El cura nos hizo pasar a un pequeño local a pie de calle que, según explicó, eran los salones parroquiales. El lugar olía a madera vieja, incienso apagado y café rancio. Había varias estancias con sillas apiladas, pupitres rayados y pizarras llenas de restos de tiza: probablemente el sitio donde se daban las catequesis. Al fondo, abrió una puerta estrecha que daba a su vivienda privada.
No era un lugar lujoso. Las paredes tenían manchas de humedad en las esquinas, el suelo de linóleo estaba desgastado y había pilas de libros y revistas por todas partes, pero el calor de la calefacción era acogedor. Una lámpara de pie proyectaba una luz amarilla y cálida que hacía que todo pareciera menos hostil.
—¿Habéis cenado? —preguntó, dejando las llaves sobre una mesita abarrotada.
—No. Nosotros tener hambre —respondió Ron, corrigiendo la frase en su cabeza.
—Se dice “tenemos hambre” —le indicó el sacerdote con paciencia.
—Nosotros tenemos hambre. Mi esposa no comer nada en todo el día.
El padre David alzó las cejas, sorprendido.
—¿Estáis casados? ¿Tan jóvenes?
—Sí —dijo Ron, sin titubear.
El cura nos miró alternativamente, como si intentara encajar dos piezas de un rompecabezas que no terminaban de cuadrar.
—¿Poder usar el baño? —preguntó Ron.
—Desde luego. Es esa puerta del fondo.
Ron desapareció por el pasillo, y de pronto me quedé sola con el sacerdote. El silencio se hizo incómodo. Él me miró con curiosidad, esperando que dijera algo.
—¿Tú no sabes nuestro idioma? No te he oído decir ni una sola palabra…
Lo miré con cara de circunstancias, sin entender casi nada. Solo captaba el tono amable y un poco perplejo.
—Espera, se me ha ocurrido una idea. A ver, cómo se hacía…
Sacó del bolsillo un aparato negro y plano como los que todo el mundo llevaba en Denver. Hasta por las calles y andando los llevaban en la mano, sin perderlos nunca de vista. Todos eran negros, excepto los de las mujeres que solían ser por detrás de otro color. El cura pulsó un botón y apareció una pantalla similar a la de un televisor, pero mucho más pequeña. Tocó en diversas partes de la misma, y lo acercó a mí.
—Puedes hablarle al celular. Él me traducirá lo que dices.
Yo seguía sin entender.
—Venga, ¡habla! ¡Di algo!
—Es que no le entiendo, padre. No sé qué me quiere decir. No hablo inglés.
El hombre enarcó las cejas al leer lo que mostraba la pantalla en cuanto que dije aquello: “idioma detectado: esperanto”
—¿Esperanto? Espera, no puede ser. A ver si esto se ha equivocado…
El aparato tradujo automáticamente sus palabras y las emitió en voz alta, en un esperanto perfecto y metálico. Yo di un pequeño salto de sorpresa.
—Sí, esperanto. Esa es nuestra lengua —respondí.
De nuevo, el aparato tradujo y habló. El padre David se quedó boquiabierto, mirando el celular como si fuera un milagro.
—Pero… ¿no habláis ucraniano?
—No. Nosotros hablamos esperanto.
—Vaya… esto sí que no me lo esperaba… —murmuró, rascándose la cabeza—. Y… ¿sois cristianos? Supongo que seréis ortodoxos, ¿no? ¿Creéis en Dios?
—Sí. No sé qué es eso de “ortodoxos” —El aparato seguía traduciéndonos a los dos.
—¿En qué Dios creéis?
—Creemos en Dios, padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible, y en Jesucristo, su único hijo, señor y salvador nuestro.
—¡Amén! —exclamó, más sorprendido que nunca.
En ese momento salió Ron del baño, con el pelo húmedo y la cara más relajada. El sacerdote lo miró con renovado interés.
—Estaba hablando con tu esposa. Por cierto, ¿cómo os llamáis?
—Yo me llamo Ron.
—Y yo me llamo Liz —añadí, y el aparato tradujo al instante.
—Yo soy el padre David.
Ron señaló el aparato con curiosidad.
—¿Qué es eso?
—Es un celular. ¿Nunca has visto uno? ¿Tan atrasados estáis en Ucrania?
—¿Para qué servir?
—Es un teléfono. Para eso sirve, principalmente. Aunque tiene otros usos, como ya has visto. Traduce todos los idiomas, incluido el vuestro, el esperanto. Yo he aprendido a usar esta utilidad hace poco. Por aquí ayudamos a algunos inmigrantes mexicanos, y nos es muy útil.
Ron se encogió de hombros, y dijo, directo al grano:
—Padre, nosotros necesitar un trabajo para poder vivir y poder comer.
—Claro, claro… yo podría ayudaros en eso. Pero de momento, tendríamos que cenar. —Se volvió hacia mí—. ¿Tú sabes cocinar?
—Sí, claro.
—¡Ah, perfecto! Porque es que a mí no se me da bien. Yo me apaño con lo que sea, pero no quiero daros las porquerías que tengo en la nevera. Venid conmigo.
Nos llevó a una cocina diminuta, con muebles de formica amarillenta y un frigorífico que zumbaba como un avión viejo. Abrió la despensa y el refrigerador.