Ciudad Arcadia - Felicidad o Libertad

El decreto

—Quiero que firmes el decreto de expulsión de estas cuatro familias.

Bennett había acudido al despacho de Rose Mary Hip antes de que la noticia trascendiera, aunque, con la irrupción del sheriff en Arcadia, esta era más que conocida.

La presidenta permanecía sentada tras su enorme escritorio de caoba, con las manos entrelazadas sobre el decreto de expulsión que Conrad le había traído minutos antes. No lo había firmado. Ni siquiera lo había tocado. El Administrador siguió:

—Han cometido la irresponsabilidad de no cuidar lo suficiente a sus hijos; de no enseñarles convenientemente nuestros valores; de permitir que cuestionen la necesidad de Arcadia. Y ese abandono de sus obligaciones ha originado que los jóvenes hayan intentado abandonar a sus padres, habiéndolo conseguido dos de ellos. Por no hablar del escándalo que se ha generado al conocerse la noticia, claro.

—Mira, Bob, no podemos echar a Natalia y a su familia de la ciudad.

—¿Por qué no?

—¡Porque es Natalia! ¿Es que no lo comprendes?

—¡Son las normas, Rose! —se inclinó sobre la mesa apoyando un brazo—. Las normas que todos hemos aprobado.

La presidenta negó con la cabeza y dijo:

—Se acabaron las expulsiones, Bob. No pienso expulsar a nadie más. Ya está bien de sembrar el terror entre la gente.

Bennett se sentó en una de las sillas del despacho que estaban frente a la mesa y se cruzó de brazos. Su cara era todo un poema.

—Mientras yo sea el administrador no puedes negarte. Sabes que tu firma es una mera formalidad.

—Mientras tú seas el administrador, claro.

—¿Qué quieres decir?

—Que ya no lo eres.

El otro se quedó de piedra y no supo cómo reaccionar. Finalmente, dijo:

—No puedes cesarme sin la aprobación de la Junta.

—Es que la tengo, Robert.

Aquel cambio de tratamiento era algo de lo más significativo. Llamarle por su nombre de pila, sin el apelativo, lo decía todo.

—La junta no se puede reunir sin mí.

—Excepto cuando el orden del día consista en la destitución del Administrador.

Bennett se quedó inmóvil. El silencio era tan denso que se podía oír el tic-tac lejano del reloj de pared, un sonido que parecía marcar los segundos que le quedaban de poder absoluto.

—¿Por qué, Rose? ¿Por ser demasiado severo? ¿Por ser demasiado celoso de las normas que han hecho que nuestros hijos no se hayan contaminado con la basura del mundo exterior? ¿Eh? ¿Por qué?

La señora Hip lo miró fijamente.

—Porque quiero ver cómo Arcadia vuelve a ser lo que debía ser: un lugar donde la gente elija quedarse porque es feliz.

Bennett soltó una carcajada seca.

—Feliz… La felicidad es un lujo, Rose. La supervivencia es lo primero. Y yo he sido el que ha garantizado la supervivencia.

—Con miedo. Con expulsiones. Con sobornos. Con chantaje.

—¿Qué dices? —se quedó perplejo y se recostó en el sillón hacia atrás, como a la defensiva.

—Lo que has oído. Te echamos por todo eso, pero sobre todo por robar —sentenció.

—¿Por robar?

—Sí, por robar —intentó mantener la calma y no ser demasiado dura—. Dejaste depreciar el dinero de mi padre en lugar de invertirlo bien, para no comprar ese terreno ni ampliar Arcadia. De hecho, cuando te negaste a esa ampliación, eso me puso sobre alerta. Era muy raro en ti, y enseguida vi cómo te ibas a beneficiar. No podrías acceder a mordidas en los nuevos adjudicatarios porque la ampliación sería una promoción reglada, pero sí en los antiguos.

Bennett suspiró y giró la cabeza hacia un lado. Tras unos segundos volvió a mirarla y dijo:

—Ha sido ese cerdo de Conrad, ¿verdad? ¿Es un hombre tuyo, Rose? ¿Ha estado trabajando para ti? ¿Eh?

La mujer no contestó, pero su silencio era más que significativo.

—Sí, debí suponerlo. Maldito desagradecido… Nunca me gustó del todo. Debí sospecharlo, porque no pasó por Natalia.

—No metas a Natalia en esto.

—¿Ella también se ha chivado? Porque estaba de acuerdo con muchas cosas, ¿lo sabías?

—Difícilmente podía estarlo si ha venido a contármelo. Lo de los Laudeville es solo un ejemplo. La gota que ha colmado el vaso —hizo una pausa—. Y también sabemos que Zaldívar ha estado contigo en el ajo. Claro —suspiró—. Por eso te apoyaba tanto al principio.

Bennett la miró, maravillándose de que ella hubiera sido tan lista, y él tan tonto. La presidenta siguió:

—Pero bueno, Jorge se supo retirar a tiempo. Ha devuelto el dinero, y lo hemos perdonado.

—Claro. Unos son perdonados, y otros no.

—¿Por qué lo hiciste, Bob? Es por el principio de la escasez, ¿verdad?

El hombre miró fijamente a la presidenta y no dijo nada. Ella siguió.

—El valor de algo radica en su escasez. Nada abundante puede ser caro. En nuestro caso, si construimos nuevas viviendas, habrá muchas y ya no serán tan exclusivas. Además, como se trataría de una promoción reglada, la contabilidad sería más difícil de manipular. Así que es mejor no hacer nada, y quedarnos con las casas que ya tenemos. Por tanto, cuantas menos casas disponibles haya, más pagarán por ellas quienes las quieran habitar. Lógicamente, a cambio de cuantiosas mordidas.



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En el texto hay: miedo, amor, frustracion

Editado: 17.04.2026

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