—¿Ronald? ¿Está mi hija en tu casa?
—¿Te refieres a Liz? No, no está aquí. ¿Por qué?
—No ha desayunado con nosotros, y tampoco está en el Estudio. Es más, creemos que no ha pasado la noche en casa.
Nada más apercibirse de que yo no estaba, mi padre telefoneó al padre de Ron.
—Ya —suspiró—. Y el caso es que yo tampoco he visto a mi hijo. Y es raro, porque suele hacer mucho ruido al levantarse. Ya sabes, tiene que madrugar para ordeñar las vacas.
—Sí, lo sé.
—Puede que hayan pasado la noche juntos… quizá en el granero.
—Pues me parece muy mal.
—¿Y qué quieres que haga? Mi hijo ya no tiene quince años, ¿sabes?
—Ronald, es una falta grave permitir que los hijos tengan relaciones sexuales antes de casarse.
—¿Y qué te crees? ¿Que no me sé la ley? Pero te recuerdo que si es eso lo que ha pasado, la falta te la van a poner a ti también.
—Ya. Esperemos que no les haya visto nadie. ¡Joder! —exclamó—, teníamos que haberlos obligado a casarse. Y tú el primero, porque lo sabes desde antes. ¿Cuánto tiempo llevan acostándose?
—¡Ja! ¡Y yo qué sé! ¿Te crees que a mí me lo cuenta? Además, ¡qué quieres que te diga! ¿Acaso te crees que tu hija es su primera novia? Este ya ha salido con varias. Se cansa enseguida de las chicas. ¿Cómo le iba a obligar a casarse con la tuya? ¿Tú qué hubieras hecho en mi lugar?
—No lo sé. ¿Por qué no averiguas donde están en lugar de lamentarte? No pueden estar todavía en el granero, a estas horas de la mañana.
—No, desde luego. Allí ya hay gente trabajando. Y, ¿por qué no buscas tú también a tu hija? ¿Es que no has ido a trabajar?
—Estoy enfermo, con la gripe... Joder, he tenido que levantarme de la cama para venir al pasillo a llamarte.
—¿Por qué no llamas al Estudio para ver si está allí?
—Ya lo ha hecho mi mujer.
—Vaya… —se detuvo por un instante y luego siguió—: Yo llamaría a los establos, a ver qué dicen sus compañeros. Pero sabes que no cogen el teléfono. Con todo el ruido que hacen las ordeñadoras…
—Pues, a ver qué hacemos.
—Vale. Me voy a acercar en persona. Luego te cuento.
El caso es que el padre de Ron no lo encontró con las vacas. Preguntó a alguno de sus amigos, y tampoco sabían nada. Visitó los lugares a los que solía acudir… y nada.
Marchaba de nuevo hacia su casa, sin parar de pensar dónde nos podíamos haber metido los dos. Desde luego, era más que improbable que hubiéramos pasado la noche juntos en alguna casa. Ninguna familia de Arcadia podía permitirse que dos jóvenes no casados pasaran la noche fuera de sus domicilios, pues eso implicaba una falta grave.
Fue entonces cuando recordó la conversación que había tenido con un técnico el día anterior. Se acordó de que estaba su hijo delante, y se dijo, “no creo que haya ocurrido eso… pero voy a mirar, por si acaso”.
Fue al famoso punto “ciego”… y vio la alambrada rota.
Cuando llegó a su despacho, en la sala de control de la entrada, que era el sitio donde trabajaba, volvió a llamar a mi padre.
—¿Hola? Me temo que nuestros hijos se han escapado.
—¿Qué? ¿Escapado? ¿Se han escapado de Arcadia?
Mi madre estaba con mi padre y no pudo dejar escapar un grito cuando oyó lo que se filtraba por la línea.
—¿Estás seguro?
—Completamente. ¿Tiene Liz un vestido color rosa pálido, con flores estampadas?
Mi madre asintió.
—Sí. ¿Por qué?
—Han roto la alambrada y se le ha debido de romper el vestido. Me he encontrado un trozo uno de los alambres.
—¡Joder! ¡Pues es culpa tuya, Ronald! ¡Tú eres el encargado de la seguridad!
—Hay un punto ciego en el sector seis. Fui tan bocazas de comentarlo ayer delante de mi hijo.
—Un bocazas y un irresponsable. ¡Joder!
—Vale, vale. Los insultos me los digo yo a mí mismo. ¿De acuerdo?
Mi padre suspiró y se calló durante unos instantes. Después dijo:
—¿Y ahora qué hacemos? ¿Eh? ¿Por qué no mandas un coche para que vayan a buscarlos?
—Lo que tú quieras, pero el mal ya está hecho. Nos expulsarán de Arcadia.
Un profundo suspiro se dejó oír por la línea, por las dos partes. Mi madre dijo:
—Nos expulsarán, pero al menos los tendremos con nosotros. Habrá que ir a buscarlos, Ronald. O si no, le diré a Bennett que hable con el Sheriff.
—Lo del Sheriff, olvídate. Nuestros hijos ya son mayores de edad, y en este país la gente puede ir donde le dé la gana. Yo enviaré un coche, sí. Todavía no habrán llegado a la ciudad. Pero no creo que sean tontos como para dejarse atrapar.
—Yo iré en ese coche —dijo mi madre, que tenía el corazón en un puño—. Intentaré hablar con ellos.
—¿En serio crees que van a ser tan bobos como para marchar por la carretera? Joder, que ya no son unos críos.
—Pero habrá que intentarlo, ¿no?