Ciudad Arcadia - Felicidad o Libertad

Primer control

El calor de Denver se pegaba a la piel como una segunda capa cuando Ron y yo cruzamos la puerta de la clínica comunitaria. Era un edificio modesto, con paredes color crema y carteles en inglés y español que ofrecían servicios gratuitos para mujeres embarazadas. El olor a desinfectante se mezclaba con el murmullo de voces y el sonido lejano de un televisor en la sala de espera.

Me sentía pequeña, fuera de lugar. No tenía papeles, ni seguro médico, ni siquiera una identificación. Solo mi nombre y la certeza de que dentro de mí crecía una vida que no podía ignorar.

Nos acercamos al mostrador. La recepcionista, una mujer latina de unos cuarenta años con el pelo recogido en una coleta apretada, nos sonrió con esa mezcla de cansancio y calidez que tienen las personas que llevan años viendo historias como la nuestra.

—¿En qué puedo ayudarles?

Ron respondió por mí:

—Mi esposa está embarazada. Necesita un chequeo. No tiene seguro… ni documentos.

La mujer asintió sin inmutarse, como si oyera esa frase todos los días.

—Eso no es problema. Aquí nadie se queda sin atención. ¿Nombre completo y fecha de nacimiento?

Se los di, con voz temblorosa. Ron insistió en que siguiéramos fingiendo que éramos ucranianos, pues si no, no nos atenderían en aquella clínica de último recurso en la que, ciertamente, solo había inmigrantes. Ella lo anotó todo en un formulario de papel, me entregó una pulsera de identificación con un número escrito a boli y señaló las sillas de plástico de la sala de espera.

—Siéntense. La enfermera les llamará en unos minutos.

Nos sentamos entre otras mujeres: algunas con niños pequeños correteando entre las piernas, otras solas, con la mirada perdida o las manos sobre el vientre. Una joven con el pelo teñido de azul mecía a un bebé que lloraba bajito. Nadie hablaba mucho. El televisor emitía un programa matutino con risas enlatadas y anuncios de seguros médicos que ninguno de nosotros podía permitirse.

Cuando la enfermera me llamó, me condujo por un pasillo estrecho hasta una pequeña sala con una camilla cubierta por un papel azul, un monitor antiguo y un póster descolorido que decía “¡No prives a tu bebé de la lactancia! ¡La lactancia es amor!” en español. Me tomó la presión arterial, me pesó, midió mi altura y me preguntó con voz amable:

—¿Cuántas semanas cree que tiene?

—No estar segura —admití—. Quizá doce.

Asintió y anotó algo en su carpeta. Luego llegó la doctora: una mujer de mediana edad, piel morena, gafas de montura fina y una bata blanca que le quedaba un poco grande. Me hizo una exploración física rápida pero cuidadosa, escuchó el latido del corazón del bebé con un fonendoscopio y sonrió al oír ese golpeteo rápido y fuerte.

Después me extrajeron sangre, tomaron una muestra de orina y de flujo vaginal, y me hicieron una citología. Cada pinchazo, cada espera, era un recordatorio de lo frágil que era todo: yo, Ron, el bebé, nuestra vida entera en Denver.

—Está bien —dijo la doctora, sonriendo—. Va a necesitar vitaminas y el mes que viene tiene que volver para que le digamos los resultados de los análisis y para hacer una ecografía. ¿Tienen a alguien que pueda ayudarles con ese coste?

—Supongo que podremos asumirlo —dijo Ron—. Si no es demasiado caro…

—Los servicios que se prestan en este centro son totalmente gratuitos, incluyendo la ecografía. Pero los análisis se hacen en un laboratorio externo que no lo es. Y al no tener seguro médico…

—Ya, comprendo.

—De todas formas, si trabajan los dos, aunque tengan un salario bajo, es un coste asumible. Y si no pudieran pagarlo… bueno, hablen con el gerente. Quizá él pueda echarles una mano.

La doctora nos dio una bolsa con muestras gratuitas y una lista de recomendaciones. Antes de salir, me miró con seriedad.

—No se preocupe por los papeles. Aquí estamos para ayudar. Pero si puede, intente conseguir algún documento. Le facilitará todo. Por cierto, ¿ha pensado en dónde dará a luz? Si no tiene papeles, puede ser complicado, pero el hospital no puede negarle su atención. Aun así, sería mejor planificar.

—Sí, gracias —murmuré. Gracias a Dios que me atendieron, pues eso era algo que no estaba claro a priori.

Salimos a la calle. El sol de mediodía pegaba fuerte, y el asfalto olía a calor y a gasolina. Caminamos en silencio hacia el bar donde trabajaba Ron —un sitio pequeño, principalmente de bebidas, aunque también servían platos de comida rápida—. La mujer del jefe, una mujer gorda y con cara de buena persona, me vio llegar pálida y con la bolsa de la clínica en la mano.

—Siéntate —me dijo—. Te hago unas tostadas con huevo. Estás en ayunas, ¿verdad?

Asentí, agradecida. Las tostadas me supieron a gloria después de los nervios que había pasado. Ron se quedó un rato conmigo, sentado a mi lado en la barra, hasta que el local empezó a llenarse y tuvo que volver al trabajo.

Por otra parte, yo tampoco podía ausentarme más. Janice me había hecho el favor de quedarse con su madre mientras yo acudía a la clínica, y a su vez, su jefe le había dado un par de horas libres para eso. Cuando volví, la anciana estaba dormitando en el sofá, con la televisión encendida en un canal de telenovelas. Janice me miró con una ceja alzada.



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En el texto hay: miedo, amor, frustracion

Editado: 17.04.2026

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