Ciudad Arcadia - Felicidad o Libertad

Decisión

Cuando llegué a casa de Dorothy, la anciana a la que cuidaba, hubiera deseado que su hija se quedara un poco más para poder contárselo. Ya había cogido confianza con ella, pues me llamaba regularmente para interesarse por su madre y en las últimas semanas incluso me había empezado a tratar con una calidez que no esperaba.

Pero no fue el caso. Apenas me miró. Se marchó deprisa, con el celular pegado a la oreja y la excusa del trabajo en los labios. La puerta se cerró con un clic seco que me dejó sola en el silencio de la casa.

Dorothy dormitaba en el sofá, con la televisión encendida en un canal de telenovelas que nadie veía. El volumen bajo, las voces que ya entendía casi del todo. Me senté en la butaca de al lado, con las manos temblando sobre el regazo, y llamé a Ron. Yo no tenía todavía celular, pero él sí. Así que usé el teléfono fijo de la casa, ese aparato antiguo de cable en espiral, similar a los que teníamos en Arcadia.

Fue una conversación escueta, de no más de cinco minutos. Se lo conté como pude, entre el llanto y el hipo, pero no pudimos hablar más. Era ya la hora de comer y el local estaba lleno de gente. Me prometió, no obstante, venir a verme por la tarde, cuando acabara su turno.

Yo apenas llevaba dos meses en aquella casa, y jamás había traído a Ron. Como no podía dejar a Dorothy sola, tampoco podía salir a verle. Por otra parte, no sabía cómo le sentaría a Janice que un extraño entrara en la casa de su madre —que había sido también la suya en el pasado, y, de hecho, todavía guardaba allí muchas cosas personales—, así que no le pedí permiso ni le dije nada. Entre otras razones por que temía que me pusiera pegas o le sentara mal en un momento de gran necesidad para mí.

Porque el caso es que yo necesitaba contárselo. Necesitaba que Ron me abrazara, me consolara y me comprendiera, y no simplemente por teléfono.

Llegó tarde; más de lo que se tarda en venir desde el bar al apartamento teniendo en cuenta la hora a la que teóricamente acababa su turno. Fueron momentos de gran angustia y desesperación, en los que me consumí por el miedo. Cuando por fin lo hizo, llegó serio, con las manos en los bolsillos de la chaqueta y me dio un abrazo frío que me supo a muy poco.

Se lo conté de nuevo, esta vez con más detalle. Con todo el detalle que podía recordar, porque, entre que no entendí bien lo que me dijo aquella doctora, y el embotamiento tan grande que tenía todavía en mi mente, estaba segura de que me inventaría algunas cosas y omitiría otras. Aunque, eso sí, el fondo del problema estaba más que claro.

Me escuchó en silencio, con cara de preocupación, y ciertamente, su presencia a mi lado me confortó y pude serenarme un poco, lo suficiente para no romperme del todo.

—Entonces —me dijo—, es muy probable que el bebé nazca defectuoso. ¿No es así?

—No digas eso, Ron. No lo expreses así. Son problemas de salud, sí, pero…

—Defectuoso, Liz —insistió, cortante—. O si quieres, con taras.

—Sí, eso creo —admití, con voz temblorosa—. Me hablaron de problemas neurológicos, problemas cardíacos, y problemas sensoriales, creo. Algunos se pueden solucionar con medicinas muy caras, y otros no.

Se levantó de la mesa y empezó a caminar de un lado a otro, nervioso. Yo lo observaba en silencio, sintiendo cómo la distancia entre nosotros crecía con cada paso.

—No podemos tener un hijo ahora, Liz, y menos en esas condiciones. ¿Te das cuenta de lo que significa?

—Lo sé —respondí, con las lágrimas volviendo a asomarse—. Pero, ¿qué podemos hacer?

Me miró fijamente durante unos instantes y al final lo soltó, como si llevara horas guardándoselo:

—He estado hablando con mi compañero. Con Gus. Nos pasamos el día juntos y tenemos confianza, ya sabes.

—Sí, me imagino.

—Él dejó embarazada a su novia hace tiempo, en un momento en que tampoco les venía nada bien.

Se detuvo, pero yo ya intuía lo que iba a venir a continuación.

—Hay una clínica cerca del centro, donde se lo hicieron muy bien.

—Pero…

—Son solo 1.500 dólares, Liz, y creo que se puede pagar en plazos. Es asumible.

La idea del aborto era algo que a nadie de Arcadia se le pasaría por la cabeza. Ni siquiera a Ron. Pero los problemas que traía el niño, y sobre todo, la “contaminación” del mundo exterior, que ya estaba haciendo su efecto, hizo que esa idea fuera algo más que una posibilidad. A pesar de todo, ni siquiera él se atrevió a pronunciar la palabra “aborto” en alto.

—Desde luego —siguió—, es infinitamente más barato que pagar todas esas medicinas tan caras.

—Es que no se trata de dinero, Ron.

—No, claro que no. No solo es el dinero. Es la calidad de vida. Un niño así solo puede traernos complicaciones, sobre todo a ti, en un momento de nuestras vidas en el que lo que menos necesitamos es precisamente tener un hijo. Ni siquiera un hijo sano, con que uno enfermo… ¡ya me dirás!

Se movió hacia la ventana mientras Dorothy dormitaba como si allí no pasara nada; como si la discusión que teníamos entre manos fuera una escena más de la televisión.

Yo negué con la cabeza y Ron se volvió, furioso.

—No es cuestión de querer, Liz. Es cuestión de sentido común. Si tienes ese niño, nos arruinarás la vida a los dos. ¿Es que no lo ves?



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En el texto hay: miedo, amor, frustracion

Editado: 17.04.2026

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