En cuanto se fue la mujer que había hecho “la obra de caridad del día”, nos quedamos allí plantados un momento, como si el mundo nos hubiera soltado de golpe y no supiéramos qué hacer con la libertad que tanto habíamos deseado. Empezamos a caminar sin rumbo fijo, dejándonos llevar por el flujo de la gente, por las luces que se encendían en los escaparates, por el ruido constante que parecía salir de todas partes a la vez. Denver se desplegaba ante nosotros como un sueño extraño: alto, brillante, caótico y fascinante.
Pasamos por el centro financiero, donde los rascacielos de cristal reflejaban el cielo naranja del atardecer como espejos gigantes. Las avenidas eran anchas, llenas de coches que zumbaban sin parar, y los escaparates exhibían cosas que nunca habíamos visto: ropa de colores intensos, zapatos con tacones imposibles, pantallas que mostraban anuncios con gente sonriendo de forma perfecta. Todo era tan… excesivo. Tan vivo. Tan ajeno.
Pero lo peor era la gente. Nadie nos hablaba. Nadie nos miraba a los ojos. Los pocos que se fijaban en nosotros lo hacían con recelo, como si fuéramos algo que podía explotar en cualquier momento. Hombres y mujeres solitarios, con auriculares puestos, el paso apresurado, la mandíbula apretada. En todo el día solo vimos a unos cuantos niños: dos o tres, cogidos de la mano de adultos que parecían no tener tiempo ni para respirar. Parecía que nuestros padres tenían razón al advertirnos: el mundo exterior era frío, indiferente, peligroso. O al menos eso sentía yo en ese momento, con el estómago vacío y el corazón hecho un nudo.
Al final nos sentamos en un banco de un parque pequeño, rodeados de árboles que no eran los nuestros —más altos, más salvajes, con hojas que crujían bajo el viento seco—. El sol ya se estaba poniendo, tiñendo todo de un naranja sucio.
—Ron… creo que deberíamos volver —susurré, con la voz temblorosa—. Esta gente no es amable. Es posible que nos hagan daño. No tenemos dinero, no hablamos su idioma…
Él se giró hacia mí con ojos duros.
—Ni lo sueñes. Si tengo que volver, será porque no tenga más remedio. Tú te puedes ir de aquí si quieres.
Las palabras me golpearon como un puñetazo frío. Una lágrima se me escapó y rodó por la mejilla antes de que pudiera detenerla.
—¿Irme yo sola, sin ti?
—Sí. Ya sabes que el viejo del coche nos llevó por pena, gracias a ti. No te costaría demasiado encontrar a otro que te llevase de vuelta.
Dolió. Dolió mucho. Pero se lo perdoné por ser producto de la situación tan tensa en la que nos encontrábamos, pues a veces la tensión se expresa en forma de crueldad. Me miró, se dio cuenta y me abrazó; me besó y me acarició la espalda.
—Perdóname, Liz. No tenía que haberte hablado así.
Nos besamos y entonces la calma volvió a mi ser. Estar en sus brazos era todo lo que yo necesitaba; lo único que me importaba.
El cielo ya se había oscurecido cuando volvió a hablar, con voz suave.
—¿No tienes hambre?
—Me muero de hambre, Ron. Y tengo frío.
—No me extraña. No has comido nada en todo el día. —Me apretó más contra él y me frotó los brazos con las manos, intentando darme calor—. Vamos a intentar buscar ayuda.
Se levantó, me tomó de la mano y recogió la mochila. Caminamos de nuevo, esta vez con un destino en mente. Recordábamos vagamente haber visto una pequeña iglesia al pasar por una calle lateral: una fachada sencilla, una cruz iluminada en la torre, un cartel que ponía “Bienvenidos” en letras descoloridas.
Tuvimos suerte. Cuando llegamos, el sacerdote ya estaba cerrando la puerta principal, con las llaves tintineando en su mano.
Era un hombre mayor, de sesenta o setenta años, con el pelo blanco, y gafas gruesas que le resbalaban por la nariz.
Ron se adelantó, intentando sonar lo más educado posible.
—Saludos, viejo. Necesitamos ayuda.
El sacerdote se volvió despacio, y su expresión pasó de la sorpresa al miedo en un segundo. Nos miró de arriba abajo: mis zapatillas embarradas, los calcetines rotos, el vestido hecho jirones y manchado, el pelo sucio y enredado. Ron no tenía mejor aspecto: su pelo ondulado estaba francamente alborotado, la mochila sucia y las manchas de tierra en los pantalones.
—¿Quiénes son ustedes?
—Somos inmigrantes ucranianos. Necesitar ayuda.
—¿Ucranianos? ¿Aquí en Denver?
—Sí.
El cura nos escrutó otra vez. Yo debí de inspirarle profunda lástima, porque su postura se suavizó. Suspiró, se ajustó las gafas y preguntó con voz más baja:
—¿Qué os ha pasado?
—Nos han estafar y robar el dinero. Necesitar ayuda, por favor.
—¿Quién os ha hecho eso?
Ron no contestó. No sabía cómo explicarlo sin sonar ridículo. El sacerdote nos miró una vez más, como si midiera el peso de nuestra historia en el aire.
—¿Tenéis donde pasar la noche?
—No tener nada.
El hombre giró la cabeza hacia la iglesia cerrada, dio un suspiro largo y profundo, como quien se rinde a una obligación que lleva toda la vida cumpliendo.
—En fin… no sería un buen cristiano ni un sacerdote ejemplar si me negara a ayudar a los necesitados. Venid conmigo.