Ciudad Arcadia - Felicidad o Libertad

Lámparas

Al día siguiente fuimos a visitar a Hortensia. Era una mujer mayor, de setenta y muchos años, con el pelo blanco recogido en un moño apretado y las manos nudosas por la artritis, pero con una sonrisa que llenaba la habitación. Vivía sola en una casita modesta en un barrio tranquilo de Denver, a solo diez minutos andando de la iglesia. Parroquiana de toda la vida, había sido la sacristana durante décadas: la que planchaba los manteles del altar, la que encendía las velas antes de las misas, la que siempre tenía un caramelo en el bolsillo para los niños que se acercaban.

Nos recibió con los brazos abiertos —literalmente— y un abrazo que olía a lavanda y a bizcocho recién hecho. Nos miró de arriba abajo, con esa ternura de abuela que no juzga, solo acoge.

—Pasad, pasad, hijos míos. El padre David ya me ha contado todo. Venid, venid a ver vuestra habitación.

La habitación era pequeña, pero limpia y luminosa: una cama doble con edredón de flores descoloridas, un armario estrecho, una mesita con lámpara y una ventana que daba a un patio trasero donde crecían rosales que nadie podaba desde hacía tiempo. Sobre la cómoda había un crucifijo de madera y una foto antigua en blanco y negro de un hombre joven con uniforme militar. Su marido, supuse. No preguntó. Solo sonrió.

Después de que el padre David atendiera sus obligaciones matinales —una misa temprana y unas visitas a enfermos—, volvió con nosotros. Comimos los cuatro juntos en la cocina: sopa de verduras, pan tostado con mantequilla y un trozo de tarta de manzana que Hortensia había preparado la noche anterior. Mientras la mujer recogía los platos y tarareaba una canción vieja, Ron se inclinó hacia el sacerdote y bajó la voz.

—Padre, necesitar un trabajo. Nosotros querer vivir solos y trabajar.

El padre David asintió despacio, limpiándose la boca con una servilleta de tela.

—Claro, hijo. Es una aspiración legítima, y yo os puedo ayudar. ¿Tú qué sabes hacer?

Ron contestó con una naturalidad que me sorprendió. Su inglés mejoraba a ojos vista; ya conjugaba casi todos los verbos en presente sin titubear.

—Yo soy granjero y campesino.

—No hay granjas en Denver —explicó el sacerdote con paciencia—. Aquí no se cultiva nada.

Ron frunció el ceño, desconcertado.

—¿Entonces? ¿De dónde sacar la comida?

—Viene de fuera. De otros lugares. Camiones, trenes, aviones… Todo llega de lejos.

Ron se quedó pensando un momento. Luego me miró, con esa expresión seria que ponía cuando algo le preocupaba de verdad.

—Aquí no podré trabajar. No hay granjas. Tendremos que irnos a otro sitio donde las haya.

—No, Ron —le dije, poniéndole una mano en el brazo—. No podemos hacer otro salto al vacío. Aquí hemos tenido la suerte de encontrar a estas dos buenas personas que nos están ayudando tanto. ¡Quién sabe si en otro sitio tendremos la misma suerte! Podríamos trabajar en otra cosa.

El padre David intervino con voz calmada.

—El problema es que no tenéis papeles, y eso dificulta mucho las cosas.

—¿Qué papeles? —pregunté yo.

—Para trabajar se necesita un número de la Seguridad Social, que solo tienen los que son de aquí. Sin eso, tendréis que trabajar en la economía sumergida, y eso restringe bastante vuestras posibilidades.

—¿Restringe? —repitió Ron, frunciendo el ceño.

—Sí, me refiero a que no podréis elegir un empleo fácilmente. Solo unos pocos se arriesgan a contratar inmigrantes “sin papeles”. Hay inspecciones de trabajo frecuentes y pueden cerrar los negocios. Es muy arriesgado.

Ron miró hacia abajo, con cara de preocupación. Sus dedos tamborileaban sobre la mesa, un tic nervioso que solo le salía cuando se sentía atrapado.

—De todas maneras —siguió el padre David—, ahora recuerdo que conozco a alguien que tiene un pequeño negocio… Sí, quizá él os pueda echar una mano.

—Lo que sea, padre —musitó Ron, alzando la vista con urgencia

El padre sacó su celular y marcó un número.

—¿Albert? Hola, soy el padre David. Hola. Oye, ¿sigues teniendo necesidad de montar lámparas? ¿Sí? Ah, bueno. Tengo aquí dos personas que te podrían echar una mano. Sí, inmigrantes, claro. ¿Cuándo podría ser? Espera. Voy a hablar con ellos, y luego te llamo.

Pulsó la pantalla para colgar y nos miró con una sonrisa esperanzada.

—Mirad, sería solo para una semana, o poco más. Yo creo que deberíais aceptarlo.

—Lo que sea —insistió Ron—. No queremos ser una carga para ustedes.

El padre asintió, serio.

—Hortensia estará encantada con vuestra compañía, pero su pensión es baja —hizo una pausa y siguió—: Veréis, se trata de montar lámparas. Este hombre, Albert, tiene un negocio donde las vende. Sus proveedores se las envían en piezas, y hay que montar los cristalitos, el conector, la estructura, el cable, las bombillas… todas esas cosas. Antes tenía a unos mexicanos que las montaban, pero como paga poco, en cuanto podían se marchaban a otros lugares. Y ya no los necesita tanto como antes, pues al parecer, las lámparas que ahora vende vienen de China, y están ya montadas en origen.

—Ah, claro —murmuré yo.



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En el texto hay: miedo, amor, frustracion

Editado: 17.04.2026

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