Ciudad Arcadia - Felicidad o Libertad

Homer y Maggie

Desde la distancia, la casa parecía cerca, pero en realidad no lo estaba tanto. Además, el dolor punzante en el brazo y la pierna hicieron que el trayecto se estirara como un castigo. Tardó al menos media hora en llegar, y cuando lo hizo se encontró frente a una casucha de madera destartalada con un aspecto bastante deplorable. Tablas grises y combadas, techo hundido en un lado, ventanas cubiertas con lonas raídas que ondeaban con el viento de la mañana.

Subió los tres escalones de la tarima —que crujieron como si fueran a partirse— y golpeó la puerta con los nudillos; cuatro golpes secos que resonaron en el silencio del amanecer.

Pasaron unos segundos eternos, tras lo cuales, la puerta se abrió con un chirrido oxidado. Apareció una anciana menuda con el pelo blanco y revuelto como un nido de pájaros, una bata floreada llena de manchas de grasa y de sopa, y que colgaba floja sobre sus hombros huesudos. Lo miró de arriba abajo, los ojos claros agrandados por la sorpresa.

—Saludos, vieja. Mí, con sangre y amiga coja. ¿Haber doctor?

Cuando se aprende un idioma de oídas, lo normal es que se entienda mucho mejor que se hable; esto es lo que le pasaba a Gab. Pero a diferencia de Ron que lo hablaba algo mejor, a este prácticamente no se le entendía nada, y menos todavía con el fuerte acento que tenía. Un acento tan espeso que las palabras se le enredaban en la lengua. Lo que en su mente sonaba casi correcto, salía como un balbuceo torpe y entrecortado.

La mujer ladeó la cabeza, con una mezcla de lástima y desconcierto. No dijo nada al principio; solo lo observó como si intentara descifrar un enigma. Ante sí tenía a un muchacho con el pantalón lleno de barro, la camiseta todavía empapada, el sudor pegándole el pelo a la frente, y que además estaba ensangrentado como si le hubieran atacado una jauría de coyotes. Ciertamente, era eso lo que le había pasado.

—¡Homer! —gritó de pronto, volviendo la cabeza hacia el interior oscuro de la casa.

—¡Qué quieres! —se oyó una voz ronca desde el fondo.

—¿Puedes venir?

Se oyeron unos pasos lentos arrastrándose. Apareció un anciano apoyado en una muleta de madera astillada, con una barba blanca rala y ojos hundidos.

—¿Qué pasa, Maggie?

La mujer no dijo nada, pero el hombre enseguida se dio cuenta. Se detuvo en el umbral y frunció el ceño al ver a Gab.

—¿Quién eres tú? ¿Qué quieres?

—¡Homer! —le reprendió ella—. No le hables así al chico. ¿No ves que está herido?

—¿De dónde vienes? —siguió.

—Doctor, por favor.

Gab levantó el brazo con cuidado, apartando el jirón de tela rasgada del pantalón para mostrar también la herida de la pierna: carne abierta, sangre coagulada y fresca, marcas de dientes que habían dejado surcos irregulares.

—¿Qué te ha pasado? —preguntó Homer, suavizando un poco el tono—. ¿Es que te han atacado los coyotes o qué?

—Médico, necesitar, y amiga coja, también. Estar allí con árbol —señaló vagamente hacia el páramo, en la dirección de donde había venido.

El viejo suspiró, se giró y desapareció hacia el interior. Se oyó el clic de un teléfono antiguo sobre la mesita.

—¿Sheriff? Soy Homer Saxon. Me conoce, ¿verdad? Sí, ese. Verá, en la puerta de mi casa tengo a un tipo que parece que acaba de venir de la guerra. ¿Qué quiere? No lo sé. No se le entiende. Dice no sé qué de un árbol. Sí, puede ser un inmigrante. No habla inglés, aunque tampoco parece mexicano.

El sheriff no tardó mucho. El motor de su todoterreno llegó antes que el polvo que levantaba en el camino de tierra. Bajó con el sombrero ladeado, la mano en la culata del revólver por costumbre, y se acercó con paso lento pero firme.

La anciana —Maggie— ya había hecho sentar a Gab en una silla desvencijada de la tarima. Le había dado un vaso de agua y le había intentado limpiar las heridas con un trapo húmedo. No era mucho, pero al menos había dejado de sangrar un poco.

El sheriff se quitó las gafas de sol y lo miró de arriba abajo.

—¿De dónde vienes, muchacho? —le preguntó.

Gab levantó la vista. El acento del hombre era cerrado, como si masticara las palabras antes de soltarlas. No entendió todo, pero el uniforme —la placa brillante, la estrella en el pecho— le dio una pista.

—Mí querer ir al ejército —dijo, con voz ronca por el dolor y la sed.

El sheriff soltó una risa corta, seca.

—¡Ah! Ya. Ya te he calado yo a ti. Te has fugado de Arcadia, ¿verdad?

—Arcadia, sí. Yo sangre y amiga coja. Con árbol.

—Ya me lo imaginaba. Como tienes el “traje” lleno de barro, no me había fijado en tus inconfundibles bolsillos de color naranja. —El sheriff se rascó la nuca y miró a Homer—. Además, en cuanto me dijiste que no era mexicano, lo sospeché. No eres el primero que lo hace, ¿sabes? —se dirigió a Gab—. Aunque eso no os lo cuentan allí para que no os animéis a hacerlo. A la familia en cuestión se la expulsa y así no se entera nadie.

—¿Sabe ya de dónde viene, sheriff? —preguntó el viejo.

—De Arcadia.

—¿De dónde? —el hombre además estaba un poco sordo.

—Ya sabe, el gueto ese del norte. Donde están esos chiflados.



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En el texto hay: miedo, amor, frustracion

Editado: 17.04.2026

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