando con furia:
—¡Fuera! ¡Largaos de aquí!
Los animales lo pensaron durante unos instantes, y al final se dispersaron, perdiéndose entre la maleza. Probablemente estimaron que perderían el combate, y prefirieron no arriesgarse. El silencio volvió, pero ahora estaba cargado de adrenalina y miedo.
Lola se arrodilló junto a él, que sangraba por la pierna. Un pequeño reguero de sangre se podía ver a través del pantalón desgarrado y brillaba bajo la incipiente luz de la luna.
—¡Estás herido! —dijo, con la voz quebrada, y Gab apretó los dientes, sudando.
—No es profundo… creo —jadeó—. Pero tenemos que seguir. No podemos quedarnos aquí.
Lola asintió. Lo ayudó a levantarse, pasando su brazo por sus hombros y se puso de pie.
—¿Puedes andar?
—Sí —dio algunos pasos—. Me duele un poco al estirar la pierna, pero nada más.