Ciudad Arcadia - Felicidad o Libertad

El test

Cuando el test de embarazo mostró las dos inconfundibles rayas paralelas de color naranja, yo me alegré. Se me había educado para alegrarme ante una noticia así, y eso fue lo que hice, a pesar de que la situación que atravesábamos Ron y yo no era, ni de lejos, la más propicia para tener un hijo.

Ron, en cambio, reaccionó de una forma que no esperaba. No hubo alegría, ni siquiera sorpresa. Solo una expresión de fastidio, de rechazo, que se le instaló en la cara como una máscara. Se quedó de pie en la puerta del baño, con los brazos cruzados y la mandíbula apretada, y cuando por fin habló, su voz salió baja y cortante.

—Buena la has liado, Liz. Mira que quedarte embarazada ahora… ¡Justo ahora!

Me dolió. Me dolió tanto que sentí que se me encogía algo dentro del pecho.

—Ahora no, Ron. Yo estoy por lo menos de dos meses. Debió ser en la segunda o en la tercera vez que fuimos al granero. No me ha venido la regla desde entonces.

—¡Ah! ¿Y no te llamó la atención ese detalle? —preguntó, alzando las cejas con incredulidad.

—Bueno… ya sabes que yo soy muy irregular. Lo achaqué a los nervios y al estrés que pasamos cuando estuvimos planeando la fuga y todo eso. Ese tipo de cosas modifican el ciclo.

—Joder, es que has tenido que hacerlo en el peor momento.

—¿Yo? —recalqué el “yo”, alzando la voz por primera vez—. Querrás decir tú. Tú fuiste quien lo hizo en el peor momento. Te dije que esperáramos a estar casados.

Ron puso gesto de contrariedad. Se dio la vuelta y se colocó una mano sobre la barbilla, mirando al suelo como si allí estuviera la solución.

—Bueno y ahora, ¿qué vamos a hacer? —replicó, más para sí mismo que para mí.

—¿Qué vamos a hacer? ¿Qué quieres que hagamos? —respondí, levantándome despacio—. Yo puedo trabajar de la misma manera. Hasta que llegue el parto quedan todavía muchos meses.

Y era verdad. Nos habíamos quedado sin trabajo tras terminar con las lámparas, pero ahora el padre David nos había abierto una puerta nueva: éramos ciudadanos americanos. Podíamos aspirar a un empleo reglado, con más salario y menos horas. Podíamos tener derecho a prestaciones, a atención médica, a un futuro que no fuera solo sobrevivir día a día. O eso creía.

Aquel día estábamos cenando los cuatro —bueno, mejor dicho, los cinco, porque yo ya llevaba dentro de mí a una quinta persona—. Hortensia había preparado su famoso pastel de carne con puré, y el olor llenaba toda la casa. Pero Ron y yo apenas probábamos bocado. Estábamos callados, con la mirada perdida en el plato.

—¿Qué os pasa, chicos? —preguntó Hortensia al fin, dejando el tenedor sobre la mesa—. Os veo muy callados.

—Nada —contesté yo, mirando hacia abajo. El traductor no estaba conectado, pero ya entendía algunas palabras sueltas.

—Es que ahora se nos complican un poco más las cosas para encontrar un empleo —dijo Ron, con voz baja.

—No, al contrario —replicó el padre David, limpiándose la boca con la servilleta—. Ahora tenéis más posibilidades. Al ser ciudadanos americanos podréis tener un empleo mejor y derecho a prestaciones sociales para el embarazo de Liz. Te podrán atender en un hospital —me miró con ternura— y…

—No, si yo lo decir para encontrar un trabajo, ella —interrumpió Ron, señalándome con la barbilla.

—Ah, ya —dijo el padre, y tras pensar unos momentos, continuó—: No quiero meterme donde no me llaman porque supongo que cuando os fuisteis de vuestra ciudad lo hicisteis porque tendríais motivos de peso. Pero yo creo que el principal problema va a ser vuestra falta de experiencia. En cuanto consulten la base de datos por vuestros números de seguridad social y vean que no tenéis experiencia alguna…

—¿Qué ser número de seguridad social? —preguntó Ron, frunciendo el ceño.

—La tarjeta de la Seguridad Social. Supongo que la habéis traído, ¿no? Es algo indispensable para que te contraten en cualquier empresa.

Ron me miró y me lo tradujo en voz baja. Los dos nos quedamos con la misma cara de circunstancia, como si alguien nos hubiera echado un cubo de agua fría por encima.

—No tenemos nada de eso, padre —dije yo, una vez conectado el traductor—. No sabemos ni qué es.

El padre David dejó la servilleta sobre la mesa con un gesto lento. Se quitó las gafas y se frotó los ojos, como si necesitara un segundo para procesar lo que acababa de oír.

—¿No tenéis números de la Seguridad Social?

—No.

—¿Ni pasaporte? ¿Ni carnet de conducir? ¿Nada?

—Nada —confirmó Ron, con voz apagada.

Hortensia soltó un suspiro largo y triste. El padre David se reclinó en la silla, mirando al techo un momento.

—Entonces… todo lo que os dije antes… no sirve. Sin esos números no podéis tener un empleo legal. Ni prestaciones. Ni hospital público. Ni nada.

El silencio que siguió fue tan pesado que casi se podía tocar.

—¿Y ahora qué? —pregunté, con la voz temblando un poco.

El padre David se inclinó hacia delante, apoyando los antebrazos en la mesa.

—Ahora… hay que conseguir esos números.



#156 en Joven Adulto
#1062 en Otros
#25 en Aventura

En el texto hay: miedo, amor, frustracion

Editado: 17.04.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.