El teléfono sonó justo cuando el padre David colocaba los candelabros de plata sobre el altar mayor, preparándose para la misa de mediodía. Miró la pantalla: Hortensia. Contestó con voz suave, casi susurrante, como si temiera molestar a las imágenes sagradas que lo rodeaban.
—¿Padre?
—Hola, Hortensia. ¿Qué ocurre?
—Tengo que hablar con usted.
—Ahora mismo iba a empezar la misa. Por cierto… ¿por qué no has venido?
—La dichosa artritis —suspiró ella, y se oyó el leve crujido de la silla cuando se acomodó.
—Vaya… lo siento.
—Más lo siento yo.
—Bueno, qué querías. ¿Es urgente?
—No, solo será un momento… Los chicos nos han engañado.
El padre frunció el ceño, deteniendo la mano que iba a encender una vela.
—¿Que… nos han engañado?
—Iba a lavar la ropa de Ron, y me he encontrado una cosa bastante curiosa en uno de sus bolsillos.
—¿Y qué es?
—Una partida de nacimiento.
—¿Qué tiene eso de curioso?
—Es una partida de nacimiento del Estado de Texas. Nuestro chico se llama Ronald Ferguson y es ciudadano americano.
—No puede ser —respondió, casi en el acto. El sacerdote se quedó inmóvil y el silencio se estiró varios segundos.
—Créame que lo es.
—No habla inglés ni español. De eso estoy seguro. Lo que sabe de nuestro idioma lo aprendió en su país.
—En eso le doy la razón. Lo que sabe de inglés lo aprendió en el lugar del que vino... que no es Ucrania, pues tampoco habla ucraniano. Ni él ni la chica. Solo saben hablar el idioma ese tan raro. Ya me dirá usted de dónde han salido estos dos.