La puerta de entrada se cerró con un golpe seco que resonó en el silencio de la casa. El aire dentro parecía más denso, cargado de palabras no dichas y de reproches que flotaban como el humo. Gab estaba de pie en el recibidor, con la ropa sucia de polvo y sangre seca, el brazo vendado y la cara marcada por el cansancio y algo más profundo: una determinación que nadie en esa casa había visto antes en él.
Natalia lo miró desde el salón, con los brazos cruzados y esa postura que siempre usaba cuando quería parecer la que controlaba la situación. Xavier, su padre, estaba un paso detrás, con la mandíbula apretada y las manos en los bolsillos, como si no supiera qué hacer con ellas.
—¿Por qué te fuiste, Gab? —preguntó la madre, rompiendo el silencio con voz calmada pero afilada.
Gab soltó una risa corta, amarga.
—¿Eso es una pregunta retórica?
—¿Qué?
—¿Es que no sabes lo qué es una pregunta retórica, señora psicóloga?
Natalia entrecerró los ojos. Como buena educadora —y como madre que no toleraba que le faltaran al respeto—, se enderezó aún más.
—Sé perfectamente lo que es una pregunta retórica, niñato.
Gab dio un paso hacia la escalera, pero Xavier le agarró el brazo con fuerza, deteniéndolo.
—¿Dónde vas?
—¡Suéltame! —Gab se desprendió con brusquedad, pero el padre volvió a agarrarlo, esta vez más fuerte, cono los dedos clavándose en la manga.
—No te soltaré hasta que no nos digas por qué te fuiste.
El chico dejó escapar una sonrisa irónica y fría.
—Pues mira… eso pregúntaselo a tu mujer. Ella sabe por qué.
Xavier palideció.
—¡No te tolero que…!
—Lo que no tienes que tolerar es que tu mujer te engañe con otro.
El silencio que siguió fue como un cristal rompiéndose a cámara lenta.
—¿Qué has dicho? —preguntó Xavier, con voz baja, peligrosa.
—Lo que has oído.
Xavier alzó la mano, listo para soltarle un bofetón, pero Natalia le sujetó la muñeca con rapidez, sin mirarlo.
—Ya hablaremos tú y yo de eso… más tarde.
—¿Cómo más tarde? —Xavier se giró hacia ella, alzando la voz en inglés, como si el idioma le diera permiso para gritar—. ¡Vamos a hablar de ello ahora!
—¡Cállate! —Natalia le apuntó con un dedo, y con los dientes apretados—. He dicho que luego. ¿Vale?
Xavier se amilanó al instante, como siempre hacía ante ella. Bajó la mano, sumiso, con los hombros hundidos, y volvió a ser el hombre callado que Gab conocía demasiado bien.
Natalia se volvió hacia su hijo, suavizando apenas el tono.
—Gab… esa no puede ser la razón. Lo que pase entre tu padre y yo…
—¿Ah, no?
—No. ¿Por qué te fuiste? Dímelo.
Los tres se miraron alternativamente. El aire estaba tan cargado que parecía que en cualquier momento podía saltar una chispa.
Gab suspiró, cansado.
—Pues mira… puede que tengas razón. Puede que esa no sea la única razón.
—Es por Liz, ¿verdad? —Natalia ladeó la cabeza—. Sé que también se ha escapado, y con Ron.
—Premio, señora psicóloga.
—Y como todavía no han vuelto y vosotros dos sí, está claro que no habéis ido juntos.
—Segundo premio.
—Lo de la chica esta, Lola, lo entiendo: quería reunirse con su novio. Lo de Ron, también: es un rebelde. Lo de Liz… obviamente tiene que ver con lo anterior. Ya veremos hasta dónde llegan esos dos juntos. Pero lo tuyo… me falta algo más.
Gab la miró fijamente, sin pestañear.
—No lo busques. Lo tienes delante: yo no puedo seguir viviendo ni en esta casa, ni en esta ciudad.
—Sí, claro, pero es que no tienes otra alternativa… ¿O sí la tienes?
—Tercer premio. Matrícula de honor, señora psicóloga.
—¿Cuál es?
—Me quiero alistar en la marina.
—¡Joder! —Xavier agitó los brazos, como si quisiera golpear el aire mismo.
—Quiero irme lejos, y cuanto más lejos, mejor. Para no tener la tentación de volver.
Natalia frunció el ceño.
—Buena la ha liado el dichoso técnico… —susurró el padre.
—¿Qué técnico?
—El tipo que vino a cambiar el regulador.
—¿Qué pasó?
—Ha provocado la expulsión de los Robinson, y le ha calentado la cabeza a nuestro hijo…
—¿Por qué?
—Le habló de la marina —espetó, haciendo un aspaviento con los brazos.
—Bueno, el caso es que no vas a ir a ninguna parte, chaval. —Natalia puso los brazos en jarra, recuperando el control.
Gab la miró con una calma que no era propia de él.
—¿Ah, no? ¿Me lo vas a impedir tú? —replicó, desafiante.
—Sí.