Ciudad Arcadia - Felicidad o Libertad

El sheriff

Estaban ya camino hacia Arcadia. Gab iba en el asiento delantero, junto al sheriff, y Lola en el asiento de atrás. Después de haber estado toda la mañana en la clínica, el chico ya le había cogido el acento y le podía entender.

—¿Cuántos años tienes?

Dek ok jaroj [dieciocho] —respondió. No tenía ni idea de los numerales en inglés.

—No sé lo que has dicho, pero si eres mayor de edad tienes que pedirle el certificado de nacimiento a tus padres, si es que lo tienen, y con él podrás alistarte. Enséñaselo a los guardias de la puerta y te dejarán salir. Y si no lo hacen, les puede caer un buen paquete. Se les puede acusar de secuestro, y eso es muy grave. Pero solo si eres mayor de edad, ¿de acuerdo?

Gab asintió despacio, mirando por la ventanilla el horizonte que se acercaba: la valla lejana de Arcadia, esa línea gris y perfecta que separaba su mundo del resto.

Cuando llegaron ante las puertas, ya era media tarde. El sol caía oblicuo, alargando la sombra de la garita de vigilancia. El guardia —un tipo joven, con el uniforme impecable y la cara de quien lleva demasiadas horas en el turno— salió de la garita y levantó la mano.

—Sheriff, no puede entrar aquí. Esto es un recinto cerrado con seguridad privada.

El policía apagó el motor y se reclinó en el asiento, mirándolo con esa calma peligrosa de quien sabe que lleva la ley en el bolsillo.

—¿Que no puedo entrar? ¿Me vas a enseñar a mí la ley, listillo?

—Sheriff, según el reglamento de…

—Sí, ya sé. Me sé las leyes mejor que tú. No puedo entrar salvo en el caso de que me llamen o de que se produzca una denuncia. ¿Verdad?

—Así es.

—Bien, pues la denuncia se ha producido. Yo mismo la he puesto. Me he encontrado tirados en la calle a un par de chavales que viven aquí. Estaban heridos y llenos de barro hasta las orejas. ¿Qué te parece?

El guardia miró hacia el interior del coche patrulla y pudo comprobar que era verdad.

—Y si son menores de edad, que yo creo que alguno lo es, tengo que darle la denuncia a sus padres para que se presenten a declarar ante el juez por irresponsabilidad en el cuidado de menores. ¿Te queda claro, listillo?

El guardia dudó un segundo. Luego abrió la barrera con un gesto seco y el todoterreno entró.

Tras dejar a Lola y a Gab con sus padres, el sheriff se dirigió al despacho del Administrador. Este estaba fuera cuando llegaron, pero le avisaron y acudió antes de que el policía terminara de dejar a los chicos. Como había salido, se había dejado el uniforme en su ropero del Directorio, aunque había tenido buen cuidado de vestirse con los colores corporativos: pantalón negro, camisa naranja y chaqueta y corbata gris.

—Bennett, tiene suerte de que no haya entregado a esos dos chavales a los de Inmigración —dijo, sin preámbulos—. Podría haberlo hecho, ¿sabe?

—Oh, vamos, sheriff. Usted sabe que no es el caso.

—Yo no tengo por qué saber nada. Me encuentro a dos personas indocumentadas, que no hablan nuestro idioma, y en un estado lamentable. Eso significa que son inmigrantes ilegales.

—Pero usted sabe que no lo son —insistió, apuntándole con un dedo.

—Mire, Bennett… —El sheriff se enderezó, cruzando los brazos—. Como le digo, tiene suerte de haber dado conmigo. Yo no les pedí a sus padres el certificado de nacimiento de los chicos, porque me dieron pena. Pero si se lo hubiera pedido y no me lo hubieran entregado porque no lo tienen, es mi obligación llevarlos ante el juez para que inicie un procedimiento de deportación.

El Administrador lo miró fijamente, con los brazos cruzados, dejando pasar unos segundos de silencio pesado.

—¿Me está pidiendo algo a cambio de su bondad, sheriff?

El sheriff

El otro no contestó de inmediato y añadió, con voz baja y casi casual:

—Sé que mucha gente no inscribe a los hijos en el censo, entre otras cosas, porque ya no nacen en el hospital de la ciudad y nadie sabe que existen. Yo creo que lo hacen para impedir que se larguen.

—Eso no es cosa mía. Esos asuntos son responsabilidad de los padres. Y yo no puedo obligarlos a que vayan a la oficina de Registro a inscribir a sus hijos.

—Es obligatorio.

—Sí, pero no es una obligación que me incumba a mí. Cuando nacieron los míos, sí los inscribí.

—Y, ¿qué me dice de los inmigrantes ilegales que tienen aquí? Me refiero, a los de verdad.

—¿Qué está diciendo?

—Lo sabe perfectamente. Usted ha traído a gentes de fuera, sin permiso de trabajo ni de residencia. A gente rica de Europa, que supongo le habrán pagado un buen dinero por estar aquí. Eso no me lo puede negar.

—Se lo niego. Están regularizados. Son profesionales altamente cualificados que no se encuentran en nuestro país. La ley me ampara para hacerlo, ¿sabe?

—Otro que me quiere enseñar a mí las leyes… —masculló el sheriff, casi para sí—. Bennett —siguió—, esa ley solo cubre unos cuantos casos muy específicos, y dudo que esa gente esté entre ellos.



#156 en Joven Adulto
#1062 en Otros
#25 en Aventura

En el texto hay: miedo, amor, frustracion

Editado: 17.04.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.