Ciudad Arcadia - Felicidad o Libertad

La cuidadora

Pensábamos que al tener el número de la Seguridad Social, Ron iba a tener más facilidades para encontrar un empleo, pero la realidad no fue así.

Si bien es cierto que el número de oportunidades se multiplicó, nos encontramos con el obstáculo de tener que explicar nuestra extraña procedencia a todo el mundo. Mejor dicho, la suya, porque yo seguía siendo una “sin papeles” abocada a permanecer siempre en la economía sumergida. En cuanto nos oían hablar, la gente no se acaba de creer que nosotros dos fuéramos americanos de toda la vida, y era mejor no explicar lo de Arcadia pues entonces éramos automáticamente catalogados como “raros”. Y los empresarios no contratan a gente “rara”.

Así las cosas, tuvimos que volver a la estrategia de fingir que éramos inmigrantes ucranianos. La gente se lo creía y no hacía más preguntas, y además se compadecían de nosotros por aquello de la guerra.

Eso sí, de cara a que nos contratasen era un verdadero problema, pues con la nueva administración republicana del país, las inspecciones de trabajo y las deportaciones masivas de inmigrantes no regularizados eran cotidianas. Nadie se arriesgaba a contratar a un “sin papeles” por miedo a las fuertes multas.

Por eso Ron, en cuanto iba a una entrevista, lo primero que hacía era mostrar su certificado de nacimiento y exhibir su resguardo con el número de la seguridad social. Seguía siendo ucraniano por aquello del acento, por haber vivido, teóricamente, siempre fuera del país, pero al menos se le podía contratar legalmente.

Fue quizá su falta de experiencia en ningún empleo “de ciudad” lo que le hizo tener que aceptar finalmente un trabajo de camarero en un bar de bebidas. Un lugar donde se cobraba poco, y por eso, si queríamos ser independientes y poder alquilar un apartamento donde vivir sin tener que depender de la caridad de Hortensia, se hacía necesario que yo encontrara también un empleo. Y, de nuevo, el padre David fue nuestra salvación.

Se trataba de cuidar en su domicilio a una mujer de 90 años que vivía sola, que estaba enferma de Alzheimer y que era totalmente dependiente. Según las leyes federales, el trabajo de “interna” no existe, pues nadie puede trabajar 24/7 sin descansos de ningún tipo. Pero claro, contratar a dos personas, más una adicional para el fin de semana, suponía un coste prohibitivo para la única hija que tenía aquella mujer, y cuya economía no era boyante precisamente. Se hacía necesario, pues, acudir a la economía sumergida y contratar a una persona que estuviera dispuesta a trabajar sin rechistar en esas condiciones tan extremas, sin miedo a que denuncie la supuesta “explotación laboral”, pues eso sería contraproducente para la trabajadora: no solo se quedaría sin trabajo, sino que también sería deportada. Además, como era un empleo “a domicilio” y no en una empresa o establecimiento comercial, tampoco se recibían inspecciones de trabajo. Un chollo, vaya, para la persona contratante, en este caso la hija de aquella mujer.

—Lástima que tengas tanto pecho —me dijo Hortensia—. Con lo alta que eres y la figura que tienes, podías ser una modelo espectacular.

De nuevo, habíamos acudido al ropero de Cáritas para buscar ropa apropiada para una entrevista de trabajo. Se trataba de llevar algo “vistoso”, pero sobrio, y que no fuera “indecente”. Esto último era lo más difícil de conseguir. Tras varios intentos y pruebas con la ropa que la gente había ido donando, al final conseguimos una falda larga y una blusa de botones que, junto a una chaqueta que me estaba algo corta, Hortensia consideró que era una vestimenta apropiada.

—¿Qué ser una modelo? —pregunté. Yo estaba aprendiendo inglés a marchas forzadas, y ya sabía decir cosas elementales.

—Hija, ¿no sabes lo que es una modelo?

—No saber.

—Pues verás, una modelo es una chica guapa, alta y delgada, que luce trajes bonitos y se muestra en ropa interior para que la gente compre esa ropa. ¿Lo entiendes?

Me ruboricé. Había visto a esas “modelos” en diversas revistas que Hortensia tenía en su casa.

—¿Y por qué ser en ropa interior? ¿Ser necesario?

—Bueno… —sopesó—. A la gente rica le gusta ver cómo le sienta a otras la ropa antes de comprarla.

—¿Y no poder probar en un muñeca?

—¡Ay hija! ¡No es lo mismo!

A mí me pareció absurdo, al igual que otras tantas cosas del mundo exterior. Un mundo al que Ron le encantaba pertenecer, por cierto, y donde cada vez estaba más a gusto.

Como ya chapurreaba algo de inglés, me dijeron que sería más conveniente que fuera sola a la entrevista, y eso fue lo que hice.

La casa estaba en un barrio residencial tranquilo, de esas calles con árboles alineados y jardines cuidados. Me abrió la puerta Janice, una mujer de unos cincuenta años, con el pelo teñido de castaño oscuro y una expresión cansada que intentaba disimular con una sonrisa profesional. A su lado estaba su marido, Tom, un hombre alto y corpulento con camisa de cuadros y brazos cruzados. En el salón, al fondo, la madre de Janice dormitaba en un sofá, con la boca abierta y un hilo de baba deslizándose por la barbilla. La televisión estaba encendida en un canal de noticias, pero el volumen era lo suficientemente bajo para mantener una conversación.

Me hicieron unas cuantas preguntas que yo intenté contestar como pude, y luego se apartaron un poco para discutir entre ellos la decisión a tomar. Yo permanecía allí de pie, con las manos entrelazadas y la mirada baja.



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En el texto hay: miedo, amor, frustracion

Editado: 17.04.2026

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