Ciudad Arcadia - Felicidad o Libertad

La mano en el fuego

El trabajo de las lámparas, aunque parecía sencillo a primera vista, resultó ser una tarea agotadora y repetitiva que nos marcaba el cuerpo como si lleváramos horas cargando piedras. Montábamos pieza a pieza: los pequeños cristales tallados que había que encajar en la estructura metálica, el cableado que se enredaba con facilidad, la bombilla que se atornillaba al final con un giro preciso. Al principio, las manos se movían con curiosidad; después de las primeras dos o tres horas, los dedos empezaban a doler por la presión constante, las articulaciones se resentían y la espalda se quejaba de estar todo el rato inclinada sobre la mesa de trabajo, con los hombros encorvados y el cuello rígido.

Trabajábamos a destajo: cuanto más montáramos, más cobraríamos. Y como era economía sumergida —“sin reglas”, como decía Albert con una sonrisa torcida—, no había horarios fijos ni pausas obligatorias. Empezábamos a las nueve de la mañana y terminábamos cuando él decía “basta”, que solía ser entre las nueve y las once de la noche. Doce, catorce horas diarias, a veces más. Llegábamos a casa de Hortensia con los ojos enrojecidos, los dedos entumecidos y la espalda hecha un nudo. Nos quitábamos los zapatos en la entrada —llenos de polvo del almacén— y nos dejábamos caer en las sillas de la cocina como si hubiéramos corrido una maratón.

Hortensia siempre nos esperaba con la mesa puesta y una sonrisa que parecía no agotarse nunca. Su único hijo vivía en California —“muy lejos, demasiado lejos”—, y la soledad la había ido consumiendo poco a poco, como una vela que se quema sola en una habitación vacía. Nuestra llegada fue, para ella, una bendición inesperada. De pronto tenía a quién esperar a la hora de la cena, a quién preguntar “¿cómo os ha ido hoy, hijos?”, a quién regañar cariñosamente por llegar tarde o por no abrigarnos lo suficiente.

Nos trataba como si fuéramos sus hijos, los hijos que no quiso tener en su juventud. Nos lavaba la ropa —aunque le decíamos que no hacía falta—, nos planchaba las camisas que Albert nos había prestado, nos dejaba notas en la nevera con frases como “no os olvidéis de beber agua, que sudáis mucho trabajando” o “Hay pastel de manzana en el horno, no lo dejéis enfriar demasiado”.

La mujer no sabía manejar el teléfono para usarlo como traductor, y tuvo que ser el padre David quien se lo habilitara para poder comunicarse conmigo. Realmente estaba encantada con mi presencia, y ciertamente nos hicimos muy amigas. Para mí era como tener de nuevo una madre: la que había dejado atrás en Arcadia, la que me había enseñado a cocinar tortillas y a rezar antes de dormir. ¡Cuánto le agradecí a Dios que nos hubiera puesto en manos de estas dos buenas personas —el padre David y Hortensia—, con lo mal que pintaba todo al principio!

Una mañana, mientras desayunábamos los tres juntos —café aguado, tostadas con mermelada y un plato de huevos revueltos que Hortensia insistía en prepararnos cada día—, surgió la conversación que llevaba días rondándome la cabeza.

—¿Y usted, por qué no ha tenido más hijos? —le pregunté, con la voz suave, casi como si temiera romper algo.

Hortensia dejó la taza sobre la mesa y miró por la ventana, hacia el patio donde los rosales seguían floreciendo a pesar del abandono.

—Pues porque fui egoísta y solo pensé en mí —respondió con una sinceridad que dolía—. Creía que los hijos me quitarían libertad, tiempo, vida. Y ahora… ¡no sabes cuánto me arrepiento! La soledad me consume, hija.

Ron, que ya manejaba el inglés con bastante soltura, intervino con curiosidad genuina:

—¿No tiene amigas?

—Sí, alguna tengo. Pero no es lo mismo.

—¡Claro que no es lo mismo! —exclamé yo, casi con vehemencia—. No puede serlo.

Hortensia sonrió con tristeza, pero sus ojos brillaban.

—Y vosotros… ¿pensáis tener muchos?

—Todos los que nos dé Dios —respondí sin dudar, sonriendo y achuchando un poco a Ron por debajo de la mesa. Él me devolvió el apretón, con esa calidez callada que siempre me tranquilizaba.

—¡Esa es la actitud! —dijo Hortensia, dando una palmada suave—. Seguid así, y seréis muy felices.

Fue en ese preciso momento cuando me entró la náusea de siempre: esa oleada fría que subía desde el estómago, que me obligaba a levantarme de golpe y correr al baño. No era la primera vez. Llevaba días así, sobre todo por las mañanas. Al principio lo atribuí al agua de Denver —sabía distinta, más pesada—, luego al cansancio acumulado, al estrés de los primeros días, al cambio brutal de alimentación, a los nervios que aún nos perseguían como sombras. A cualquier cosa menos a lo evidente.

Me lavé la cara con agua fría, respiré hondo y volví a la mesa. Hortensia me miró con esa expresión de quien ya lo sabe todo.

—Tú estás embarazada —dijo simplemente, sin más preámbulo.

—¿Yo?

—Sí. Tú. Pondría la mano en el fuego, y creo que no me la quemaría.

—Pero…

—Es un sexto sentido que tengo… y que no me suele fallar. Tú estás embarazada —insistió, con una sonrisa tierna y segura.

Ron me miró, con los ojos muy abiertos. Yo me quedé quieta, con la mano aún en el respaldo de la silla. El mundo pareció detenerse un segundo.

Y ciertamente, Hortensia no se quemó.



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En el texto hay: miedo, amor, frustracion

Editado: 17.04.2026

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